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"Lección histórica de Pierre Menard" por Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
'Lección histórica de Pierre Menard' por Edvardo Zeind Palafox

Un viejo proverbio africano que Monsiváis vertió en uno de sus libros dice que no es la araña la que teje telas, sino las telas las que tejen las arañas. La haraganería metafórica, utilísima en la sensiblera y donjuanesca Latinoamérica, donde me pudro, me hizo pensar que la tela de araña es como la historia, frágil, y que nosotros somos la araña que Spinoza vio morir.

La espontaneidad, ya lo sé, está hecha de experiencias, que siempre son ambivalentes. La ambivalencia, dice Borges en su cuento "Pierre Menard, autor del Quijote", es una riqueza. Tengo para mí, entonces, que los libros de historia ambiguos son más ricos que los unívocos y que la agradable prosa de Plutarco es más verídica que la de Menéndez Pelayo. Plutarco comparó la vida de insignes varones que en rigor no podían ser comparados.

¿Qué técnicas usó Plutarco, me pregunto sin ser oído por los doctos historiantes, para tejer tan admirable araña? La respuesta la he encontrado en un cuento de Borges y no en los libros de Gibbon, y son el "anacronismo deliberado" y las "atribuciones erróneas".

Según entiende mi mente, que fue educada en la filosofía alemana y griega, el anacronismo es un desfasamiento, un movimiento, y la atribución un aderezar imágenes. Asimismo, conozco que el historiador que busca los movimientos de la arácnida humanidad es enfático, y preciso tejedor el que pretende captarlos en imágenes. Los libros de historia enfáticos parlan de los sentimientos que campearon en el pasado y los precisos de hombres, fechas y anécdotas. Yo creo que los libros enfáticos son mejores que los otros; expongo a continuación mis razones.

¿Qué busco cuando leo un libro de historia? Imaginar que soy una araña escrutada por Spinoza, por una divinidad. Ortega enseñaba que la gente enfática, la que se embelesa con el movimiento, es poco confiable. Perdón, señor Ortega, pero opino lo contrario. Más he aprendido de materias históricas gozando sonetos que fatigando "vista y memoria", como decía Moratín, en mamotretos sin substancia muy bien indexados.

Menéndez Pelayo ilumina, por ejemplo, con su minuciosidad kantiana cómo fue la vida de la escuela de Góngora, dilecto autor mío que aprendí a apreciar merced a la sapiencia helénica de Alfonso Reyes, escritor mexicano, pero Quevedo me lleva hasta las entrañas del culterano famoso cada vez que pronuncio el siguiente soneto suyo, que resume con maestría, como Lope a Kant, gran trozo de la obra de Américo Castro:

"Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla
y en la corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía,
aunque aquesto de escribas se te pega
por tener de sayón la rebeldía".

La historia de la época clásica es sosegada, calmosa, porque fue escrita por hombres pacientes, de sentir griego. ¿Quiere decir esto que Grecia es Grecia a causa de lo griego de sus historiadores y no por otras razones? Pierre Menard respondería que Plutarco, como Cervantes, "no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco "á la diable", llevado por inercias del lenguaje y de la invención".

Cide Hamete Benengeli y Menard no llevaban en los tuétanos la lengua de Cervantes, por lo que forzosamente crearon su obra, el "Quijote", sin "atribuciones erróneas" y sin el "anacronismo deliberado", virtudes que pueden alcanzarse atendiendo antes al sentimiento, al énfasis, que a las fechas y pinturas testigos de los avatares históricos.

Cide Hamete Benengeli y Pierre Menard, al registrar la cervantina frase "la verdad, cuya madre es la historia", realmente quisieron decir: "la verdad, cuya madre es la historia". El decir de Menard y de Cide es preciso, poco ambiguo, pobre, según el principio antes postulado, y el Cervantino es enfático, polivalente, rico, distingo que sólo notan los hermeneutas. La "historia" imaginada por Cervantes, el "Quijote", afirma Menard, no es "inevitable", sino contingente, lo cual significa que está hecha con el "anacronismo deliberado" y con "atribuciones erróneas" y que hace historia real, griega, viva y desobediente del mortuorio "ne quid nimis".

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