El poemario está dedicado a “sus hijos, sus parejas, sus amigos y a los hijos de estos”, y a través de un libro mínimo en extensión y máximo en profundidad –apenas 66 páginas– nos pasea vertiginosamente por breves aforismos poéticos, meditaciones y chispazos de sabiduría nacidos de una vida dedicada al lenguaje, la interioridad y la escucha, haciéndonos reflexionar sobre la vida a través de los asombros del lenguaje.
La primera de seis secciones se titula “amour/amor” y nos golpea con los siguientes versos: “fuera de la ley, qué importa / si jamás estás / fuera de la ley del amor”. Primera enseñanza “pour la vie” / para la vida.
Pero el amor, para Laurent-Catrice, va más allá de un sentimiento romántico, es una exigencia ética de autenticidad:
¿Quién habla de pasión
y se niega a sufrir?
quien habla de razón
y huye como un loco
de toda confrontación
consigo mismo”.
La separación de los versos, ya cortos en sí, en breves estrofas, le abre espacio al lector para reflexionar sobre la respuesta, pero la poeta no nos deja escapar tan fácilmente y nos dispara con los destellos aforísticos de una experiencia vital que desea compartirnos: quien habla de pasión y se niega a sufrir es precisamente quien se refugia en la razón para evitar confrontarse consigo mismo. Amar exige, ante todo, el valor de no huir de uno mismo, parece decirnos Laurent-Catrice, para encadenar con otro aforema: “El otro secreto’ [que nos regala la poeta] / ‘es que el amor es un juego / que hay que ganar: / el juego de la libertad”, secreto, que como el que le entregó el mítico zorro al Principito, es una enseñanza de vida. El amor es un desafío existencial donde la entrega no exige la renuncia a uno mismo. Solo alguien que se ha confrontado a sí mismo es capaz de jugar este “juego de la libertad”; quien tiene miedo se vuelve posesivo; quien es valiente, ama en libertad.
Y así, a través de las otras cinco secciones del poemario: “visage” / “rostro”, “le mal” / el mal”, “la vie” / la vida”, “passage” / “pasaje” y “parole” / “palabra” los aforismos van hilvanando una filosofía de vida –en el 2020 la autora contaba 83 años de edad– que constituye el legado que desea dejar a sus seres queridos como indica en la dedicatoria. Una filosofía que no ofrece respuestas definitivas, sino invitaciones a mirar más allá de las apariencias, a interrogarnos, a reconocernos en el otro, a transitar y a asumir la responsabilidad de nuestra propia existencia.
En “rostro”, Laurent-Catrice nos invita a superar la imagen que construimos de nosotros mismos para descubrir nuestra realidad interior y, más allá de ella, aquello que nos vincula con los demás: “amen aquello que en ustedes ya no es ustedes mismos / entonces serán hermanos”. El rostro deja de ser una apariencia individual para convertirse en el lugar de encuentro con el otro. Pero ese reconocimiento exige desprenderse de las máscaras, aceptar nuestras contradicciones y atrevernos a mirar más allá del espejo.
En “el mal”, la poeta nos recuerda que “Transgredir / es ir hacia una parte de uno mismo / que pide vivir”. La transgresión deja de ser necesariamente una falta para convertirse en una búsqueda de autenticidad, un acto de afirmación de aquello que permanece reprimido. Sin embargo, la libertad no debe confundirse con la indiferencia ni con la renuncia a actuar: “No confundir / paciente / y pasivo”. En apenas tres versos, Laurent-Catrice distingue la paciencia, que exige conciencia y fortaleza, de la pasividad, que presupone abdicar de nuestra responsabilidad ante la vida.
Esta reflexión encuentra continuidad en “la vida”, donde la poeta nos invita a vivir desde la afirmación y no desde la negación: “No por / no contra. / En otro lugar. / Más alto”. No basta con oponerse; es necesario imaginar otros caminos, elevar la mirada, trascender aquello que nos limita. Y nos advierte: “No juzgar / el ayer / con el saber / de hoy”. La sabiduría adquirida con los años no debe convertirse en instrumento de condena del pasado, sino en una oportunidad para comprenderlo. Hay en estos versos una ética de la comprensión que nos recuerda que cada momento de nuestra existencia estuvo condicionado por lo que entonces sabíamos y por lo que todavía ignorábamos y reconoce la transformación, transmutación, o “pasaje” del ser humano en su recorrido por la vida –de lo que se ocupará en la próxima sección– y la imposibilidad de exigirle al pasado la conciencia del presente.
En “pasaje”, la identidad vuelve a ocupar el centro de la reflexión, pero ahora desde su dimensión relacional: “Cuando digo ‘yo’ / es de ti de quien hablo”. El yo no existe aislado; lleva dentro la presencia del otro, sus palabras, sus experiencias, sus huellas. La poeta añade una observación tan sencilla como inquietante: “se paga ‘en carne propia’ / el derecho de decir ‘tú’”. Nombrar al otro implica reconocerlo, acercarse a él, exponerse a la intimidad y a la responsabilidad que esta conlleva. Y esa apertura exige abandonar la imposición: “Forzarse / es ir contra uno mismo”, mientras que “Esforzarse / [es] ir hacia”. La diferencia es esencial: no se trata de violentar nuestra naturaleza, sino de orientar nuestras energías hacia aquello que nos permite crecer, ir hacia, transformarnos.
Finalmente, en “palabra”, Laurent-Catrice convierte la reflexión sobre la existencia en una poética de la creación. “No escucharse hablar / dejarse atravesar por la palabra”, nos dice, desplazando al escritor del centro de su propio discurso. Escribir no consiste en imponer una voz, sino en escuchar aquello que busca expresarse a través de ella. “El arte / es servirse de los propios errores / para alcanzar una belleza mayor”. La imperfección deja de ser un obstáculo para convertirse en materia creadora. Y la palabra adquiere una dimensión profundamente humana: “Solo las palabras definitivas matan”, mientras que otras pueden acercarse a la herida, apaciguarla y, a veces, curarla.
La poesía misma aparece como una presencia sanadora: “Poesía / el dedo posado / sobre la herida abierta. / Cura / sin pensarlo”. La imagen condensa una concepción del quehacer poético que trasciende la voluntad de explicar o embellecer el mundo. La poesía toca aquello que duele, no para borrar la herida, sino para ayudar a sanarla. “Escribir’ / [nos dice también] ‘es quizá simplemente / prestar oído / a lo que nace”. La creación exige escucha, paciencia, humildad ante el misterio de las palabras. Por eso aconseja no precipitarse sobre ellas, sino dejarlas venir, domesticarlas lentamente. El principito, ¿recuerdan? Y cuando nos invita a escuchar el canto de los pájaros sin olvidar cantar nosotros también, nos susurra que toda voz forma parte de un concierto mayor: escuchar y expresarse son actos complementarios, no excluyentes.
“Ver lo que está oculto / es hacerlo acontecer”, afirma finalmente, para concluir que “Escribir / es revelar lo Indecible”. Estos versos finales del libro nos entregan una de las claves de todo el poemario. Laurent-Catrice no escribe para transmitir certezas inmutables, sino para descubrir aquello que permanece invisible en nuestra experiencia cotidiana.
Pour la vie es un poemario para ser leído como un cuaderno de notas íntimas, donde cada página invita a una pausa, un respiro, un descentramiento de lo inmediato. Es un libro de cabecera que puede abrirse al azar, como se interroga un oráculo. Sus aforismos –que yo llamaría aforemas–, como en las obras de colectficción [1], abren el pensamiento en continua invitación al lector a continuar buscando y nos obligan a detenernos, a releer, a completar con nuestra propia experiencia aquello que la poeta apenas insinúa.
Y es precisamente ahí donde reside, a mi juicio, la fuerza de su legado. A sus 83 años al momento de la publicación del libro, Laurent-Catrice no pretende enseñarnos cómo debemos vivir, sino compartir lo que la vida le ha permitido comprender: que amar exige libertad, que conocerse implica reconocer al otro, que la paciencia no es resignación, que la verdadera transformación nace del esfuerzo y no de la imposición, y que la palabra puede herir, pero también sanar. Quizá sea esa la enseñanza más generosa de este poemario: la sabiduría no consiste en haber encontrado todas las respuestas, sino en conservar, hasta el final, la capacidad de escuchar, de seguir preguntándose, de amar y de maravillarse ante lo que todavía está por nacer.
*Las traducciones de los versos son de la autora de este artículo.
Nicole Laurent-Catrice (1937), poeta, narradora, ensayista y traductora francesa, ha desarrollado una extensa trayectoria literaria y cultural desde Bretaña, donde reside desde 1970. Su obra más reciente, “À peine un souffle” (La Part Commune, 2024), prolonga su exploración de la palabra poética como espacio de renovación espiritual y vital. En una entrevista publicada en 2026, la autora revela que, después de un período de escasa actividad creadora, ha comenzado a recuperar el impulso de escribir.
Priscilla Gac-Artigas, PhD. Escritora, académica y traductora puertorriqueña. Fulbright Scholar, es Profesora Emérita de Monmouth University (Nueva Jersey), Miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), Miembro Correspondiente de la Real Academia Española (RAE), y de la Academia Hispanoamericana de las Buenas Letras de Madrid. Es autora de: Colectficción: Sobrepasando los límites de la autoficción (Iberoamericana-Vervuert, 2022). Ha publicado un libro de memorias: Melina, conversaciones con el ser que serás.
NOTA
[1] La colectficción es un concepto literario que desarrollé para describir un proceso creativo en el que la voz narrativa o lírica individual trasciende la experiencia personal para incorporar memorias, historias y perspectivas colectivas, al tiempo que invita al lector a participar activamente en la construcción y recreación del sentido. A diferencia de las concepciones convencionales de la autoficción, centradas en la relación entre la vida del autor y su autorrepresentación ficcional, la colectficción pone el énfasis en la interacción entre autor, texto y lector. No implica necesariamente la escritura conjunta de un texto por varios autores, sino que concibe la creación literaria como un proceso abierto y participativo, en el que el sentido continúa evolucionando a través de sucesivas lecturas e interpretaciones. Para la formulación original del concepto, véase Priscilla Gac-Artigas, “De la autoficción a la ficción colectiva: Y todos éramos actores: un siglo de luz y sombra de Gustavo Gac-Artigas”, Impossibilia. Revista Internacional de Estudios Literarios, núm. 14 (2017), pp. 51–72; y Colectficción: Sobrepasando los límites de la autoficción (Iberoamericana-Vervuert, 2022). Para su aplicación a la poesía, véase “Colectficción: trascendiendo las fronteras del yo en la creación poética”. HYBRIDO, vol. 26, núm. 19, pp. 41–47.
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