En El tiempo en las manos encontramos una cuidada colección de microrrelatos que explora los territorios del recuerdo, el amor, el paso del tiempo o la creación artística desde una mirada atenta a las revelaciones de lo cotidiano: estas piezas breves convierten una mariposa, una conversación inesperada o el simple rumor del viento en materia literaria y reflexión existencial. Con una escritura sutil, sugerente y cargada de simbolismo, el autor invita al lector a contemplar la realidad y descubrir, tras la apariencia de las cosas, un espacio misterioso donde habitan la emoción y el asombro (lo inesperado). La estrategia que siguen los textos para conseguir este efecto es la insinuación, la suspensión y, sobre todo, la resonancia. Muchos de estos relatos parecen prolongarse más allá de su última línea, como si la verdadera historia comenzara precisamente cuando el lector cierra la página. Así, relatos como «El faro» o «A solas» se construyen a partir de imágenes poéticas de notable plasticidad, donde la anécdota narrativa queda subordinada a la evocación emocional y a la sugerencia simbólica. En «El faro», por ejemplo, el protagonista cree percibir que el faro «le guiñaba el ojo», imagen que transforma un elemento paisajístico en correlato afectivo de la memoria amorosa; del mismo modo, en «A solas» la gaviota se convierte en emblema de la libertad creadora y de la soledad elegida. La nostalgia, en Martínez-Conde, nunca se presenta desnuda: siempre aparece tamizada por una sonrisa apenas perceptible. Esa combinación de ternura y humor atraviesa buena parte del libro. «Mi pequeña vecina» comienza como la descripción de una vecina discreta y metódica, para revelar finalmente que el narrador está hablando de una araña cuya telaraña respeta cada mañana. El giro obliga al lector a reconsiderar retrospectivamente todo lo leído y, de paso, cuestionar nuestra jerarquía afectiva hacia otras formas de vida. Algo semejante ocurre en «Vecinos», donde el admirado vecino de canto jovial resulta ser un mirlo, o en «Post mortem», diálogo funerario que concluye con la inesperada revelación de que la difunta era una jirafa. Son textos donde el autor parece disfrutar desplazando el foco humano para ensanchar discretamente los límites de la empatía. La naturaleza ocupa, de hecho, un lugar central. Las hierbas cortadas al borde de una carretera renacen y se convierten en "metáfora de la naturaleza"; una mariposa tras un visillo suscita un deslumbramiento casi amoroso; las gaviotas escriben música en el aire; el viento es proclamado "el mayor músico de la historia". En ocasiones, este impulso animista alcanza páginas de notable belleza, especialmente cuando el autor renuncia a explicar y simplemente observa. «La hoja poeta», por ejemplo, posee la ligereza de una fábula oriental: una hoja decide volar hacia arriba, hacia el cielo, y un niño contempla el prodigio sin decir nada. El texto apenas ocupa unas líneas, pero deja tras de sí una sensación de íntima libertad. Mención especial merece la dimensión autobiográfica que aflora en los relatos intermitentemente. «Ruty», evocación de un oso de peluche infantil perdido para siempre; «Memoria», con ese arrepentimiento amoroso resumido en la frase "debí haberte besado"; o la conmovedora «Una furtiva lágrima», dedicada a la madre del narrador, introducen un tono confesional que dota al conjunto de una temperatura emocional muy intensa. Son páginas donde el artificio literario se repliega y aparece, con una sencillez desarmante, la experiencia vivida. El tiempo aparece también como experiencia íntima y, simultáneamente, como fuerza inexorable que condiciona la existencia humana. Lejos de concebirlo como una sucesión lineal y homogénea, el autor propone una temporalidad subjetiva, asociada a la evocación, al deseo y a la experiencia estética. Textos como «Casi París» o «Memoria» revelan esta concepción. En el primero, la referencia explícita a Heráclito sirve para cuestionar la estabilidad de la realidad y del propio sujeto, mientras que en el segundo la rememoración sentimental se convierte en espacio de revisión biográfica y de conciencia de la pérdida. En definitiva, la brevedad narrativa de las páginas que componen este volumen se pone al servicio de la indagación existencial. Ricardo Martínez-Conde traslada su depurada trayectoria en la poesía y el aforismo al territorio de una microficción cargada de ironía, melancolía y un profundo dominio del silencio: un conjunto de textos que se leen como quien encuentra un puñado de postales guardadas en un cajón olvidado y que invitan tanto a la reflexión como a la relectura. Puedes comprar el libro en:
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