Hace quinientos años una escuadra de cinco embarcaciones -todo apunta a que se trataba de cuatro naos y una carabela- iniciaba una esperanzada singladura desde el puerto de Sevilla. Una de ellas, la Victoria, acabaría, dándole la vuelta al mundo, por primera vez. Lo hizo contra todo pronóstico e incumpliendo las instrucciones de Carlos I, que había hecho posible que se llevara a cabo aquel viaje, al firmar en Valladolid, en marzo de 1518, las correspondientes capitulaciones para que dicha escuadra navegara por aguas de lo que entonces se llamaba el “hemisferio español”.