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Nuestro poema de cada día
Foto de Benito Párez Galdós acompañado de su perro Tafira. Está tomada en 1894, en la fnca familiar de “Los Lirios”, situada en el Monte Lentiscal, en la isla de Gran Canaria. El escritor, de 51 años de edad, viste ropa de campo, tocado con una boina tradicional, sosteniendo un bastón y fumando un puro.
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Foto de Benito Párez Galdós acompañado de su perro Tafira. Está tomada en 1894, en la fnca familiar de “Los Lirios”, situada en el Monte Lentiscal, en la isla de Gran Canaria. El escritor, de 51 años de edad, viste ropa de campo, tocado con una boina tradicional, sosteniendo un bastón y fumando un puro.

La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. VII

sábado 31 de octubre de 2026, 08:07h

Con la publicación de El caballero encantado (1909), Pérez Galdós abandona el realismo estricto de las primeras décadas de su producción para adentrarse en el “realismo mágico”, en el que los elemento fantásticos y las figuras alegóricas están envueltos en un halo de lirismo. El fragmento que reproducimos seguidamente está protagonizado por Gil, identidad mágica que adopta don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, “marqués de Mudarra, conde de Zorita de los Canes», un aristócrata ocioso que explota a sus peones, convertido en un humilde jornalero de los campos de Castilla por intervención del personaje alegórico “La Madre”, que representa a España. El novelista introduce a veces pasajes de idealización de la naturaleza y del paisaje castellano; sin embargo, por lo general se centra en su cruda aridez y no tanto en embellecerlo, pues se vale de ella para denunciar el caciquismo, el abandono agrario y la miseria de la España rural. La escena de labranza que transcribimos a continuación sirve para reivindicar el duro trabajo agrícola.

[“Escena de labranza”]

 

Andaban ya de soslayo por la tierra los rayos del sol espantando la neblina, cuando Gil llegaba con su yunta al campo llamado de Algares, extenso barbecho que ya en tiempo oportuno había sido alzado, y en Mayo recibía la segunda labor, a la que dicen binar. Iba con él el amo, de quien se hablará luego. Quería ver cómo acometía el mozo faena tan larga y dura, y calcular por el aire que llevara si podría terminarla en dos mañanas cumplidas. Ya en el punto del primer surco, marcado por la labor de alzar, metió Gil la reja, azuzó la yunta con un sóo cariñoso, y empuñada la esteva con vigorosa mano, empezó a trazar el surco, llevándolo tan derecho, que por regla sobre un papel no se trazara mejor. “Vas bien, Gil —le dijo el amo viéndole llegar de la primera vuelta—. Haz por labrar hoy hasta la olmeda, y lo demás quedará para mañana. Yo me voy a ver cómo está lo de Tordehita, que quedó encharcado con las aguas del sábado, y luego me subo al Toral para decirle a Ginio que esta tarde me lleve las ovejas a Nafría, donde a la cuenta que tenemos mejor pasto. Adiós, y no te tumbes cuando yo me vaya”. Diciéndolo se fue y su figura escueta se perdió en la planicie solitaria, a trechos verde, a trechos amarilla.

Quedó Gil solo arando, sin más compañía que la del sol, que a la ida le caldeaba las espaldas, y a la vuelta le bailaba delante de los ojos. Con toda su voluntad puesta en el puño y éste en la esteva, regía con inflexible derechura la labor. Trazados seis surcos, descansó para su almuerzo, que fue breve y frugal.

Junto al arranque del primer surco tenía su chaqueta, el barrilillo de agua, el saco de su comida, y otro con el pienso de las vacas; custodiaba estos avíos un perro de la casa llamado Moro, que no se movía de su guardia. Perro y gañán frente a frente, en amor y compaña, comieron de un trozo de pan con torreznos que les había puesto en el morral la señá Usebia. A entrambos les supo a gloria por lo avanzado de la mañana, y después volvió el uno a coger la esteva, y el otro quedó guardando la chaqueta y costales. Toda la mañana transcurrió en esta guisa, el can dormitando, el mozo haciendo rayas con el arado, labor harto penosa, la más primitiva y elemental que realiza el hombre sobre la tierra, obra que por su antigüedad, y por ser como maestra y norma de los demás esfuerzos humanos, tiene algo de religiosa”.

 

Benito Pérez Galdós: El caballero encantado. (VI. Donde verdaderamente empiezan las verdaderas e inverosímiles andanzas del caballero encantado). Madrid. Ediciones Akal, 2006.
Colección Nuestros clásicos. Julio Rodríguez-Puértolas, editor literario. 

Copia digital de la edición de 1909 (Madrid, Perlado, Páez y Compañía):

https://www.gutenberg.org/files/67126/67126-h/67126-h.htm

 

Apoyo léxico. De soslayo. (Locución adverbial). Oblicuamente. Alzar el barbecho. Arar la tierra por última vez para dejarla completamente preparada justo antes de proceder a la siembra. Recibir el campo la segunda labor (binar). Estar listo para un segundo volteo, arado o refinamiento de la tierra. Aire. Brío en el modo de hacer algo. Reja. Instrumento de hierro que es parte del arado y sirve para romper y revolver la tierra. So(ó). Interjección que se usa para que se detengan las caballerías y otros animale de tiro. Esteva. Pieza corta y trasera del arado, sobre la cual lleva la mano quien para dirigir la reja y apretarla contra la tierra. A la cuenta. (Locución adverbial). Al parecer. Frugal. Comedido, moderado. Avíos. Entre gente del campo, provisión que se lleva al hato para alimentarse el tiempo en que se tarda en volver a la vivienda. Gañán. Moro de labranza. En amor y compañía. (Locución adverbial). En amistad y buena compañía. Señá. Señora. Saber a gloria. (Locución verbal). En referencia a una comida o bebida, resultar extremadamente deliciosa, sabrosa o placentera. En esta guisa. (Locución adverbial. De esta manera. Harto. Muy.

 

COMENTARIO

Con El caballero encantado, Pérez Galdós deja atrás  definitivamente los viejos esquemas tradicionales del antiguo realismo y se adentra en los ámbitos de la modernidad, anticipándose, en cierta medida, a Valle-Inclán -por su componente de deformación de la realidad- y al realismo mágico, tan cultivado por los novelistas hispanoamericanos en la segunda mitad del siglo XX. Si bien los elementos descriptivos del texto han exigido el empleo del pretérito imperfecto de indicativo, el narrador omnisciente- ha relatado la secuencia de los hechos -el trazado de surcos sobre una tierra labrantía en barbecho- empleando la tercera persona del pretérito perfecto simple con diferentes sujetos; por un lado Gil: metió [la reja], azuzó [la yunta], empezó a trazar [el surco], descansó [para su almuerzo], volvió a coger [la esteva]; por otro, el amo, tras darle instrucciones a Gil de lo que tiene que hacer: se fue, y [su figura] se perdió [en la planicie solitaria]; también el perro Moro: quedó [guardando la chaqueta y costales]”; y, finalmente, Gil con su perro Moro: comieron (de un trozo de pan con torreznos), (les) supo (a gloria) Este uso del pretérito perfecto simple se justifica por su valor perfectivo y absoluto, que lo desliga de toda relación con el momento en que se habla, sugiriendo una amplia lejanía temporal.

Por lo demás, Pérez Galdós ha empleado un sistema léxico referido a faenas agrícolas que ha canalizado en un vocabulario preciso y apropiado (yunta, binar, surco, reja, esteva, labrar, arar, labor…). Incluso recurre a la función metalingüística de la lengua para definir el término “binar” (arar por segunda vez antes de sembrar una tierra de labor para eliminar la mala hierba). Y en cuanto a la adjetivación, resulta indispensable para proporcionar al texto un ritmo sostenido: adjetivos unas veces antepuestos (“vigorosa mano”, “inflexible derechura”).  otras pospuestos (“tiempo oportuno”, “figura escueta”, “labor harto penosa”, “esfuerzos humanos”), y también en construcciones bimembres (“faena tan larga y dura”, “planicie a trechos verde, a trechos amarilla”, “almuerzo breve y frugal”, “labor la más primitiva y elemental”); unos adjetivos que aportan valores claramente denotativos. El texto incluye, asimismo, diferentes locuciones propias del habla más informal que en modo alguno rebajan la calidad de la expresión (“en amor y compañía”, “saber a gloria”; algunas ya no tan usuales: “de soslayo”, “a la cuenta”, “en esta guisa”). Y especialmente significativo resulta el papel del sol, acompañando a Gil, de espaldas o de frente, según iba (le “caldeaba las espaldas”) y volvía (“le bailaba delante de los ojos”) trazando los surcos, y ahora los verbos están en pretérito imperfecto de indicativo: “caldeaba”, “bailaba”.

El ritmo del texto queda marcado, además, por las construcciones sintácticas, en las que resultan frecuentes las enumeraciones, tan habituales en Pérez Galdos:

 

“(Gil) metió la reja (a), azuzó la yunta (b), […] empezó a trazar el surco (c)”.

“(Gil) tenía su chaqueta (a), el barrililo del agua (b), el saco de su comida (c), y otro con el pienso de las vacas (d)”.

 

De manera alternativa, la atención se focaliza en cada uno de los dos personajes (Gil [a] y Moro [b]), y a ello contribuye la disposición sintáctica adoptada: 

 

“el uno (Gil) a coger la esteva [a], el otro (Moro) quedó guardando la chaqueta y costales [b]”.

“el can dormitando [b]”, el mozo haciendo rayas con el arado [a]”

 

Reseñemos, finalmente, la complejidad sintáctica de una comparación a la hora de ponderar la rectitud de los surcos abiertos en la tierra por Gil: “llevándolo (el surco) tan derecho que por regla sobre un papel no se trazara mejor”.

La positiva valoración que le merece a Pérez Galdós el trabajo de abrir en la tierra surcos con el arado -un trabajo tan ancestral como penoso y, a la vez, tan dignificador de la condición humana en cuanto a capacidad de esfuerzo y sacrificio se refiere- hace que le atribuya connotaciones religiosas. Aunque no conviene olvidar que la metamorfosis que sufre Gil no es sino el pretexto que usa Pérez Galdós para hacer una sátira político-social y un retrato crítico de la miseria del campesinado español y del caciquismo, a la par que busca la regeneración moral del protagonista como ejemplo para la de todo el país.

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Véase, en este otro fragmento (que corresponde al capítulo X (“De la blanda vida pastoril, pasa el caballero a vida más dura”) la descripción, de gran plasticidad, del arduo trabajo en la explotación de una cantera de roca caliza próxima a la villa de Ágreda (Soria), en la que va a trabajar Gil -en otra de sus etapas villanescas, tras sufrir su encantamiento-, experimentando en carne propia la épica y el sufrimiento del extenuante trabajo físico de las clases desfavorecidas. En cualquier caso, Pérez Galdós dignifica con tintes épicos el trabajo manual, y describe a los canteros que trabajan al sol como “gigantes”, “con torsos y brazos de atletas formidables”. (Quizá convendría recordar aquí que el primer amo que tuvo Gil en su metamorfosis, José Caminero, fallece exhausto sobre el arado debido a la brutalidad de la explotación del terruño).

 

[El trabajo en la cantera de Ágreda]

 

A corta distancia de la villa, y casi tocando al trazado del camino real, estaba la cantera, llaga enorme abierta en el costado de una dura montaña, dejando ver la tierra como sangre y las piedras como desmenuzados huesos. Desde lejos se veía la inmensa herida, y el espectador se condolía del desdichado monte, imaginándolo víctima de una bárbara labor quirúrgica, levantada en gran parte su hermosísima piel verde, deshecha por el hierro su carne, y todo en pedazos mil, y todo cayendo y rodando en piltrafas sanguinolentas como los despojos de un anfiteatro... Pero cuando el espectador se acercaba, ya no sentía lástima del monte, sino de los que en él trabajaban, bajo un sol ardiente, gateando en el áspero declive. Los unos taladraban la peña con poderosas barras, los otros recogían los pedazos dispersos por la explosión, despeñándolos por la pendiente, hasta que los peones los partían y cargaban las carretas. Era un trabajo de gigantes: algunos, desnudos de medio cuerpo arriba, mostraban admirables torsos y brazos de atletas formidables; otros, agobiados de fatiga, se doblaban por la cintura, contenían el gemido para poner toda su alma en el esfuerzo, sacado a tirones angustiosos de las más hondas flaquezas.

 

Bibliografía.

Assunta Polizzi: “Elementos noventayochistas en ‘El caballero encantado de Galdós”.

https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_2_044.pdf

 

Paciencia Ontañón de Lope Blanch: “Los males de España en “El caballero encantado’ de Galdós”.

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=31575

 

 

Benito Pérez Galdós: El caballero encantado. Madrid,
Ediciones Akal, 2006. Colección Nuestros clásicos.
Julio Rodríguez-Puértolas, editor literario.

 

Pueden resultar de interés comparar este tipo de prosa galdosiana y su intencionalidad última -la de El caballero encantado- con las empleadas por Armando Palacio Valdés y por Ricardo León. En primer lugar, reproducimos un texto de Palacio Valdés, tomado de El idilio de un enfermo. No hay duda de que estamos ante dos visiones radicalmente opuestas de la naturaleza española a finales del siglo XIX y principios del XX: para Pérez Galdós, el mundo agrícola es un espejo alegórico y descarnado del dolor social y la decadencia nacional; en cambio, para Palacio Valdés el campo -y en general la naturaleza asturiana- actúa como “locus amoenus”, algo así como un bálsamo terapéutico lleno de vitalidad  

 

[“Crepúsculo vespertino en el campo”]

 

Era la hora del crepúsculo, tan suave y melancólico en el campo. Las montañas que cerraban el valle perdían su relieve, ofreciéndose a la vista como informes y monstruosos bultos. El pedazo de cielo que dejaban ver reflejaba débilmente la luz mortecina del sol, puesto ya hacía bastante tiempo, y rompiendo a duras penas esa cárdena luz, comenzaban a brillar algunos tímidos luceros. Extinguíanse los rumores que las faenas agrícolas despiertan en semejante hora. Ya no chirriaban los carros de regreso de las tierras; ya no se oían los gritos de los paisanos azuzando al ganado al meterlo en el establo; ya no sonaban las esquilas de las vacas, ni mugían alegremente los becerros al sentir de cerca a sus madres. Solo las notas prolongadas, tristes, del canto de una aldeana se dejaban oír suavemente, apagadas por la distancia.

El rumor creciente, avasallador, de los insectos se había apoderado de la atmósfera enardecida. El grito suave, límpido, aflautado, del sapo rompía una que otra vez la monotonía de este rumor confuso y mareante.

Armando Palacio Valdés: El idilio de un enfermo. Pola de Laviana (Asturias). Ayuntamiento de Pola de Laviana, 2004.

 

Apoyo léxico. Luz mortecina. Que está apagándose. Luz cárdena. De color amoratado. Azuzar. Incitar, estimular. Esquila. Cencerro pequeño, en forma de campana.

En este texto, Palacio Valdés describe el campo al anochecer. Y tras unas primeras líneas en la que la hora del crepúsculo se recoge por medio de distintas sensaciones visuales, el escritor desplaza su atención hacia los muchos ruidos que saturan el ambiente de sonoridad: escuchando unos -en especial de los insectos-; y echando en falta otros, como los "rumores" de las faenas agrícolas que ya han cesado, el "chirrido" de los carros que ya han regresado...; y siempre haciendo gala de una adjetivación fuertemente expresiva, rica en valores connotativos.

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En este otro texto, Ricardo León describe las muchas sensaciones que puede despertar el campo en quienes saben gozar de él. Por su estructura sintáctica -y por su puntuación- es un texto que pide una lectura pausada, que permita poner de relieve las emociones que su contenido suscitan.

Y de nuevo estamos anten dos visiones antagónicas en la forma de tratar el campo y el entorno rural: para el autor de El caballero encantado, el campo castellano se erige como la expresión de la injusticia social y de la miseria; Pérez Galdós, desde posiociones regeneracionistas, denunci el caciquismo, la concentración de la tierra y las duras condiciones de vida de los jornaleros. En cambio, para Ricardo León el entorno rural funciona como ámbito para la redención espiritual frente a la corrupción moral de la modernidad urbana.

 

[“El campo castellano”]

¡Si tú supieras lo que yo gozo en el campo!... El aire está poblado de sonidos, de aromas, de sutiles efluvios... Cuando me dan en el rostro el vientecillo de las mieses, la brisa del huerto, los soplos de la llanura, me parece que no estoy ciego, que todo el paisaje me entra por los ojos, lleno de luz y de color… Oigo el manso respirar de las hojas y las aguas; el silbar de los tordos y el balar de las ovejas; el bramido del becerro y la tonada del zagal; la voz de la fuente en la florida breña; los hachazos del leñador; el canto de las alondras al despuntar la mañana; esos ruidos misteriosos del bosque y la ribera..., el concierto de las cosas en el ancho templo del mundo.

¡Que si encuentro placeres en el campo¡ ¿Dónde hallaría yo, Juana, goces tan subidos? Ya conoces el amor que profeso a esa tierra de Castilla, tan noble, tan señora...

Todo en ella tiene para mí sabores y deleites inefables... El oreo de sus brisas es tan blando como la caricia de un niño; el agua de sus manantiales trasciende a rosas; el pan de sus trigos sabe a flor de harina; los frutos de sus huertos destilan mieles...

¡Cuántos regalos para el sentido! Me embriaga el vaho de los surcos, el sano perfume de las eras, la fragancia de los hortales bañados de rocío; el tufillo de las aceñas, los establos y las majadas; el aroma de los henares y las mieses, el recio olor de los pinos montaraces, el fino relente de las noches... ¡Si hasta el silencio es música en estos campos! ¡Cuántas veces sentí en el pacífico silencio el manso volar de unas alas!

Ricardo León: El amor de los amores. Fragmento del capítulo segundo. Madrid, Biblioteca Nueva, 1956.

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Armando Palacios Valdés y Ricardo León
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