Sánchez Ferlosio y la maestría en el uso “artístico” del lenguaje: Industrias y andanzas de Alfanhuí. I martes 29 de septiembre de 2026, 17:16h
Industrias y andanzas de Alfanhuí. A Rafael Sánchez Ferlosio -madrileño nacido en Roma, en donde su padre era corresponsal de prensa, en 1927- se le concedió el Premio Cervantes-2004. El mundo de las Letras reconoce así el talento literario de un narrador que, aunque de corta producción, demuestra su indiscutible dominio de los más variados recursos expresivos del idioma; talento que se manifiesta, asimismo, en sus ensayos y artículos de opinión en la prensa diaria sobre temas muy dispares, algunos de los cuales inciden en la reflexión lingüística y en la crítica literaria siempre inspirada y aguda.
Pero el nombre de Sánchez Ferlosio está ligado a dos obras de juventud: Industrias y andanzas de Alfanhuí, libro de prosa cuidada y preciosista, publicado en 1951; y El Jarama, obra con la que obtuvo, a sus veintiocho años, el Premio Nadal, en 1955, y en la que, a través de diálogos insulsos, refleja, con procedimientos objetivos, la realidad vital de sus protagonistas absolutamente anodina, su pobreza espiritual, su aplastante vulgaridad. No obstante, hay en la obra fragmentos descriptivos y narrativos, de extremada precisión y concisión, escritos con una cuidada prosa que pudiera recordar la de Alfanhuí. La prosa de Industrias y andanzas de Alfanhuí. Es este un libro inclasificable, obra no tanto de un novelista cuanto de un escritor de profunda sensibilidad y estilo un tanto preciosista, que sabe urdir una serie de relatos de gran originalidad y encanto poético, aunque el carácter fantástico que preside la obra es compatible con el descarnado realismo de algunos pasajes. En sus páginas asistimos absortos a las sorprendentes actividades de un niño en el entorno de un mundo mágico poblado de seres maravillosos; como, por ejemplo, el gallo de una veleta, relato con el que comienza la obra, y que transcribimos a continuación.
De un gallo de veleta que cazó unos lagartos
y lo que con ellos hizo un niño
El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama "amarillor", pues tienen una vergüenza amarilla y fría. Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía, porque esa parte se había encogido al sol más que la del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a quedar los lagartos con la postura de los alacranes, todos hacia una misma parte, y ya, como habían perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban vergüenza. Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia, que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus pies un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las lluvias habían llenado los botes de aquel zumo, y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco. Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y cuando volvieron los días de sol tan solo se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras y que apenas destacaban del encalado. Pero el niño era más hermano de los lagartos que del gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo, blanco. Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un carbón grande, para no perderse del todo. El niño paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón. Volvió el niño a su palangana y vio cómo había quedado en el fondo un poso pardo, como un barrillo fino. A los pocos días, toda el agua se había ido por el calor que hacía y quedó tan solo polvo. El niño lo desgranó y puso el montoncito sobre un pañuelo blanco para verle el color. Y vio que el polvillo estaba hecho de cuatro colores: negro, verde, azul y oro. Luego cogió una seda y pasó el oro, que era lo más fino; en una tela de lino pasó el azul, en un harnero el verde y quedó el negro. De los cuatro polvillos usó el primero, que era el de oro, para dorar picaportes; con el segundo, que era azul, se hizo un relojito de arena; el tercero, que era el verde, lo dio a su madre para teñir visillos, y con el negro, tinta, para aprender a escribir. La madre se puso muy contenta al ver las industrias de su hijo, y en premio lo mandó a la escuela. Todos los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo brillante y lo bonita que era, porque daba un tono sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no saldría de allí hasta que no escribiera como los demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgado de un árbol.
Rafael Sánchez Ferlosio: Industrias y andanzasde Alfanhuí. Barcelona, Editorial Destino, 1987.Colección Destinolibro, núm. 47.
Apoyo léxico. Cantear. Mover levemente. Al tresbolillo. Colocar -en este caso los lagartos muertos- en filas paralelas, de modo que los de cada fila correspondan al medio de los huecos de la fila inmediata, de suerte que formen triángulos equiláteros. Pared de Levante. Pared que da al Este, punto cardinal por donde sale el Sol. Glándula. Órgano cuya función es producir una secreción. Segregar. Expulsar un órgano la sustancia que produce. Rubor. Enrojecimiento del rostro provocado por la vergüenza (que, en el caso de los lagartos del texto, se llama amarillor, es decir, amarillez del cuerpo). Mediodía. Lugar situado al sur de otro con cuya posición se compara. Septentrión. Lugar situado al norte de otro con cuya posición se compara. Venir a quedar. Persistir en la acción de permanecer en un lugar. Flagelar. Azotar (verbo usado en el contexto en sentido metafórico: golpear). Herrumbre. Óxido de hierro formado en la superficie de objetos de hierro en contacto con la humedad (y que no es propiamente orín, al no ser rojizo, si no verdinegro: verde oscuro o mezclado de negro). Reguero. Cantidad de líquido que atraviesa una superficie de manera continua y más o menos recta. Lo suyo. Locución pronominal con la que se pondera la importancia de algo. Camisa. Epidermis de los ofidios de la que el animal se desprende periódicamente, después de haber formado una nueva que la sustituye. Encalado. Pared blanqueada con cal. Fragua. Fogón en que se caldean los metales para forjarlos, avivando el fuego mediante una corriente horizontal de aire producida por un fuelle. Harnero. Objeto que sirve para cribar, separando las partes menudas de las gruesas de una materia, eliminando así impurezas. Industria. Maña y destreza o artificio para hacer algo. Tono sepia. De color rojizo claro. Rasgón. Pedazo de tela que se ha roto. El gallo de una veleta se dedica un buen día a cazar lagartos, matándolos a picotazos, para colgarlos después en una pared, en donde el sol los secará y arrugará su piel. Con la llegada de las lluvias, las pieles de los lagartos quedan bien empapadas y desprenden un zumillo que un niño -que arrojará a una fragua la chapa de hierro que personifica el gallo- recoge en una palangana, y del que obtendrá un polvillo formado por cuatro colores -negro, verde, azul y oro-, que separa mediante cedazos adecuados. Con el polvillo negro, el niño hizo tinta para aprender a escribir, y su madre lo mandó a la escuela, en donde aprendió un extraño alfabeto desconocido por sus compañeros; pero tuvo que abandonarla, a requerimientos del maestro, por no plegarse a escribir como los demás. Ya en su casa, y encerrado en su habitación por su madre, el niño continuó escribiendo en ese raro alfabeto sobre un trozo de camisa blanca. Esta es, en síntesis, la sorprendente historia relatada por Sánchez Ferlosio; sorprendente tanto por su carácter fantástico como por la calidad literaria del lenguaje empleado, de gran hondura poética. Texto un tanto extraño, poético...; en el que escasean los adjetivos, casi todos de carácter cromático y bastante nítidos: “blanca pared”, “vergüenza amarilla y fría” -sugestiva sinestesia-, “lagartos de un color negruzco”, “herrumbre verdinegra”, “esqueletitos blancos”, “el gallo se fue poniendo rojo, amarillo, blanco”, “poso pardo”, “pañuelo blanco”, “polvillo hecho de cuatro colores: negro, verde, azul y oro [amarillo brillante]”, “tono sepia”, “camisa blanca”. Y en algunos casos, los adjetivos están sustantivados: “Los [lagartos] más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo”; “Luego cogió una seda y pasó el oro, que era lo más fino; en una tela de lino pasó el azul, en un harnero el verde y quedó el negro”; “Todos los compañeros le envidiaban allí [en la escuela] la tinta por lo brillante y lo bonita que era”. Sin embargo, llama la atención el léxico en su conjunto por la propiedad con que está empleado, y por la abundancia de palabras de gran capacidad evocadora (cantearse, al tresbolillo, levante/mediodía/septentrión, tersura, flagelar, herrumbre, harnero, industrias, rasgón...). Además, la riqueza de las comparaciones alcanza una gran eficacia expresiva: “la lluvia [...] desteñía de sus pies un zumillo, como de herrumbre verdinegra”; “se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras”; “El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento”; “echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato”; “vio cómo había quedado en el fondo un poso pardo, como un barrillo fino”. Por otra parte, las estructuras sintácticas son muy sencillas y están relacionadas fundamentalmente por la conjunción copulativa y, procedimiento estilístico de que se vale el autor para evocar con más fuerza los contenidos expresados.
Bibliogragfía.
Ricardo Senabre: “Una novela a contra corriente: Industrias y andanzas de Alfanhuí”. Campo de Agramante. Revista de literartura, núm. 18 (primavera-verano, 2013).
Gamero, Alejandro: “Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rsafael Sánchez Ferlosio”. 28 de agosto de 2010. La piedra de Sísifo. Gabinete de curiosidades.
Miguel A. Olmos: ·Sobre la imaginería de Industrias y andanzas de Alfanhul, de Rafael Sánchez Ferlosio”. Dicenda. Estudios de lengua y literatura españolas, núm. 14, 1996. https://revistas.ucm.es/index.php/DICE/es/article/view/DICE9696110199A/12938
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