El gran tema de las 85 páginas que lo componen es el Amor. Siendo más exacto, se trata de una hoja, o una moneda, si prefieren, que tiene dos caras que simulan mirarse en el espejo: Amor y Desamor. Llama la atención el título, invita a la ambigüedad: una suerte de destinatarios abstractos, pienso yo, los dioses de ese rostro bifronte: Amor/Desamor. Pequeños y poderosos dioses de esa entelequia tantas veces cantada y contada por los poetas del mundo. ¿Qué otra cosa, sino una saga oscilante de amores y desamores, representan Elena, Penélope, Circe, Calipso, Beatriz, Dulcinea, Madame Bovary, Ana Karenina, Ofelia, María, Remedios la Bella? Y de la otra orilla, Ulises, Agamenón, Menelao, Paris, Dante, don Quijote, Efraín y el voyerista apasionado que dio con su cráneo en ese baño de Macondo, repleto de alacranes y mariposas amarillas.
Amor y desamor, universos que proyectan deseos, pasiones, alquimias, malabares, exaltaciones, reproches, celos, venganzas, y sobre todo, innumerables textos que buscan cifrar y descifrar una de las manifestaciones humanas, universales y determinantes: la libido. Esta categoría, que según Octavio Paz se manifiesta en una triple llama: amor, sexualidad y erotismo, es junto a las relaciones económicas, uno de los goznes sobre los que gravita nuestro paso fugaz por el planeta Tierra.
De la mitad de esa esfera nos habla A-Dioses, que en la segunda acepción de su ambigüedad suena a despedida: Amo el amor de los marineros que besan y se van/dejan una promesa, no vuelven nunca más/ Desde mi corazón me dice adiós un niño/ Y yo le digo, adiós.
Quizás el poeta se refiere al niño Cupido, ese duendecillo constante de todo nuestro ardor y todo nuestro quebranto. A-dioses, oferente y Adioses, para cerrar un ciclo, cima y sima de un sentimiento contradictorio en esencia. Esto es amor, quien lo probó lo sabe.
La primera sección La Cuna del Exilio, en principio nos sugiere las migraciones, esa diáspora que atraviesa mares, desiertos, caminos desolados, a pie, en pateras presas de oleajes, en vagones atestados que se estrellan con los muros de la infamia.
Toda fuga, toda pérdida deja una impronta. Vuelvo a Borges: Ilyon es porque fue. Y vuelvo al bolero popular, esa poesía del hombre de a pie, que lo acompaña en las interminables bohemias del despecho: después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido/ después que todo te lo dio mi pobre corazón herido/ has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura, hasta su febril remate: solo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.
Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue/ dejemos el amor y vamos con la pena, ha dicho León de Greiff en una resignada aceptación de su derrota sentimental. Tarea encomiable, imposible de aceptar que aquello que era todo ahora se convierta en nada. Por contera hay que recoger los restos, inhumarlos en algún lugar esquivo de la memoria. En ese penoso tránsito, a la sombra de un árbol, viendo cruzar un río, lento y cansado, un habitante de la noche ha de susurrar bajo la niebla: ¿Y dónde estaba Dios cuanto te fuiste?
La sección II: A Espaldas del Tiempo abre con una fiesta: la comunión de los sentidos, un cantar de cantares, el regocijo que produce mirarnos en el cuerpo otro, fundirnos en su cauce:
Entrégate al vuelo de mis aves jubilosas
Asila en mi ternura tus íntimos anhelos
Llueve en mí y anega mis laderas
Tu perfume aroma las estancias agrestes de mi piel
Soléame los sentidos
Hierve en la lumbre de mi abrazo
A espaldas del tiempo, de la turbulenta cotidianidad, de los diarios y los noticieros que publican porquerías, de los trogloditas y los reptilianos, de los traficantes de ilusiones, de los vendedores de fantasías y ternura de pandeyuca, se instalan los amorosos, los que callan, lo que entienden que el amor es el silencio más fino, el más poderoso el más insoportable y prefieren llenarse de sinrazones, cuerpo a cuerpo, diente a diente, poro a poro, en un ritual que nos hace escuchar el corazón de la tierra, su magma fundacional, sin espacio ni tiempo. El amor con su par de alas gemelas: sexualidad y erotismo. Un cielo en un infierno cabe. Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Cuando dos se besan el mundo cambia, ha dicho Octavio paz.
Tatué lenta con la aguja de mis besos
Cada fibra de tu cuerpo (Interludio)
Sección III, Consagración del Retorno. Son once poemas de reclamo. Después de la fiesta de los cuerpos, hay zozobra, desesperanza; reflexiones acerca de la ausencia injustificada. El amor reclama su parcela.
Fase crítica del afecto. Hablábamos mucho, pero ya no nos decíamos nada, dice un personaje de Onetti, ese uruguayo creador de universos grises, sombríos, degradados. El amor rumiando sus despojos, izando en la cima (con c) la bandera del desamor, esa contracorriente poderosa que en un momento nos vuelve invulnerables:
Asumí el definitivo exilio de tus caricias
Sin invitarte a ensayar juntos el vuelo (El humo del pasado)
Restituir lo habitado, volver, como si fuera un tango que ha perdido vigencia. Es un instante, solo un instante para decir María, Amaranta o José Arcadio. Esto es urgente porque la eternidad se nos acaba. El amor, un aerolito veloz que no nos da tiempo de pedir un deseo.
En la orfandad y el desarraigo los ojos aclaran el paisaje. Aceptamos la razón de la sinrazón y nos volvemos prácticos, herméticos, racionales, pero con aire escaso para el vuelo.
Los poemas en prosa, en la última parte del libro, son fuertes, sin concesiones:
Percibo las deformidades con que llenas tus vacíos (Las razones del amante)
Dos poetas que visitan los A-dioses salen mal librados, es un tono de epigrama: ¿Cómo podrían ser estos miserables los ojos de un pueblo?
Desasosiego en esta ruleta rusa del Amor y el Desamor, con todas sus estaciones. Nicolai Gógol decía que la novela es un saco donde cabe todo; parafraseando al ruso, podríamos decir algo semejante del amor y su contraparte. Es una Caja de Pandora, de donde brotan, con el auspicio de los vientos, todos los bienes y los males con que los seres humanos distraemos el vaivén de los días. El remate de A-Dioses es una estocada que a todos duele:
Regálame un último gesto si es sincero:
Hagamos el amor antes de que entren
y desgarren mi cuerpo
las bestias que soltaste para cazarme. (El último Instante)
En el año 1977 Sonia Solarte Orejuela fue mi estudiante de Literatura en la bien recordada Normal Nacional, del barrio Libertadores, con palmas, pavos reales, vientos viajeros de Farallones; hoy, casi medio siglo después, luego de vivir ambos una diáspora, extensa e intensa, nos reencontramos por las gracias ocultas que nos regala la Poesía. Por sus Adioses y por nosotros, Salud. Esto es amor, quien lo probó lo sabe.
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