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Siglo de Oro, siglo de grandes almas

Siglo de Oro, siglo de grandes almas

Por Eduardo Zeind Palafox
miércoles 24 de diciembre de 2014, 11:59h

Anda el alma fisgoneando, cuando se siente distraída, las cosas de allá y los recuerdos de acá, y no encuentra sosiego; y atrevida, olvidándose de sus deberes, adopta ideas y nociones que cree la conducirán a buen puerto, a iglesia segura o a negocios que por fin la saquen de los rigores de la árida serenidad. La angustia es pasilarga y silenciosa, y no avisa de sus movimientos. Caemos en la cuenta de su poderosa presencia cautivos ya de sus apretamientos, que todo lo barren, desde las palabras selectas que para la plegaria usamos hasta las imágenes santas en que estibamos los groseros sentidos.

Ignoro si acertaré a decir, como nuestros místicos, algo de valía, o a lo menos coherente. ¿Qué es la coherencia en los avatares de lo interior? Es efímero intento de dar forma a lo informe, a eso que Dios nos dio, que se llama alma, o en términos modernos, científicos, fragmentarios, rotos, “personalidad”. Ésta siente pesares sabrosos cuando algún cuco gracioso o ángel le recuerda que poca cosa es en la vida.

El alma se engríe porque encuentra por doquier semejanzas entre ella y los objetos del mundo. Se cree recta cuando ve la vara de la justicia, ácida cuando percibe el agror del limón, salada ante el mar y profunda delante del pozo, pero yerra siempre en sus consideraciones y en su búsqueda de algo sólido a qué asirse, siendo lo único de tal cepa Jesucristo, al que desde hoy dedicaré mis letras. Y sepa el lector de estas mis líneas que enderezaré mis meditaciones a la Teología porque filosofías, ciencias y artes me han parecido insuficientes y porque antes me dan hastíos que alegrías.

¿Y no estamos, como Montaigne o como el bueno de Asís, en la vida para gozar y dar consuelo o para penar y dar ejemplo? Mediocre vida la que no ama o aborrece, la que anda siempre entre la cursilería, como la de las gentes de hoy, y la estupidez. La vida es un como paisaje endrino, crepuscular, que debe confundirnos el anochecer con el amanecer. Quien confundido anda cerca de Dios camina, pues busca roca firme.

Los letrados y Padres de la Iglesia saben y sabían que los viejos hebreos veían en el cielo una “cúpula consistente”, o en griego “steréoma”, que contenía sus almas. Baladí quehacer es cinglar dentro de tal “cúpula” y tormento perenne andar fuera de ella. Sin “firmamentum”, que dice la latina traducción, o “cúpula”, el alma se atreve a la “composición” y al “nexo” sin más miramientos que los otorgados por el menester. Es compuesto lo que aduna partes innecesarias y nexo lo que necesarias. El amor al prójimo es composición y el amor a Dios es nexo.

Mas el humano, que tiende a separar sentidos y objetos, a jactarse de libre y autónomo, o a pensar que hay cosas allende sus ojos, oídos y tacto, es inepto para entender que primero se compone, se recoge, y luego se da unidad a lo recolectado. Sutil esfuerzo será explicarlo, pero se intentará.

Imposible conocer a Dios si antes no conocemos a Jesucristo e imposible conocer a Jesucristo desconociendo qué es mundo, pan, vino, cosas todas visibles que comprueban lo invisible. Santa Teresa enseñó que la palabra de Dios muchas veces adoctrina mejor callando, silenciándose, que articulando su música. En las cosas invisibles, que dice San Pablo son eternas, pueden determinarse las causas de los fenómenos, de los dolores, de las glorias, de lo que necesitamos y de lo que debemos abominar; en las visibles, en cambio, sólo hay formas, o contenidos, que diría Santo Tomás.

¿Pero puede el alma sola, sin el andamio de la razón, hacer tan dificultosos y penetrativos discernimientos? Las “Moradas sextas”, de Santa Teresa, dan consejo para aliviar el alma cuando anda inquieta y atacada por lo visible, diciendo: “En fin, que ningún remedio hay en esta tempestad sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya, o una ocasión, que acaso sucedió, lo quita todo tan de presto, que parece no hubo nublado en aquel alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo”.

La “palabra” de Dios satura el vacío del “nihil sum” de que habla la “Vulgata”. ¿Cómo el alma, que llena el cuerpo, pensando a lo inocente, puede ser vacía? Es vacía cuando afana intuir, percibir, y no discurrir. El alma siempre padecerá inconformidad en lo singular, en lo extenso, pequeña casa donde nunca ella cabrá, pues crece y crece en acercándose al Cielo. El alma, que en los grandes santos y hombres, según Alfonso Reyes, es tan alta, bien puede pisar el lodo y tener la frente en las nubes sin remilgarse.

¿Y dónde hay esos hombres? En nuestro Siglo de Oro, en nuestra España. Reyes, en sus “Cuatro ingenios”, cuenta: “Escritores que se alarguen, con cierto morboso deleite, en la descripción de las aberraciones más bajas, y sean asimismo aficionados a disertar sobre las virtudes del Espíritu Santo, muchos los hubo entonces”. Morboso es el detalle, la descripción de una piel erizada con versos, superficie que siempre será amable para el espíritu, que se inocula en cuerpos maltratados, y hasta los prefiere debido a que informes, y hasta feos, no atraen almas como las dichas, perdidas, sino las que tienen fe. Y callo.


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