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CUATRO NOVELAS GRIEGAS

(El origen del género)
05/05/2025@11:11:00

Disentir de don Marcelino Menéndez y Pelayo constituye mucho más que una temeridad, supone arroparse con el basto indumento de la jactancia, enlodarse en la indeseada hybris; con todo, permítasenos recaer en tamaño gesto de soberbia. En las páginas iniciales de su monumental (e ineludible, sin duda alguna) Orígenes de la novela (Emecé editores, Buenos Aires, cuatro tomos, 1945) afirma sin hesitar: "La novela, última degeneración de la epopeya, no existió, no podía existir en la edad clásica de las letras griegas.” Admite, a marcha forzada, algunos antecedentes de “la novela misma” en la brillante parodia que encierra Historia verdadera, de Luciano, de Samósata (siglo II d. C.) o en las alegorías que aquí y allá ilustran y matizan los diálogos platónicos (las cuales, a nuestro entender, operan como interpolaciones –memorables, en la mayoría de los casos- que difícilmente puedan calificarse como novelas, aun en agraz). Por cierto, el maestro santanderino no ignora la existencia de novelas griegas, pero las desestima en bloque: “novelas bizantinas que nadie lee y con cuyos títulos es inútil abrumar la memoria”, e incluso subraya que un libro como Dafnis y Cloe “puede salir mejorado en tercio y quinto de manos de sus traductores”. Pero, con ser una de las más relevantes, las reticencias de Menéndez y Pelayo respecto a la materia no son de él privativas.

"La inquietud de las flores", de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Mahalta Ediciones, Colección “Adivinos”. Prólogo de José María Muñoz Quirós. Ciudad Real, 2024; 104 páginas.
Tras La senda hacia lo diáfano (2018), El aire que rompe la niebla (2020) y En la línea que dibuja el instante (2021), poemarios ya de incontestable madurez creativa, la escritora, bióloga y profesora asturiana, si bien afincada en Madrid, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres, 1947) dio a conocer un delicioso volumen titulado Bienandanza, donde más de 200 composiciones breves -202, para ser exactos- quedaron reunidas bajo el criterio de un rasgo común: el de seguir, escrupulosamente, el esquema formal del haiku según la adaptación a nuestro idioma de esa forma milenaria de la poesía japonesa.