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Coincidiendo con el 80º aniversario del final de la Guerra Civil, Ediciones B publica "Los campos de concentración de Franco"

Una investigación revela la existencia de casi 300 campos de concentración franquistas, por los que pasaron entre 700.000 y 1.000.000 de españoles

jueves 14 de marzo de 2019, 20:29h
Los campos de concentración de Franco
Los campos de concentración de Franco
Carlos Hernández de Miguel retrata la vida y la muerte en los campos de concentración franquistas a través del testimonio de centenares de prisioneros. El autor retrata la vida y la muerte en los campos de concentración franquistas a través del testimonio de centenares de prisioneros Andalucía fue la región con más campos de concentración, seguida de la Comunidad Valenciana, las dos Castillas, Aragón, Extremadura y Madrid. La mayoría de los campos de concentración eran recintos al aire libre, pero también se usaron plazas de toros, campos de fútbol y edificios religiosos

« En los campos de concentración franquistas no hubo cámaras de gas, pero se practicó el exterminio y se explotó a los cautivos como trabajadores esclavos. En España no hubo un genocidio judío o gitano, pero sí hubo un verdadero holocausto ideológico, una solución final contra quienes pensaban de forma diferente». Esta es una de las conclusiones que aporta Carlos Hernández de Miguel en su nuevo libro: "Los campos de concentración de Franco" (Ediciones B). La obra consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera de ellas se detalla, a través de los documentos oficiales, el proceso de creación y consolidación del sistema concentracionario franquista. Un sistema que, además de los campos de concentración, contó también con centenares de batallones de trabajadores esclavos. Un sistema que nació poco después de la sublevación militar, pero que se prolongó durante buena parte de la dictadura. La otra parte del libro relata el hambre, las torturas, las enfermedades, la muerte… en definitiva, el drama humano que sufrieron esos cientos de miles de hombres y mujeres que pasaron días, meses o años entre las alambradas franquistas. « En los campos de concentración franquistas no hubo cámaras de gas, pero se practicó el exterminio y se explotó a los cautivos como trabajadores esclavos.

Después de tres años dedicados en exclusiva a investigar este capítulo olvidado de nuestra Historia, en los que ha visitado decenas de archivos, el autor ha logrado identificar 296 campos de concentración oficiales, abiertos en otras tantas ciudades y pueblos españoles. Algunos de ellos fueron, en realidad, grandes complejos concentracionarios formados por varios recintos.

Andalucía, con 52 campos de concentración, encabeza un “ránking del horror” en el que le siguen la Comunidad Valenciana con 41, Castilla la Mancha con 38, Castilla y León con 24, Aragón con 18, Extremadura con 17, Madrid con 16, Cataluña con 14, Asturias con 12, Galicia y Murcia con 11, Cantabria con 10, Euskadi con 9, Baleares con 7, Canarias con 5, Navarra con 4, La Rioja con 2 y Ceuta, junto a las antiguas.

Hoy son hoteles, templos, estadios o recintos de espectáculos

En base a la documentación analizada, el autor estima que pasaron por los campos de concentración franquistas entre 700.000 y un millón de españoles y españolas. El ejército sublevado y la posterior dictadura utilizaron todo tipo de recintos para habilitar estos lugares de exterminio, torturas y reclusión. Miles de espectadores asisten hoy en día a festejos taurinos, recintos deportivos, hoy reconstruidos, en los que se hacinó a infinidad de cautivos como el estadio del Viejo Chamartín en el que jugaba el Real Madrid; el campo del Puente de Vallecas también en la capital de España; los Campos de Sports de El Sardinero en Santander, o el Stadium Gal del Real Irún.

Destacar que el Hostal de San Marcos en León y el Palacio Ducal de Lerma, dos de los campos más letales del franquismo, son actualmente unos lujosos Paradores de Turismo. Asimismo, después de haber sido lugar de confinamiento y de ejecuciones, edificios religiosos como el convento de San Agustín en Igualada, el de los Carmelitas en Tarragona, el de las Claras en Murcia o el de San Pascual en Aranjuez vuelven a servir hoy al fin para el que originalmente fueron construidos.

Igualmente, muchos estudiantes abarrotan hoy el lugar que ocuparon los prisioneros en la Universidad de Deusto en Bilbao, en el colegio Miguel de Unamuno en Madrid o en el instituto Marqués de Manzanedo de Santoña.

Recintos de exterminio, trabajos forzados, castigo y “reeducación”

El 19 de julio de 1936, menos de 48 horas después del inicio del golpe de Estado contra la República, los militares sublevados abrieron las puertas del primer campo de concentración. El lugar elegido fue una vieja fortaleza de la ciudad de Zeluán, en el antiguo Protectorado español de Marruecos. Inmediatamente, Franco envió una orden al resto de los generales rebeldes instándoles a organizar «campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población». A partir de ese momento, centenares de recintos que respondían a esa denominación oficial serían inaugurados en Canarias, Baleares y en las zonas de la Península que conquistaban las tropas “nacionales”.

Tal y como ha documentado Hernández de Miguel, el sistema concentracionario franquista no fue homogéneo y estuvo marcado por la improvisación y la arbitrariedad de sus responsables. Aún así, los campos de concentración de Franco fueron básicamente lugares de selección en los que se investigaba y clasificaba a cada prisionero. También eran recintos de exterminio, castigo, sometimiento y “reeducación”.

Los documentos oficiales y la prensa del Movimiento describían gráficamente cuál era el fin último de este adoctrinamiento forzoso que se llevaba a cabo en los campos: «Ganarlos para la causa de la nueva España, para la fe en Dios, para el amor a la Patria, para la veneración por el Caudillo providencial que nos rige…». Diariamente eran obligados a cantar los himnos franquistas, realizar el saludo fascista, asistir a charlas “patrióticas” y participar en misas y otros actos religiosos.

Torturas y vejaciones a las mujeres

Respecto a las mujeres, Hernández explica que su destino fueron las cárceles, donde sufrieron las mismas penurias y fueron sometidas a idénticas torturas e incluso a más vejaciones que sus compañeros republicanos. Sin embargo, no hubo ni un solo campo de concentración oficial femenino. Aún así, el autor ha podido documentar casos excepcionales como el de Los Almendros en Alicante donde hubo prisioneras durante los primeros días. También hay constancia de la presencia de pequeños grupos de cautivas en Cabra (Córdoba), el convento de Santa Clara en Soria, Camposancos en La Guardia (Pontevedra), los Campos de Sport de El Sardinero en Santander y San Marcos en León.

Al finalizar la guerra, el campo de concentración de Arnao en Castropol (Asturias) congregó, bajo durísimas condiciones de vida, a mujeres cuyo único delito había sido ser madres, hermanas, hijas o esposas de hombres a los que se acusaba de haberse unido a la guerrilla antifranquista.

Los propios cautivos relatan la vida y la muerte en los campos

«Los datos son necesarios y las pruebas documentales resultan fundamentales, pero nada tiene verdadero sentido si no somos capaces de entender que detrás de cada cifra, de cada listado, de cada campo de concentración franquista hubo miles y miles de hombres, de mujeres, de familias…», asegura Hernández de Miguel. Por ello, el autor ha dedicado una parte importante del libro a dar voz a las víctimas. Ha hablado con algunos de los pocos supervivientes y ha recopilado centenares de testimonios que, en su día, dejaron por escrito los prisioneros.

Este es el segundo libro de Carlos Hernández de Miguel. Periodista desde hace 30 años, que desarrolló el grueso de su carrera profesional en Antena 3 TV, donde fue cronista parlamentario y corresponsal de guerra en zonas como Palestina, Kosovo, Afganistán e Irak. Trabajó después como asesor de comunicación política y empresarial y en revistas como La Clave o Viajar. En 2015 publicó Los últimos españoles de Mauthausen; una obra sobre los españoles deportados a los campos de concentración nazis que obtuvo un gran éxito de crítica y que ha vendido más de 20.000 ejemplares. En 2017, junto al ilustrador Ioannes Ensis, publicó el cómic Deportado 4443. Actualmente es colaborador de Eldiario.es.

"Los campos de concentración de Franco" cuenta ya con el aval de historiadores y de expertos. Ian Gibson ha dicho de este libro: «Una investigación tan heroica como necesaria (…) Me ha conmovido hasta las raíces». Por su parte, Paul Preston afirma: «Este tema tan crucial para la recuperación de la memoria histórica en España ha encontrado, en Carlos Hernández de Miguel, su cronista ideal. Nos ofrece una historia dolorosa pero necesaria, basada en una investigación exhaustiva y presentada en una prosa lúcida, del sufrimiento impuesto sobre miles de españoles y sus familias por Franco y sus seguidores». Finalmente, el juez Baltasar Garzón asegura: «Escalofriante relato. Una obra de obligada lectura que desnuda las mentiras del franquismo, documentada de forma espléndida y minuciosa".

Carlos Hernández de Miguel es periodista y escritor. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, inició su carrera profesional en Antena 3 Televisión como cronista parlamentario en el Congreso de los Diputados. Posteriormente ejerció de corresponsal de guerra en diversos conflictos internacionales: Kosovo, Palestina, Afganistán o Iraq. Ha sido, además, redactor jefe del semanario La Clave y asesor de comunicación política y empresarial. Obtuvo el premio Víctor de la Serna al mejor periodista de 2003, concedido por la Asociación de la Prensa de Madrid, y el Ortega y Gasset de periodismo otorgado a los enviados especiales a Iraq como mejor cobertura informativa de ese mismo año. En 2015 publicó su primer libro, Los últimos españoles de Mauthausen , y en 2017, junto a Ioannes Ensis, el cómic Deportado 4443 (ambos en Ediciones B). En la actualidad es colaborador de Eldiario.es.

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