21/08/2023@11:11:00
En más de una ocasión y, dentro de nuestra vida cotidiana y anodina, nos hemos tenido que ver en ciertas situaciones límites. Llámese, por ejemplo, no poder más en un atracón de comida y seguir, a pesar de ello, comiendo. O tener que correr al límite, con el corazón desbocado saliéndose del pecho, para que no se nos escape el autobús y tener que esperar después más de diez minutos al siguiente. E, incluso, y este es el caso al que vamos, quedarnos encerrados, por un tiempo que a nosotros nos parece una eternidad, en un espacio más o menos infranqueable: un ascensor, nuestra propia vivienda, en un aula, en el hospital, en un garaje donde no encontramos el coche, en el rellano de la escalera, (sabiendo que, al menos, tres mirillas nos están observando), en el estudio de un “pódcast”, en un tren o, más allá, en un búnker. Que todo puede suceder.
Aprovechándose de los clementes dictados de la excelentísima señora ministra doña Irene Montero Gil y de su jefe, don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, un preso de Fontcalent se declaró transexual —aunque con los atributos todavía en su sitio y en excelente funcionamiento— para obtener el traslado a la sección femenina de la cárcel y, zas, dejó preñada a una compañera de penal. El caso es que el mozo ya avisaba como los pablorromero cuando salen de varas, porque también aseguró que era tan transexual como exigiese el reglamento pero, ojo, de orientación lesbiana. Comentario que debieron tomarse los funcionarios como una muestra de confianza, en cambio, ya digo, era toda una advertencia. Y ahora, ahí tenemos a la embarazada sin remiendo, mientras el muy lindo, aprovechando un permiso, se ha esfumado como los capitanes de Flandes en los romances antiguos, y eso que era búlgaro.
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El mejor Esparza regresa al ensayo histórico para recuperar y contarnos nuestra historia, que no es otra que la de aquellos que, antes de nosotros, construyeron este país.
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