A lo largo de nuestras vidas, todos hemos tenido a alguien que ha dejado una huella profunda en nosotros. En cada etapa de nuestra existencia, encontramos a esa pareja inolvidable que transformó nuestra vida y nuestra percepción del mundo, o al amigo con quien compartimos el proceso de maduración y crecimiento. También recordamos el primer amor y el primer desamor. Muchas veces, como sucede en la novela de Martín Casariego, hay un amigo que nos introduce al fascinante universo de la adultez, donde los sufrimientos son reales y las pérdidas son permanentes. Con él, exploramos senderos que nunca volveremos a recorrer.
El protagonista de esta novela de iniciación, que podría llamarse Ismael, tiene su primer encuentro con Rai a los catorce años. “Lo más parecido a una leyenda que yo haya conocido”, es como lo describe. Desde la perspectiva de sus veintitrés años, el relato se convierte en un testimonio de madurez y melancolía, matizado por el paso del tiempo, pero también se siente inmediato; las emociones que evoca son recientes y aún están vivas en su memoria.
Rai entra en la vida del protagonista como profesor particular, estableciendo una relación que impacta no solo a él, sino también a su madre, quien vislumbra un último vestigio de una pasión probablemente inalcanzable, y a su hermana. La presencia de Rai transforma todo a su alrededor: altera los equilibrios de poder en la escuela, afecta sus amistades y, sobre todo, influye en su autoconocimiento. A lo largo del año crucial que comparten, Rai va revelando poco a poco su propia historia trágica. Juntos viven momentos decisivos en los que el protagonista se enfrenta por primera vez a la violencia al presenciar una pelea real y mancharse con sangre auténtica. También explora la sexualidad, la prostitución, las drogas y experimenta el miedo y el dolor. Descubre ciertos tipos de música y literatura que le abren los ojos a nuevas realidades sobre sí mismo y sobre los demás; verdades que le sorprenden y desagradan, como la posibilidad de mentiras o realidades difíciles de aceptar.
“El juego sigue sin mí” aborda lo que conocemos acerca de nosotros mismos y de los otros, así como el doloroso proceso de descubrimiento personal y las rutas necesarias para profundizar en nuestro conocimiento interno. A pesar de ello, hay un giro final inesperado que justifica la narración: una manera de sanar las heridas más profundas. “Para intentar sacarlas al sol y ver si así cicatrizan mejor. Aunque continúes sin saber apenas nada de ti mismo ni de quienes te rodean”.
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