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Fundación Santillana presenta "La educación en la encrucijada", de Mariano Fernández Enguita

miércoles 17 de febrero de 2016, 08:50h
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La educación en la encrucijada
La educación en la encrucijada

Como afirma Mariano Fernández Enguita, en el prefacio de "La educación en la encrucijada", no ha sido su voluntad hacer un informe descriptivo más, ni proponer hoja de ruta alguna: lo que pretende con él es hacer una recapitulación sobre el pasado de la educación, un diagnóstico del presente y presentar una prospectiva del futuro que contribuyan a liberar el debate educativo de la estrechez de lo políticamente correcto y de las retóricas impuestas por intereses y hacerlo sin prejuicios, tabúes ni, algo tan de actualidad, como son las llamadas líneas rojas.

La escuela en un mundo globalizado postnacional.

En su primera parte analiza la escuela como una institución que cuenta con una larga trayectoria histórica y política, que siempre estuvo sometida a intereses y fue servidora de objetivos diversos, entre ellos ser instrumento para la construcción de los estados nación. Hoy es una institución que sobrevive en un mundo globalizado, con una economía desbocada que sortea ciclos expansivos o recesivos y una realidad política que el autor califica de “renqueante”, que pretende, con demasiada frecuencia, servirse de la educación para sus fines. En resumen, corresponde a la escuela en estos momentos de globalización fomentar una comunidad moral que sirva de base a una comunidad política global: es decir, una institución global y globalizadora que debe de abandonar sus servicios a favor de intereses particulares y diferencias locales.

La migración de la era Gutemberg al mundo digital.

El segundo cambio que apunta Fernández Enguita es el tránsito de la era Gutenberg al mundo digital; migración, por cierto, muy asociada a la globalización antes expuesta. Un cambio que la escuela afronta con no pocos temores sin ser consciente de que esta nueva era puede calificarse como la tercera revolución industrial, la “revolución informacional”, que ha modificado drásticamente las condiciones de acceso y permanencia en el empleo, es decir, a las cualificaciones que la escuela debe ofrecer y al surgimiento de un nuevo entorno comunicacional, el entorno Internet, que sustituye a la galaxia Gutemberg y que, entre otros efectos, elimina el monopolio que tenía la escuela sobre la transmisión de saberes: el aprendizaje se ha hecho ubicuo.

Una época transformacional: el futuro ya no es lo que era… para la escuela.

Siempre se han producido cambios, en todas las épocas y lugares, pero nunca de tal magnitud y rapidez como ahora, hasta el extremo que los cambios actuales sobrepasan la capacidad de adaptación y reacción de las instituciones educadoras clásicas: la familia y la escuela.

Toda institución, como es la educativa, tiende a ser conservadora y, por ello y sobre todo, a conservarse a sí misma. En una época transformacional e inestable, como la actual, las reacciones son múltiples: ya sea a través de reiterados y sucesivos cambios legislativos producidos en España y en el resto de países de la OCDE, excesivos a todas luces, cuya eficacia ilustra el autor con una frase referida al sistema educativo español que hace años “escolarizó mucho a pocos y (ahora) poco a muchos”.

En un entorno de cambio, en la tercera revolución industrial, en la sociedad digital y con una realidad que no es capaz de interpretarse ni cambiarse a través de leyes o reformas, la escuela, prácticamente la última institución que cuenta con asistentes que van a ella de manera obligatoria (algo que ya no ocurre ni en la política, ni en los ejércitos, ni en las iglesias), vive el drama de ser el fin de un santuario y sufrir la más importante crisis de su larga historia.

Fin del santuario y crisis de la institución.

En este momento se produce un cuestionamiento sobre la vigencia de los fines y medios asignados tradicionalmente a la escuela y su realidad. ¿Por qué hablamos de educación cuando queremos decir escolarización, es decir de la realidad de la escuela? Una metonimia que, según dice el autor revela y oculta, a la vez, el meollo de esta cuestión.

Los fines de la educación pueden ser los de siempre: bien los que intereses corporativos, políticos y nacionales pretendan de ella, o los que la escuela pueda ofrecer de acuerdo con las expectativas y demandas de sus usuarios. Una cosa es lo que los educadores creen que son las funciones de la educación, sobre todo educación para la ciudadanía y fines similares, y otra lo que piensan los educandos, más interesados por la formación para el trabajo que les facilite el acceso al empleo.

En estos momentos la crisis de la institución escolar se agudiza al comprobar que el incentivo de la escolarización, la promesa de un futuro mejor, en particular de un empleo mejor, se enfrenta con una nueva realidad en la que la educación ya no garantiza de manera automática el empleo, ni con ello la deseada movilidad social. La expansión de las oportunidades educativas ocurrida en España no se ha visto acompañada de una expansión en paralelo de las oportunidades de empleo. Precisamente, según apunta el autor, muchos de los empleos que representaban oportunidades de movilidad y de ascenso social, son los que están desapareciendo.

Los medios, siempre escasos y hoy cuestionados.

De una manera crítica, pero muy rigurosa, el autor analiza una de las más clásicas y reiteradas demandas educativas: el incremento constante de recursos que, en sus palabras, ha conducido a un bucle autosostenido: una expansión cuantitativa que no ha contado con mejoras cualitativas y que ha producido elevadas tasa de repetición, abandono y fracaso escolar, aparte de desapego y aburrimiento de los estudiantes y grises resultados académicos.

Un sistema educativo con una notable inversión, más aun teniendo en cuenta nuestra estructura demográfica de país envejecido, en el que llama la atención el relativo escaso interés que ha tenido la evaluación de resultados y, lo que es alarmante, las acusadas diferencias internas de inversión entre unas u otras comunidades autónomas. En resumen, un modelo ineficiente, ineficaz y con acusadas desigualdades territoriales.

La escuela, hoy en crisis como institución, casi la única que aún permanece con un público cautivo, se beneficia del papel creciente de la cualificación en una economía informacional, culpa al alumno, la familia o la sociedad de cualquier fracaso y sigue durmiendo en sus laureles, pero su público ya no participa necesariamente de este discurso. De hecho, cada vez lo hace menos, lo que crea un escenario de tensiones crecientes.

El alumnado, de la deferencia a la indiferencia.

Nadie nace alumno, y nadie puede pensar que la escolarización sea una condición natural ni la escuela una institución espontánea.

Aun cuando la escuela ha mejorado notablemente sus ofertas, en términos de calidad y cantidad, no suscita adhesión entusiasta del alumnado. Paradójicamente, cuando más deseada parece que debería ser la escuela, es cuando el desapego que hay ella es creciente. Sin embargo, hay vida, y mucha, fuera del aula que podría entrar en ella para favorecer el aprendizaje: tanto desarrollos tecnológicos como sociales.

El autor analiza en el texto cuestiones claves sobre el alumnado, tales como: las actitudes de los alumnos hacia la institución, sus niveles de satisfacción e insatisfacción, el aburrimiento y lo que califica como medicalización de los problemas de aprendizaje: cuando algo no funciona, se crea un trastorno o un síndrome: una práctica exculpatoria de responsabilidades que se derivan hacia el alumno “diagnosticado”, a la familia o hacia otros profesionales.

La pujanza del aprendizaje en el entorno digital.

Un entorno mediático, digital y reticular (social) que abre nuevas oportunidades y frece nuevas herramientas para el aprendizaje. Fernández-Enguita destaca en este sentido la constelación de formas de cooperación en general, y de aprendizaje cooperativo en particular, posibilitadas y estimuladas por el nuevo entorno informacional: la dimensión social y participativa del aprendizaje se refuerza en el entorno digital.

El desarrollo informacional y su impacto en el mundo educativo ha agudizado el contraste entre la experiencia intraescolar y la extraescolar del aprendizaje. Frente a una organización rígida en el espacio y en el tiempo llegan, con la digitalización, el aprendizaje ubicuo, la movilidad, el avance según la maduración real, el tiempo flexible y otras ventajas.

Se pregunta el autor si, frente al constructivismo hoy (formalmente) imperante en la educación, no conviene dejar paso al conectivismo del conocimiento en redes.

Firme o no, el profesorado es la columna vertebral.

La calidad de un sistema educativo no puede ser mayor que la de su profesorado, pero… hay mucho tópico al respecto y mucho debate subjetivo que no responde a la realidad y sirve a intereses ajenos a ella. El autor aborda los tópicos más reiterados en los debates educativos para explicar la bondad o no del sistema y de las escuelas: los salarios de los docentes, las ratios de alumnos por aula o los horarios. Con datos y evidencias demuestra que la situación de España en esos tres parámetros se encuentra ente las mejores de los países de la OCDE y ello a cambio de resultados… grises.

Así mismo se refiere al prestigio y reconocimiento de la profesión docente, otro indicador que evidencia una importante contradicción: mientras todos los estudios sociológicos coinciden en demostrar que la valoración social de los docentes españoles es muy alta entre sus conciudadanos, ellos, los docentes, insisten en quejarse del escaso aprecio y valoración social que tienen.

Es difícil que la docencia sea una profesión de élite: en primer lugar porque ya dejó de serlo y, en segundo lugar, porque sería difícil situar en una élite a más de tres cuartos de millón de personas. La sociedad no espera de una profesión lo que resulte de cuánto se le regalan los oídos, sino qué se les exige para acceder a ella, para progresar y para permanecer en ella.

Aspectos ineludibles de una reforma necesaria.

Hay que repensar y reestructurar la profesión docente, lo que no va a suceder por sí solo ni porque el propio profesorado cuestione y cambie la realidad en la que vive. Un cambio que pasa, en una primera fase, por la formación académica inicial que hoy es de bajo nivel.

La segunda fase es el acceso desde la etapa académica al ejercicio profesional, etapa en la que hay que reflexionar si ser funcionario público es la mejor condición para ser un buen docente en nuestro mundo, la importancia de la formación práctica –de verdad-, la tutoría en los años iniciales y, por supuesto, los procesos de evaluación y selección definitiva para pasar a una carrera docente posterior.

Pues bien, el igualitarismo se ha instalado en el sector, un sector que evalúa constantemente a los demás, alumnos e indirectamente a familias y sociedad, pero que se resiste a ser evaluado, en el que diferentes desempeños no tienen consecuencias profesionales y, en resumen, cualquier pretensión de reconocimiento profesional y de méritos es automáticamente descalificado.

Desigualdades persistentes y promesas incumplidas.

Los ideales de justicia social han estado siempre unidos a la educación. La igualdad es un concepto que cuenta con tanta antigüedad como escasa aplicación efectiva, por lo que no es extraño que persistan fracturas en la escolarización por razones de clase, género, territorio y, de diferente manera, etnia y discapacidad.

A grandes números, en la actualidad los beneficiarios de la educación formal, de la escolarización, son, ante todo, los hijos de la clase profesional-directiva y de las capas intermedias, entre las que un grupo importante es el profesorado. Hoy la institución escolar puede y debe ofrecer justicia escolar y asegurar a todos un mínimo de educación para desenvolverse como hombres y mujeres libres, poner los medios adicionales necesarios para aquellos que por su origen y condiciones de vida o por sus características individuales necesitan más recursos para llevar a los mismos objetivos.

Hay otras muchas políticas necesarias a las que habrá que responder desde cada sector, pero atribuirle todas a la escuela solo serviría para desviar la atención y abocarlas al fracaso; y, para la escuela, someterla a una tensión innecesaria y condenarla a decepcionar a la sociedad, defraudar a su público y frustrar a sus profesionales.

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, coordinador del Doctorado de Educación y del Grupo de Investigación GREASE, y catedrático visitante en el ISCTE, Lisboa. Actualmente dirige la investigación “La institución escolar en la era de la información” (IEEI) y coordina el Comité de Sociología de la Educación (CISE) de la Federación Española de Sociología.

Mantiene el blog Cuaderno de Campo. Con anterioridad, fue catedrático en la Universidad de Salamanca, donde dirigió el Departamento de Sociología y el Centro Cultural Hispano-Japonés, y creó el Grupo de Análisis Sociológicos y los portales Demos e Innova. Ha sido profesor o investigador invitado en Stanford, Wisconsin-Madison, Berkeley, London Institute of Education, London School of Economics, Lumière-Lyon II y Sophía (Tokio), conferenciante en decenas de universidades y consultor de ANEP, CICyT, CES, CIDE, ESF y otras instituciones. Creó y dirigió las revistas Política y Sociedad y Educación y Sociedad.

Es autor de una veintena de libros, entre ellos La cara oculta de la escuela, La profesión docente y la comunidad escolar, ¿Es pública la escuela pública?, Educar en tiempos inciertos y El fracaso y el abandono escolar en España (con Mena y Riviére), y más de doscientos cincuenta artículos en revistas académicas y profesionales y capítulos en obras colectivas.

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