27/09/2023@07:07:00
Tras el diluvio universal, los herederos de Noé se establecieron en la llanura de Senaar. Era la tierra toda de una lengua y de una misma palabra. Y dijéronse unos a otros: “Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide toque a los cielos y nos haga famosos”. Bajó Yavé a ver la ciudad y la torre que estaban haciendo los hijos de los hombres y se dijo: “He aquí un pueblo uno en que tienen todos una lengua sola. Se han propuesto esto y nada les impedirá llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua de modo que no se entiendan unos a otros”. Por eso se llama Babel, porque allí confundió Yavé la lengua de la tierra toda, (Genesis, 11-1/9). Según Nácar y Colunga, estaban unidos y la unidad de lengua les daba fuerza y les permitía desafiar a Dios, pero la diversidad de lenguas era causa de aversión y de división.
Opiniones de un lector
Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1
Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.
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MIGUEL DELIBES
Los críticos, en su abrumadora mayoría, están de acuerdo en que la renovación de la novela española queda encabezada por El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio, que marca un hito y una referencia en la novela española de postguerra y en lo que se ha dado en denominar realismo social, y Luis Martín-Santos y su Tiempo de silencio (1962; edición definitiva y liberada de la mordaza de la censura, 1980), Cinco horas con Mario (1966, cito de la trigésimo tercera edición, Destino, junio 2008) supone una obra central dentro de la variada y versátil bibliografía de Delibes (novela, novela corta, libros de viajes, diarios, reportajes, etc.), junto y a la par con Los santos inocentes (1981, una concisa obra maestra que retrata la realidad de los pueblos castellanos) y El hereje (un vasto fresco de Valladolid en la época de Carlos V). Y no resulta azaroso que la novela haya sido publicada el mismo año que Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé: ambas, cada una a su modo, recorren relaciones de pareja signadas por el malentendido, la frustración y el desencuentro donde el menoscabo al que es sometido el personaje masculino parece formar parte de un designio ineluctable.
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