El profundo aliento lírico de las obras narrativas de Juan Valera. I jueves 22 de octubre de 2026, 08:07h
Juan Valera no pretendió reflejar en sus obras los ambientas más crudos de la sociedad, como hicieron otros escritores realistas, sino que se mostró partidario de “el arte por el arte” y las impregnó de un poderoso aliento lírico, Su prosa narrativa, especialmente en los pasajes descriptivos, y más si se trata de la naturaleza andaluza, está dotada de una alta carga poética que deja al descubierto su su fuerte sensibilidad estética. A modo de ejemplo, transcribimos dos fragmentos del artículo misceláneo “La cordobesa”, escrito en 1872. [“Habilidades domésticas de la cordobesa”]
La lugareña es en extremo hacendosa. Por pobre que sea, tiene la casa saltando de limpia. Los suelos, de losa de mármol, de ladrillo o de yeso cuajado, parecen bruñidos a fuerza de aljofifa. Si el ama de la casa goza de algún bienestar, resplandecen en dos o tres chineros el cristal y la vajilla; y en hileras simétricas adornan las paredes de la cocina peroles, cacerolas y otros trastos de azófar o de cobre, donde puede uno verse la cara como en un espejo. La cordobesa es todo vigilancia, aseo, cuidado y esmerada economía. Nunca abandona las llaves de la despensa, de las alacenas, arcas y armarios. En la anaquelería o vasares de la despensa suele conservar, con próvida y rica profusión, un tesoro de comestibles, los cuales dan testimonio, ya de la prosperidad de la casa; ya de lo fértil de las fincas del dueño, si son productos indígenas, y, como suele decirse, de la propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la señora, cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con alguna preparación o condimento. Allí tiene nueces, castañas, almendras, batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se asen, guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucherías. Los pimientos picantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras al lado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte más pulcra suele haber azúcar, café, salvia, tila, manzanilla, y hasta té a veces, que antes solo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios y gigantescos jamones; y, alternando con esta bucólica manifestación del reino animal, dulces andregüelas invernizas, uvas, granadas y otras frutas. En hondas orzas vidriadas conserva la señora lomo de cerdo en adobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riñones y bazo del mismo cuadrúpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas y espárragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, que basta calentarlo en un santiamén para dar una opípara comida a cualquier huésped que llegue de improviso. La matanza se hace una vez al año en cada casa medianamente acomodada; y en aquella faena suele lucir la señora su actividad y tino. Se levanta antes que raye la aurora, y rodeada de sus siervas dirige, cuando no hace ella misma, la serie de importantes operaciones. Ya sazona la masa de las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en la conveniente proporción, sal, orégano, comino, pimiento y otras especias; ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y demás embuchados. La mayor parte de esto se suspende del humero en cañas o barras largas de hierro, lo cual presta a la cocina un delicioso carácter de suculenta abundancia. Casi siempre se reciben en invierno las visitas en torno del hogar, donde arde un monte de encina o de olivo y pasta de orujo, bajo la amplia campana de la chimenea. Entonces, si el que llega mojado de la lluvia o transido de frío, ya de la calle, ya del campo, alza los ojos al cielo para darle gracias por hallarse tan bien, se halla mucho mejor y tiene que reiterar las gracias, al descubrir aquella densa constelación de chorizos y de morcillas, cuyo aroma transciende y desciende a las narices, penetra en el estómago y despierta o resucita el apetito. ¡Cuántas veces le he saciado yo, estando de tertulia, por la noche, en torno de uno de estos hogares hospitalarios! Tal vez la misma señora, tal vez alguna criada gallarda y ágil, descolgaba con regia generosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrilla sobre el rescoldo. Comidas luego con blanco pan, con un traguito de vino de la tierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festiva conversación, sabían estas morcillas a gloria. Juan Valera: La cordobesa. Madrid, Fundación Biblioteca Miguel de Cervantes. Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Obras de D. Juan Valera, Madrid, Imprenta y Fundición M. Tello, 1887, volumen II, págs. 229-265; (en concreto, págs. 234-237).http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-cordobesa--0/html/
Apoyo léxico. Yeso cuajado. Yeso que ha fraguado, es decir, trabado y endurecido. Aljofifa. Pedazo de paño basto de lana para fregar el suelo. Chinero. Armario o alacena en que se guardan piezas de china o de porcelana, cristal, etc. Azófar. Latón: aleación de cobre y cinc, de color amarillo pardo y susceptible de gran brillo y pulimento. Anaquelería. Conjunto de anaqueles: estantes o tablas dispuestas horizontalmente. Vasar. Estante en cocinas y despensas que sirve para poner la vajilla. Próvida. Minuciosa. Indígena. Originaria del lugar de que se trata. Cirolita [por ciruela, en diminutivo] imperial]. Variedad de ciruela, de tamaño pequeño y color rojizo cuando está madura, muy apreciada como ciruela pasa. Corneta. Variedad de guindilla o pimiento picante. Egregio. Célebre, notable (en sentido metafórico). Andregüela inverniza. Melón de invierno. Orza vidriada. Vasija de barro con barniz vítreo, alta y sin asas, que sirve por lo común para guardar conservas. Pajarilla. Bazo, especialmente del cerdo. Morrilla/alcaucil. Alcachofa silvestre. Espárrago amarguero. Espárrago que se cría en los campos sin cultivar ni labrar. Rayar la aurora. Amanecer, alborear. Opípara. Copiosa y espléndida. Rociada. Conjunto de cosas que se esparcen al arrojarlas. Embuchado. Tripa rellena con carne de cerdo picada, y que, según su tamaño y el aderezo que lleva, recibe varios nombres que la particularizan (por ejemplo: longaniza, salchicha, etc). Humero. Cañón de chimenea por donde sale el humo. Constelación. Reunión armoniosa (en sentido metafórico). Gallarda. Garbosa y apuesta. A gloria. Muy bien.
COMENTARIO.
El texto de Valera refleja el estilo propio de su forma de escribir: pulcro y preciso en el uso del léxico; y sencillo en el empleo de las estructuras sintácticas, manejadas de forma tal que por todo él se difunde un carácter armónico. El temperamento de “la cordobesa” -a la que también se refiere Valera como “la lugareña”- está bien perfilado: aun cuando sea “pobre”, se muestra solícita y diligente en las faenas domésticas (es “hacendosa”); su sentido del orden y de la limpieza se perciben tanto en lo reluciente de los suelos (“bruñidos a fuerza de aljofifa”) como en la brillantez que exhiben cristalería y vajilla y, asimismo, en los trastos de latón o de cobre con que están decoradas las paredes, y en los que “uno puede verse la cara como en un espejo”; está pendiente de que no falten buenas viandas -enumeradas con profusión por Valera, y que constituyen “un tesoro de comestibles”-, algunas de las cuales adereza con singular maestría; siempre dispuesta, con su carácter “hospitalario”, a agasajar “con una opípara comida”, a quienes recibe en su casa, aun cuando se presenten de manera imprevista o sin avisar. Y si se trata de “casa medianamente acomodada”, la cordobesa -llamada ahora “la señora”- participa activamente en la matanza anual, sea condimentando con diversas especias los productos provenientes del cerdo -“con rociadas magistrales y en la conveniente proporción”-, sea elaborando ella misma toda clase de embuchados que, posteriormente, cuelgan del humero hasta que, en días de lluvia y frío invernales, son asados en el hogar alimentado por madera de encina y de olivo, y degustados por los visitantes “en sabrosa y festiva conversación”, en la que no puede faltar un buen vino de la tierra. Valera es algo parco en el uso de adjetivos, que a veces acompañan al nombre por parejas, ya antepuestos (“con próvida y rica profusión”, “del techo cuelgan egregios y gigantescos jamones”, “en sabrosa y festiva conversación”), ya pospuestos (“criada gallarda y ágil”); otras veces originan construcciones paralelísticas (“con rociadas magistrales y en la conveniente proporción”, “un delicioso carácter de suculenta abundancia”); y son escasos los nombres acompañados por un único adjetivo, sea este adjunto (“hileras simétricas”, “esmerada economía”, “productos indígenas”, “propia crianza y labranza”, “parte pulcra”, “bucólica manifestación”, “opípara comida”, “casa acomodada”, “importantes operaciones”, “barras largas de hierro”, “amplia campana”, “densa constelación”, “hogares hospitalarios”, “regia generosidad”), atributivo (“la lugareña es hacendosa”, “los suelos parecen bruñidos”) o predicativo (“el que llega mojado de la lluvia o transido de frío”). Pero de lo que no hay duda es del carácter fuertemente connotativo que algunos de tales adjetivos desarrollan, en especial si se tienen en cuenta los nombres a los que se refieren y los contextos en que figuran, que de alguna manera quedan ennoblecidos aun cuando califiquen realidades algo prosaicas. Otros adjetivos forman parten de expresiones pluriverbales que designan un concepto unitario (“primera materia” [por “materia prima”], “pimientos picantes”, “reino animal”, “andregüelas invernizas”, “orzas vidriadas”, “espárragos trigueros/amargueros”, “blanco pan” [por “pan blanco”]), lo cual tiene su lógica cuando prima el estilo nominal y las largas enumeraciones nominales. Y aquí reside parte del interés de este texto: en el empleo de la enumeración de nombres con una finalidad meramente descriptiva. Baste con citar un largo ejemplo: “Allí [en despensa] tiene nueces, castañas, almendras, batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se pasen, guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucherías. Los pimientos picantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras al lado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte más pulcra suele haber azúcar, café, salvia, tila, manzanilla, y hasta té a veces, que antes solo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios y gigantescos jamones; y, alternando con esta bucólica manifestación del reino animal, dulces andregüelas invernizas, uvas, granadas y otras frutas. En hondas orzas vidriadas conserva la señora lomo de cerdo en adobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riñones y bazo del mismo cuadrúpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas y espárragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, que basta calentarlo en un santiamén para dar una opípara comida a cualquier huésped que llegue de improviso”. Adviértase, además, la perfecta distribución espacial del “tesoro de comestibles”: “en la anaquelería o vasares de la despensa...”; “... cuelgan en ristras al lado del bacalao, en la parte menos pulcra”; “en la parte más pulcra...”; “del techo cuelgan...”; “en hondas orzas vidriadas...”. Por otra parte, la coordinación distributiva con la conjunción ya equilibra armónicamente los periodos sintácticos; por ejemplo: “un tesoro de comestibles dan testimonio ya de la prosperidad de la casa; ya de lo fértil de las fincas del dueño, si son productos indígenas, y, como suele decirse, de la propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la señora, cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con alguna preparación o condimento”. Y la combinación de series enumerativas y periodos coordinados de forma distributiva origina estructuras sintácticas que provocan en la prosa un ritmo de grata musicalidad; por ejemplo: “Ya sazona la masa de las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en la conveniente proporción, sal, orégano, comino, pimiento y otras especias; ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y demás embuchados. El léxico está empleado con gran precisión designativa, ya sean nombres (aljofifa, chinero, azófar, santiamén, tino, rociada, humero) o adjetivos, algunos de ellos muy sugerentes en sus respectivos contextos (hacendosa, próvida, indígena, opípara, acomodada, hospitalario, regia). Y no falta el recurrir a la función metalingüística para definir por sinonimia algún que otro vocablo: “trastos de azófar o de cobre”; “en la anaquelería o vasares de la despensa”; “los pimientos picantes, las guindillas y cornetas”; “pajarillas, esto es, asaduras, riñones y bazo del mismo cuadrúpedo [del cerdo]”: “morrillas, alcauciles”; “espárragos trigueros y amargueros”. También hay en el texto expresivas metáforas -por originales- alusivas a las viandas: ese “tesoro de comestibles” conservado en la anaquelería o vasares de la despensa; “aquella densa constelación de chorizos y morcillas”; o alguna criada que “descolgaba con regia generosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrilla sobre el rescoldo”. Y, asimismo, ingeniosas frases que justifican que la gran cantidad de alimentos disponibles y bien elaborados (que se conservan “con próvida y rica profusión” y prestan a la cocina “un delicioso carácter de suculenta abundancia”) despierten las ganas de comer a las visitas en las lluviosas y frías noches invernales, junto al hogar(“el aroma de chorizos y de morcillas transciende y desciende a las narices, penetra en el estómago y despierta o resucita el apetito”; y luego, “comidas con blanco pan, con un traguito de vino de la tierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festiva conversación, sabían estas morcillas a gloria” -frase esta en la que el adjetivo “sabrosa” puede referirse a “conversación”, con el significado de “deleitable al ánimo”; pero también -mediante un desplazamiento calificativo- podría referirse a “morcilla”, y de ahí su sugestiva expresividad).
Bibliografía. El artículo La cordobesa se publicó de forma original en Madrid en el año 1877, formando parte de un volumen recopilatorio impreso por la Imprenta de Aribau y Cía para la Administración de la Ilustración Española y Americana , bajo el título conjunto de El Comendador Mendoza; la cordobesa; Un poco de crematística. Con poisteroiridad, se inbcluyó en el volumen II de las Obras de D. Juan Valera, publicadas en Madrid por la Imprenta y Fundición M. Tello en 1887.
Julio Romero de Torres: “La chiquita piconera” (1929-1930) Óleo y temple sobre lienzo. Museo Julio Romero de Torres, en Córdoba. https://museojulioromero.cordoba.es/project/la-chiquita-piconera/
[“Los patios cordobeses”]
Los patios, en Córdoba y en otras ciudades de la provincia, son como los de Sevilla, cercados de columnas de mármol, enlosados y con fuentes y flores. En los lugares más pequeños no suelen ser tan ricos ni tan regulares y arquitectónicos; pero las flores y las plantas están cuidadas con más amor, con verdadero mimo. La señora, en la primavera y en las tardes y noches de verano, suele estar cosiendo o de tertulia en el patio, cuyos muros se ven cubiertos de un tapiz de verdura. La hiedra, la pasionaria, el jazmín, el limonero, la madreselva, la rosa enredadera y otras plantas trepadoras, tejen ese tapiz con sus hojas entrelazadas y le bordan con sus flores y frutos. Tal vez está cubierta de un frondoso emparrado una buena parte del patio; y en su centro, de suerte que se vea bien por la cancela, si por dicha la hay, se levanta un macizo de flores, formado por muchas macetas, colocadas en gradas o escaloncillos de madera. Allí claveles, rosas, miramelindos, marimoñas, albahaca, boj, evónimo, brusco, laureola y mucho dompedro fragante. Ni faltan arriates todo alrededor, en que las flores también abundan; y para más primor y amparo de las flores, hay encañados vistosos, donde forman las cañas mil dibujos y laberintos, rematando en triángulos y en otras figuras matemáticas. Las puntas superiores de las cañas, con que se entretejen aquellas rejas o verjas, suelen tener por adorno sendos cascarones de huevo o lindos y esmaltados calabacines. Las abejas y las avispas zumban y animan el patio durante el día. El ruiseñor le da música por la noche. En el invierno, la cordobesa tiene buen cuidado de que plantas de hoja perenne hermoseen su habitación. Canarios o jilgueros recuerdan la primavera con sus trinos; y si el amo de casa es cazador, no faltan perdices y codornices cantoras en sus jaulas, y las escopetas y trofeos de caza adornan las paredes. En torno del hogar, casi en tertulia con los amos, vienen a colocarse los galgos y los podencos. Juan Valera: La cordobesa. Op. cit., págs. 248-249.
El artículo La cordobesa se publicó de forma original en Madrid en el año 1877, formando parte de un volumen recopilatorio impreso por la Imprenta de Aribau y Cía para la Administración de la Ilustración Española y Americana , bajo el título conjunto de El Comendador Mendoza; la cordobesa; Un poco de crematística. Con poisteroiridad, se inbcluyó en el volumen II de las Obras de D. Juan Valera, publicadas en Madrid por la Imprenta y Fundición M. Tello en 1887. Referencias contextuales. Juan Valera, en su estudio La cordobesa, ha pretendido recoger el ambiente de su tierra, en páginas sin duda magistrales. Azorín transcribe el párrafo anterior -en el que Valera describe los patios cordobeses- en su obra El paisaje de España visto por los españoles, y en el capítulo que dedica a Córdoba -el VIII-, que identifica, precisamente, con Juan Valera. Pero precisa Azorín que "Cordoba no tiene el ambiente sutil de voluptuosidad que se respira en Sevilla; hay en ella una nota de severidad, de sobriedad, de ascetismo, que es lo que domina en las casas. [...] Córdoba es un patizuelo empedrado de menudos guijos, una pared encalada de blanco con un zócalo azul y olor en el aire de olivo quemado". (La obra de Azorín esta editada por Espasa-Calpe; colección Austral, 164).
CVC. Portal de Juan Valera: http://www.cervantesvirtual.com/portales/juan_valera/
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