Agnes (Eva Victor), estudiante de literatura y aspirante a profesora adjunta, y su mejor amiga Lydie (Naomi Ackie) llevan una vida tranquila en un pequeño pueblo costero de Massachusetts. Sin embargo, todo cambia drásticamente cuando Agnes es víctima de una agresión sexual por parte de su profesor, Preston Decker (Louis Cancelmi). A partir de ese momento, busca maneras de superar el trauma y llevar una vida sexualmente libre mientras continúa su carrera docente.
Aunque Sorry, Baby contiene momentos cínicos y tragicómicos, la impresión general de la historia, narrada en capítulos no cronológicos, resulta bastante inquietante. Esto no se debe a que el abuso se muestre explícitamente, como sí ocurría en Irreversible (2002) de Gaspar Noé, sino a que se desarrolla de forma silenciosa, casi imperceptible, como suele pasar en la realidad: visible solo para quienes lo sufren. A Victor no le interesan las tácticas impactantes, sino representar lo que sigue a un suceso de este tipo: parálisis, sufrimiento, pánico e inseguridad. Y a prepararnos hábilmente, a través de la estructura temporal de la película, para que algo ande mal, para que Agnes se enfrente a un pasado traumático. Quienes vean la película sin conocimientos previos notarán la inteligente anticipación de la escena de la agresión, con la inquietud que se gesta con mucha antelación.
Además, la joven de tan solo treinta y un años no escatima sus críticas sociales mordaces, que consisten en cuestionar a las instituciones académicas, legales y médicas que reconocen el problema de la agresión sexual con poca empatía o se niegan siquiera a reconocerlo. De igual manera, los estudiantes varones de Agnes consideran que Lolita es un libro demasiado escandaloso como para tomarlo en serio, mientras que relaciones abusivas comparables y los desequilibrios de poder subyacentes pueden ser mucho peores en la realidad.
Lo que convierte a Sorry, Baby, además de su sencilla pero impactante puesta en escena y comentario social, en una visión creíble del trauma personal, son los diálogos, que resultan extraordinariamente naturales gracias a las palabras de relleno, los tropiezos al hablar y los inicios de frase retrasados.
Al principio, las conversaciones entre Agnes y Lydie parecen simplemente una versión más elaborada de las conversaciones que aparecen con frecuencia en los comentarios de redes sociales cada vez que un nuevo escándalo de violación o violencia perpetrado por hombres llega a los titulares. Pero, en el monólogo del título, dirigido a una criatura más inocente, Victor rompe con este estilo lingüístico en favor de una apelación apasionada dirigida a todos nosotros, sin importar el género.