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"Con la lluvia", de Ricardo Martínez-Conde

Ediciones Vitruvio, 2019
jueves 01 de octubre de 2026, 21:20h
Con la lluvia
Con la lluvia

En un panorama poético dominado por el estruendo discursivo y el adorno confesional, la poesía de Ricardo Martínez-Conde se erige sobre la contención verbal y el recogimiento interior. Publicado en Ediciones Vitruvio (Baños del Carmen), "Con la lluvia" emana de una actitud meditativa en la que mirar deja de ser un acto receptivo para convertirse en una forma de discernimiento y en una rigurosa disciplina del espíritu.

La mirada es aquí una disposición interior: una poética de la atención que sitúa la conciencia en el umbral donde la materia comienza a adquirir significados. En ese tránsito entre mirar y vislumbrar, la atención sostenida produce un azoramiento del alma y el despertar de los pensares y los sentires.

Las citas tutelares —Apollinaire, El Cabrero, Gustavo Travi, la lírica anónima— fijan las coordenadas de la indagación: la fluidez del agua, la condición diferida del tiempo y el misterio del instante que se fuga. Sobre esta trinidad construye Martínez-Conde su libro, afirmando que la mirada es «más que ver, es la aproximación;/ como un rito con su trascendencia/ (a la que no se nombra) y su incertidumbre». Rito, pues persigue un sentido que nunca termina de entregarse para poder multiplicarse: soberbio gesto poético.

El sujeto no juzga ni cataloga el mundo; se dispone a habitarlo mediante un silencioso despojamiento del ego. Frente a la vorágine de la inmediatez, establece una liturgia de la serenidad donde la soledad es condición para que las cosas —una hoja que vibra, una nube naciente, un simple gorrión— revelen su secreta densidad. Mirar es así una forma de permanencia y de resistencia moral y espiritual: conceder a las cosas el tiempo necesario para ser contempladas.

«Los guardas de la esencia»

La estructura, de notable cohesión, se articula en tres estaciones que son fases de un proceso ascético y fenomenológico: I. El observador, II. El lector y III. El pétalo. Un itinerario de interiorización: primero se observa, después se interpreta y finalmente se concentra la mirada en lo mínimo.

“El observador” es la toma de contacto con el horizonte exterior y con el propio tránsito existencial: «El que vive advierte que su movimiento/ está pendiente de hallar ese lugar». Aprende a serenar la nostalgia: la tierra no necesita argumentos y el hombre simplemente «aguarda» frente al misterio del mañana.

“El lector” gira hacia el desciframiento de las formas naturales, libro viviente de mutaciones y transparencias. Constata que «ha ocurrido algo trascendental: el silencio,/ en apariencia el mismo, ha cambiado/ de postura». Ya no basta contemplar lo que aparece: hay que atender a lo que se modifica de manera casi imperceptible.

“El pétalo”, punto de máxima condensación, contrae el foco desde el horizonte marino hacia lo diminuto y lo efímero: la hoja, el mirlo, el gorrión. Su serenidad plena llega en el jardín de Trieste: «Hay un jardín./ En el jardín hay un hombre./ Ahora ya está todo». Tras observar y leer el mundo, basta permanecer ante él.

«Una paciente religión»

La lluvia es la principal fuerza cohesiva del poemario: cauce de revelación que borra la frontera entre la conciencia contemplativa y la naturaleza que la rodea. En el poema “Lluvia”, «la lluvia, al fin, lo alcanza todo,/ puede llegar incluso más allá de su nombre».

Con aparente sencillez se formula un alcance fenomenológico profundo: «(Un gorrión pensando/ la lluvia va más allá de gorrión y de lluvia)». Lo próximo y lo infinito dejan de ser contradictorios. De ahí la metáfora audaz: «el caso es que ahora llueve;/ es como una paciente religión», fe laica y silenciosa, disciplina de la espera que alivia la nostalgia y ampara el recogimiento.

En “Oh, Dioses”, el mayor anhelo no es la gloria ni el cielo, sino «un poco de fervor a oscuras», tan vano y eterno como «el canto de la lluvia cuando,/ arrobado, ya casi me duermo». La lluvia articula así, poema tras poema, contemplación, tiempo, lenguaje y misterio: poesía.

«El Otro que soy»

La indagación sobre la identidad es el segundo eje del libro. El sujeto rechaza toda concepción monolítica o egocéntrica de la persona y dialoga con «el Otro»: «“¿Y el Otro?” Ahora me acompaña. Y me pregunto,/ ¿es el otro que no soy o el Otro que soy?». Esta sombra del yo no es amenaza ni ruptura alienante, sino aliado de la contemplación: «esa sombra del yo colabora/ en el mirar, en el pensar». Observar es el diálogo entre la conciencia presente y ese doble silencioso que atesora la memoria.

La soledad radical se hermana con la tradición de la melancolía europea, evocando a John Dowland. La meditación concluye con la voz elegíaca: «Estamos solos decía mi amigo;/ estamos esencialmente solos». La alteridad no elimina la soledad, pero la dignifica al convertirla en el espacio donde el diálogo con el amigo y con el propio doble se vuelve posible. En “Se nubla”, con sereno estoicismo, la naturaleza ofrece su lección: «(el rayo de luz está desnudo también/ y recuerda en algo un nacimiento)». La fragilidad es condición compartida.

«Escuchar el mirar»

La poética de Martínez-Conde elude cualquier tópico regionalista o costumbrista. Pese a sus orígenes galaicos y sus estancias en Canarias, Valladolid y Madrid, el paisaje no es decorado lírico, sino topografía de la conciencia: una arraigada sensibilidad atlántica, afín a la bruma, la luz tamizada y el horizonte marino.

Frente a la grandilocuencia, el autor contrapone una mística secular de la paciencia. Su repliegue sobre lo esencial no es evasión, sino posición estética y vital: la verdadera trascendencia no requiere aparatosas construcciones conceptuales, sino la humildad de «escuchar el mirar», una escucha que permite acercarse a lo real sin pretender dominarlo.

Martínez-Conde firma un libro de madurez que hace de la poesía el lugar idóneo para detener el tiempo y restituir al ser humano su escala exacta ante el universo. Es un libro recio en su brevedad: no busca deslumbrar sino dejar una huella lenta y duradera. En esa desnuda sobriedad reside su fuerza, como la de la lluvia «que vuela en libertad» y fluye sin estridencia.

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