www.todoliteratura.es

LA POESÍA DE AHMAD AL-SHAHAWY COMO MORADA DEL SER

Reseña del poemario "Un cielo con mi nombre", de Ahmad Al-Shahawy. Traducción al español de Abeer Abdel Hafez. Valparaíso Ediciones (Granada, 2026)
lunes 28 de septiembre de 2026, 18:17h
Un cielo con mi nombre
Un cielo con mi nombre

La poesía verdadera no se establece para describir el mundo, sino para ensancharlo. No se limita a nombrar las cosas, sino que las devuelve a su estado primordial, cuando el lenguaje aún no había sido desgastado por el uso y las palabras conservaban intacta su capacidad de revelación. Martin Heidegger escribió en su célebre Carta sobre el humanismo que “El lenguaje es la morada del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esa morada”.

Esta es la verdad más profunda que subyace en Un cielo con mi nombre, del poeta egipcio Ahmad Al Shahawy. Porque este poemario no se propone representar la realidad, describirla o embellecerla; antes bien, su finalidad consiste en establecerla desde la palabra, elevando la poesía a una hialina forma de conocimiento, en un acto de restitución del sentido original del lenguaje.

No existe en los versos del poeta complacencia estética ni exhibición verbal, sino una propuesta radicalmente ajena a cualquier tentación ornamental, con la decidida vocación de internarse en un territorio de extrema profundidad donde la poesía se aproxima a la experiencia contemplativa de las grandes tradiciones místicas sin perder, por ello, su condición plenamente contemporánea.

Como ocurre en la obra de los grandes autores de la tradición sufí y de la mística —Ibn Gabirol, Yehuda Halevi, Ibn Arabi, Jalal ad-Din Rumi, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Rabindranath Tagore—, la poesía de Al-Shahawy no pretende explicar el misterio; únicamente aspira a situarse en el umbral desde el que el misterio comienza a manifestarse, ese territorio de revelación donde aflora “una franja de iluminaciones”, tal y como señala el profesor Guillermo Arango en el frontispicio del texto.

La poesía de Al-Shahawy parece erigirse desde una decidida voluntad de volver a entrelazar los hilos invisibles que unen al ser humano con el universo, al cuerpo con el espíritu y a la palabra con ese silencio fértil del que brota toda revelación, ese umbral donde el verdadero protagonista del libro no es Dios, ni siquiera el amor, sino la palabra, entendida como origen, conocimiento y posibilidad de trascendencia. Su poesía persigue el lenguaje en su estado más puro, aquel que no describe el misterio, sino que lo habita y lo hace visible, abandonando su función comunicativa para recuperar su antigua condición de epifanía, tal y como lo intuyó María Zambrano en Filosofía y poesía cuando afirmaba que “la palabra poética jamás puede ser un concepto”.

Esta dimensión reveladora alcanza uno de sus momentos más intensos en “El que vive entre dos minaretes”, probablemente uno de los poemas fundamentales del libro. Allí el poeta declara: “Soy mil personas,/ con un solo nombre/ y muchas lenguas”. La identidad deja de concebirse como una realidad fija para convertirse en un espacio de permanente transformación, hasta desembocar en una afirmación de enorme resonancia filosófica: “Yo soy otro,/ Yo no soy Yo”, en un claro diálogo intertextual con la célebre afirmación “Je est un autre”, de Arthur Rimbaud.

Sin embargo, sería un error reducir esta escritura a la categoría de poesía mística. Lo es, sin duda, pero solo en la medida en que toda gran poesía acaba interrogando el misterio del ser. En realidad, Al-Shahawy escribe desde un lugar mucho más complejo donde confluyen la metafísica, la experiencia amorosa, la tradición coránica, la memoria egipcia, la reflexión sobre el lenguaje y una conciencia extraordinariamente moderna de la identidad. Sus poemas están atravesados por referencias a Al-Hallaj, al Corán, a los profetas, al Nilo, al Aleph o a las letras del alfabeto, pero todas ellas sometidas a una profunda reelaboración simbólica hasta integrarse en una poética absolutamente personal.

Hay en esta obra una constante voluntad de regresar al origen. No al origen histórico, sino al instante primero en que las palabras todavía conservaban intacta su fuerza creadora. El poeta intenta abrir una grieta en la realidad cotidiana, elevando un abisal sistema de correspondencias donde los símbolos —el nombre, el cielo, el agua, la sombra, la letra, el Uno, el Cero, el cuerpo femenino, el verbo— reaparecen incesantemente para ampliar su campo de significación, al modo de las grandes arquitecturas místicas, donde nada es accesorio; cada imagen ilumina retrospectivamente a las anteriores y anticipa las futuras, de modo que el poemario termina funcionando como una inmensa red de resonancias interiores.

Pero si algo convierte este libro en una obra verdaderamente excepcional es su capacidad para reconciliar dos dimensiones que con frecuencia aparecen escindidas en la poesía contemporánea: la experiencia espiritual y la conciencia moderna. Al-Shahawy escribe desde una tradición milenaria, pero su voz pertenece inequívocamente a la contemporaneidad. La fragmentación del sujeto, la incertidumbre sobre la identidad, la conciencia de la pérdida, el desarraigo, la sospecha permanente sobre el lenguaje y la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva atraviesan el libro de principio a fin. La diferencia radica en que, frente a buena parte de la poesía occidental actual, esa incertidumbre no desemboca en el nihilismo, sino en una incesante búsqueda de sentido: “¿Qué escribirás unos segundos antes del final? …/… Que me den papeles y lápices/ para que la tumba no me estrangule los sueños”.

Aunque el libro despliega un universo simbólico de enorme complejidad, nunca cae en la oscuridad gratuita. Al-Shahawy escribe con la serenidad de quien sabe que el misterio no necesita ser oscurecido para resultar profundo. Sus poemas son breves, casi aforísticos en ocasiones, pero cada uno de ellos parece contener una extraordinaria densidad de pensamiento. Se diría que el poeta ha ido despojando el lenguaje de todo lo accesorio hasta dejar únicamente aquello que resulta imprescindible. En ese aspecto sigue la estela de George Steiner, cuando sugiere que lo indecible no siempre exige silencio: a veces reclama otra forma de lenguaje. Esa “otra manera” es precisamente la poesía que aquí encontramos: una escritura que no explica el misterio, sino que lo hace visible.

Hay un momento especialmente revelador cuando escribe: “Todavía tengo mucho por decir”. No parece la afirmación de un autor que considere insuficiente su obra, sino la confesión de alguien plenamente consciente de que el lenguaje nunca termina de agotar el misterio. Toda palabra auténtica lleva consigo la conciencia de su propia insuficiencia. Quizá esa sea la verdadera humildad del poeta: saber que el poema siempre llega después de aquello que intenta nombrar y, sin embargo, hay que seguir escribiendo porque únicamente mediante esa tentativa inacabable el ser humano puede aproximarse a lo indecible.

En una época caracterizada por la inmediatez, por la proliferación verbal y por una poesía que con demasiada frecuencia confunde la confesión con el conocimiento, Ahmad Al-Shahawy nos devuelve una convicción casi olvidada: que el poema puede seguir siendo una vía de acceso al ser, no porque ofrezca respuestas, sino porque restituye al lenguaje su antigua dignidad de revelación.

Heidegger escribió que los poetas son los guardianes de la morada del Ser. Y quizá ahí resida, en última instancia, la grandeza de Un cielo con mi nombre. No en la perfección de sus imágenes, ni en la riqueza de sus símbolos, ni siquiera en la admirable naturalidad con la que dialoga con la tradición sufí, coránica y universal. Su verdadera altura consiste en haber devuelto a la poesía una de sus funciones más antiguas y, al mismo tiempo, más necesarias: recordarnos que las palabras no nacieron para describir la realidad, sino para hacerla nuevamente habitable.

Al-Shahawy escribe desde ese lugar donde el poema deja de ser literatura para convertirse, sencillamente, en una forma de conocimiento. Creo, sin exageración alguna, que estamos ante una de las voces más hondas y originales de la poesía árabe contemporánea y que Un cielo con mi nombre constituye una de esas obras que no terminan cuando concluye su lectura, porque continúan escribiéndose silenciosamente en la conciencia de quien ha sabido escuchar la respiración secreta de sus palabras.

Puedes comprar el poemario en:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios