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Nuestro poema de cada día
Benito Pérez Galdós
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Benito Pérez Galdós

La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. III

La fuerza lírica de la introspección psicológica de los personajes
martes 27 de octubre de 2026, 12:11h

El lirismo galdosiano se intensifica cuando la narrativa se adentra en el terreno del subconsciente, los sueños y la locura. En Fortunata y Jacinta -y, por supuesto en sus novelas en general-, Benito Pérez Galdós recurre al estilo indirecto libre y, de esta manera, introduce los pensamientos y la voz interior de los personajes directamente en la narración, con lo que se borra la frontera entre el narrador y el personaje, permitiendo al lector sumergirse en su profunda psicología. Así ocurre, por ejemplo, en el fragmento en el que el novelista nos presenta a Manuel Moreno Isla, el perpetuo enamorado de Jacinta, a cuya muerte vamos a asistir; un fragmento en el que no faltan ciertos toques líricos (lenguaje metafórico, exclamaciones, interrogaciones retóricas, adecuación del ritmo narrativo al contenido, etc.).

Pérez Galdós, Benito: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas. Madrid, Editorial Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia, núms. 305 y 306
Pérez Galdós, Benito: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas. Madrid, Editorial Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia, núms. 305 y 306

[“Muerte de Manuel Moreno Isla”]

 

Al ir a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo, tropezó con una ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañada por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la cara llena de cicatrices de viruelas. Solo dos cosas bonitas había en ella: los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de punzadora nostalgia. «Esto sí que tiene carácter» pensaba Moreno oyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las cadencias graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del teatro. La letra era tan poética como la música.

Moreno había echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le pareció mucho, y sacó dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se fue.

Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su fealdad y su canto bonito, que creía estarla viendo y oyendo. La popular música revivió en su cerebro de tal modo, que la ilusión mejoraba la realidad. Y la jota esparcía por todo su ser tristeza infinita, pero que al propio tiempo era tristeza consoladora, bálsamo que se extendía suavemente untado por una mano celestial. «Debí darle la peseta» pensó, y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que recibía eran intensísimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvían lo más hondo de sus entrañas. Sintió como deseos de llorar... Aquella música vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de cuerdas armoniosas. Después alzó la cabeza y se dijo: «¿Pero estoy dormido o despierto? De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla! Si mañana tuviera tiempo, la buscaría para dársela».El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Después Moreno advirtió el profundísimo silencio que le envolvía, y la idea de la soledad sucedió en su mente a las impresiones musicales. Figurábase que no existía nadie a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid desierto. Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijéramos las ideas inquilinas, palomas que regresaban al palomar después de pasearse un poco por los aires. «Ella se lo pierde... –se dijo con cierta convicción enfática–. Y en el desdén se lleva la penitencia, porque no tendrá nunca el consuelo que desea... Yo me consolaré con mi soledad, que es el mejor de los amigos. ¿Y quién me asegura que el año que viene, cuando vuelva, no la encontraré en otra disposición? Vamos a ver... ¿por qué no había de ser así? Se habrá convencido de que amar a un marido como el que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Señor que está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima, aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera. ¡Oh!, sí, el año que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá. Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico, que dejaré tamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Y entonces gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir un asilo benéfico. ¿Para qué dijo Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es lo que hace más falta... y me llamarán la Providencia de los desgraciados, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos, muchos hijos, y seré el más feliz de los hombres... Le compraré al Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y...».

Se levantó, y después de dar dos o tres paseos, volvió a sentarse junto a la mesa donde estaba la luz, porque había sentido una opresión molestísima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con fuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica. «¡Qué mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voy a dormir muy bien... Ya va pasando la opresión. Pues sí, en Abril vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que...». Tuvo que ponerse rígido, porque desde el centro del cuerpo le subía por el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración. Alargó el brazo como quien acompaña del gesto un vocablo; pero el vocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo salir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta y subir, subir siempre. Dejó de ver la luz. Puso ambas manos sobre el borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoyó la frente en ellas exhalando un sordo gemido. Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquella actitud de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre.

La vida cesó en él, a consecuencia del estallido y desbordamiento vascular, produciéndole conmoción instantánea, tan pronto iniciada como extinguida. Se desprendió de la humanidad, cayó del gran árbol la hoja completamente seca, sólo sostenida por fibra imperceptible. El árbol no sintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismo instante hojas y más hojas inútiles; pero la mañana próxima había de alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos.

Ya de día, Guillermina se acercó a la puerta y aplicó su oído. No sentía ningún rumor. No había luz. «Duerme como un bendito... Buen disparate haría si le despertara». Y se alejó de puntillas.

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. (Dos historias de casadas). Tomo II, cuarta parte, II (Insomnio), VI. Madrid, Editorial Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia, núms. 305 y 306.

 

Cf. Sobejano, Gonzalo: “Muerte del solitario” (Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta, 4.a, II, 6).

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/muerte-del-solitario-benito-prez-galds-fortunata-y-jacinta-4-ii-6-0/html/

[Ensayo publicado inicialmente en El comentario de textos, 3. La novela realista. Madrid, Editorial Castalia, 1989 (1982), segunda edición, págs. 203-254. Colección Literatura y sociedad, núm. 21.

Referencias culturales.

1. Peseta. Moneda de curso legal en España –y en sus territorios de Ultramar– desde su aprobación el 19 de octubre de 1868 hasta el 28 de febrero de 2002, fecha en que España se incorpora al euro. Penique. Aunque la palabra designa una moneda empleada en el Reino Unido, equivalente a la centésima parte de una libra esterlina, en el contexto significa “moneda de escaso valor”; y de ahí que equivalga a “dos piezas del perro”. La perra gorda (10 céntimos de peseta) y la perra chica (cinco céntimos de peseta) recibieron coloquialmente este nombre en alusión al león que sostenía el escudo de España que figuraba en sus respectivos reversos, y al que mucha gente identificaba con un perro. Estas monedas de cobre tuvieron vigencia desde 1870 hasta el 29 de octubre de 1941, sustituidas entonces por monedas de 10 céntimos acuñadas en aluminio; y aun cuando cambiaron los anagramas, se mantuvo la denominación popular de “perra gorda”. 

2. Estupiñá. Del personaje Plácido Estupiñá, conversador empedernido –a lo Mesonero Romanos–, se vale Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta para enlazar la narración con constantes referencias a la Historia de España, lo que acentúa el carácter “·verídico” de la novela.

3. Abril. Pérez Galdós escribe abril con letra inicial mayúscula. En la actualidad, los nombres de los meses se escriben con minúscula inicial.

https://www.rae.es/consultas/mayuscula-o-minuscula-en-los-meses-los-dias-de-la-semana-y-las-estaciones-del-ano

4. Mi niña adorada bien vale una misa. Traslación de la célebre frase “París [mi niña adorada] bien vale una misa”, que se emplea cuando se quiere indicar que no importa realizar algo que no se quiere o que va en contra de las propias ideas, si eso puede reportar un gran beneficio. La frase se atribuye a Enrique IV, que para ser rey de Francia tuvo que abjurar de sus creencias religiosas –era seguidor de Calvino– y abrazar con entusiasmo la fe católica (“Paris vaut bien une messe”).

 

5. Guillermina. En el capítulo VII de la primera parte de Fortunata y Jacinta aparece –como personaje secundario– Guillermina Pacheco, dama acostumbrada a pedir para practicar la caridad (“Lo mismo le pido al Rey que al último de los obreros”). Y, en efecto, a Amadeo I y a su esposa María Victoria les pidió que le subvencionaran un asilo para niños. Es la tía de Moreno Isla, a la que este considera una “rata eclesiástica” –porque siempre anda intentando sacarle dinero para sus obras de piedad–, aun cuando reconoce que su corazón está hecho de “pasta celestial”.

 

Apoyo léxico. No poder menos. Ser necesario o preciso. Dejo. Modo particular de pronunciación y de inflexión de la voz que acusa un estado de ánimo transitorio o peculiar del hablante (en este caso, “triste”). Cadencia. Modulación de la voz. Echar mano de algo. Valerse de ello para un fin en este caso, del bolsillo para sacar una peseta). Al vivo. Con la mayor viveza, con suma expresión y eficacia. Al propio tiempo. Al mismo tiempo, simultáneamente. Bálsamo. Consuelo, alivio. Convicción. Convencimiento. En el desdén se lleva la penitencia. Variante del refrán “En el pecado lleva la penitencia”, con el que se advierte que cada cual pagará las consecuencias de sus actos. Vamos a ver. Frase que se usa para llamar la atención antes de hacer una pregunta. Dejar tamañito. Expresión galdosiana con el significado de “dejar pequeño o en ridículo”. Pasmar. Asombrar con extremo. Opresión. Molestia producida por algo que presiona y que, en este caso, provoca cierta dificultad para respirar. Pulsación. Cada uno de los latidos que produce la sangre en las arterias. Abrumadora. Agobiante. Estallido vascular. Dilatación anormal de vasos sanguíneos que causa su rotura. Conmoción. Estado de aturdimiento que, en este caso, provoca la pérdida de conocimiento y posterior muerte. Pimpollo. Árbol nuevo, Dormir como un bendito. Dormir “a pierna suelta” –sin preocupaciones, de forma tranquila–, porque no se tiene mala conciencia ni remordimientos.

 

COMENTARIO

Moreno Isla es un personaje acaudalado, anglófilo, enemigo de ciertas costumbres y tradiciones españolas que considera despreciables –la lacra nacional que peor sobrelleva es la de la mendicidad–; vive el mayor tiempo posible en una Inglaterra por él idealizada, y pasa más tiempo del deseado en España, porque se ha enamorado respetuosamente de Jacinta –considera que puede ser el perfecto esposo para ella– y espera que en algún momento será correspondido. Su enfermedad cardíaca terminará por llevarlo a la muerte y, con ella al desvanecimiento definitivo de todas sus esperanzas amorosas.

En la soledad de la casa, y en un tiempo nocturno indefinido, sin saber si está dormido o despierto, Moreno Isla rememora sucesos ya vividos, que se le representan con tal vehemencia que parece que están ocurriendo, hasta tales extremos que “la ilusión mejoraba la realidad”: el encuentro –camino de la Plaza Mayor para comprar “mantas granadinas” que regalar a sus amigos ingleses– con el viejo guitarrista y la muchacha que canta jotas, descrita en sus rasgos físicos con enorme fuerza plástica; los efectos emocionales y antagónicos que su voz provoca –“una tristeza consoladora”–, así como el remordimiento de conciencia por no haberle dado una peseta y solo “dos piezas del perro” –a las que inicialmente llama “peniques”, por influencia británica–; la incorporación de su propia voz, en forma de monólogo, coincidiendo con las campanadas del reloj de la Puerta del Sol, para confesar su    pasión por Jacinta y su esperanza de ser correspondido en su amor, fuente de su futura felicidad y acicate para su cambio de posición religiosa –“mi niña adorada bien vale una misa”–. Y estos recuerdos imaginativos cesan para afrontar “en di- recto” la muerte del protagonista por fallo cardíaco, contada por el narrador omnisciente, tras dejar de nuevo la palabra a Moreno Isla que, entre dolores torácicos que nada bueno presagian, manifiesta la fortaleza de esa esperanza puesta en un amor que él no considera imposible. En el breve párrafo final cambia el tiempo (“ya de día”), y Guillermina cree dormido a su sobrino, que realmente está muerto.

Como afirma Gonzalo Sobejano –en el trabajo citado–, “la actitud del protagonista en las escenas en que interviene como sujeto actuante, recorre esta escala: [...] embellecimiento de la realidad gracias al poder de la música que invade el alma del personaje como una tristeza infinita pero consoladora, mitigación de la soledad por una creciente emisión de proyectos amorosos que, tras el primer embate cardíaco, aún logran afirmar una seguridad; y, en esto, sobreviene la muerte, precedida de angustia y recibida con inmovilidad y silencio, en una «actitud de recogimiento y tristeza». Es la tristeza el estado de ánimo que preside las escenas. Pero esa tristeza [...] se va dejando ofuscar por la ilusión: la mísera realidad de la mendiga ciega queda embellecida por la música; el amor de Jacinta se dibuja como una posibilidad acariciada con creciente urgencia de consuelo. Al formular la más rotunda expresión de esperanza («tengo la seguridad de que...») es cuando la muerte deshace esa esperanza y el sueño infinito pone fin al insomne esperar”.

Arranca el texto con la descripción de una muchacha ciega que pide limosna cantando jotas. Los adjetivos resaltan su fealdad y miseria: “horriblemente fea” –con un adverbio que cumple función superlativa: una fealdad tan extremada que causa horror–, “andrajosa” –cubierta con prendas de vestir viejas, rotas y sucias–, “fétida” –hedionda: que despide un olor muy malo y penetrante–; su rostro, cuando canta con “los ojos cuajados y reventones –como paralizados por el asombro, y que parece que van a reventar– es el propio de una naturaleza muerta, y de ahí la eficaz comparación de tales ojos con los de un pez muerto; y está cubierto de cicatrices, con lo que todavía queda más deshumanizado. No obstante, hay en ella “dos cosas bonitas”: sus dientes blanquísimos –que pueden traducir una buena salud–, y su voz pujante, argentina –robusta, y clara y sonora–. Y su forma de interpretar jotas dejan el ánimo transido de una “punzadora [punzante] melancolía”, de una tristeza que se siente interiormente. Moreno Isla queda embelesado por “las cadencias graciosas”, por el “amoroso gorjeo”, en definitiva, por la gracia y maestría con que la muchacha interpretaba la feliz combinación de una letra y una música altamente poéticas. Los valores connotativos delos epítetos otorgan a la descripción de la muchacha una innegable fuerza dramática y, a la de la música que interpreta, una extremada intensidad emocional. Y este es el momento en que Moreno Isla siente el deseo repentino y caritativo de darle una peseta, aunque corrigiendo ese primer impulso con flema británica, terminará por entregarle no ya dos peniques, sino “dos piezas del perro”. Y ahora, en la más absoluta soledad, Moreno Isla rememora su “canto bonito” que, mejorando la realidad –“la popular música revivió en su cerebro de tal modo que la ilusión mejoraba la realidad”– inundaba toda su persona de una “tristeza infinita” y, a la vez, consoladora, convertida en un bálsamo “que se extendía suavemente untado por una mano celestial”. Y de nuevo la adjetivación y el carácter metafórico de algunos vocablos confieren al texto un alto clímax, a la par emotivo y estético. Y Moreno Isla siente el remordimiento indecible –que no se puede explicar– de no haberle dado la peseta; porque con la sensibilidad a flor de piel, “aquella música vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de cuerdas armoniosas”, hasta el extremo de que “sintió como deseos de llorar”, e incluso se llegó a preguntar si dormía o estaba despierto, y a afirmar: “De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla! Si mañana tuviera tiempo, la buscaría para dársela”.

En la segunda parte del texto, las impresiones musicales dan paso a la sensación de soledad que la insistencia en el uso del adjetivo “desierto” se encarga de subrayar: “Figurábase que no existía nadie a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid desierto”; y tan solo el reloj de la Puerta del Sol daba la hora, no precisada. Y surgen la ideas recurrentes que no se pueden apartar de la mente por mucho tiempo, “ideas inquilinas” comparadas en su reiteración –y en afortunada imagen– con las palomas que vuelven al palomar tras pasearse por los aires. Y ahora Moreno Isla inicia un soliloquio –hablando para sí mismo–, tratando de convencerse, mientras se refugia en una soledad consoladora, de que aunque Jacinta lo desdeñe, antes o después –el año que viene, cuando él regrese a España– cambiará de actitud, porque el mismísimo Dios la aconsejará que lo quiera a él, lo que equivale a albergar esperanzas; un soliloquio a base de preguntas retóricas que llevan implícitas respuestas afirmativas, presentes con valor de futuro –que actualizan al momento de la palabra aquello que está por suceder– o bien futuros de indicativo, exclamaciones enfáticas...: “¿Y quién me asegura que el año que viene, cuando vuelva, no la encontraré en otra disposición?” Vamos a ver... ¿por qué no había de ser así?” Se habrá convencido de que amar a un marido como el que tiene es contrario a la naturaleza”; “¡Oh!, sí, el año que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá. Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico, que dejaré tamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Y entonces gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir un asilo benéfico. ¿Para qué dijo Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es lo que hace más falta... Y me llamarán la Providencia de los desgraciados, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos, muchos hijos, y seré el más feliz de los hombres... Le compraré al Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y...”

La tercera parte del texto se compone de tres párrafos: en la primera se describen los síntomas de previos a un mortal fallo del corazón: “opresión molestísima [...] acompañada de un sentimiento de plenitud torácica”, aumento del ritmo cardíaco e irregularidad y desigualdad en las contracciones del corazón, arritmia que se presenta “con fuerza abruma-dora”... Moreno Isla se siente realmente mal –de hecho, la muerte le está acechando–, pero confía en que sus molestia serán pasajeras y que desaparecerán del todo durmiendo bien. Y continúa con su soliloquio, confiado en esperanzas futuras acerca de una plena relación sentimental con Jacinto: “¡Qué mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voy a dormir muy bien... Ya va pasando la opresión.

En el segundo de los párrafos, el narrador describe, con  contundente intensidad metafórica y certera adjetivación, cómo se produce la muerte: “Tuvo que ponerse rígido, [...], le subía por el pecho un bulto inmenso [...], inclinando la cabeza apoyó la frente en ambas manos exhalando un sordo gemido [...].   Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquella actitud de  recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre”. La muerte se le presenta metafóricamente como una ola que le arrastra, con devastadores efectos vitales –es ese “bulto inmenso” que le sube desde el centro del cuerpo y se expande por todo el pecho hasta cortarle la respiración–, y que da al traste con todas sus esperanzas para el futuro. El momento exacto de la muerte     –hasta que deja de verla luz y exhala un último suspiro– se expresa con una contundente crudeza descriptiva: “Alargó el brazo como quien acompaña del gesto un vocablo pero el vocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo salir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta y subir, subir siempre. Dejó de ver la luz ..] exhalando un sordo gemido”. Repárese en que el narrador ha empleado el pretérito perfecto simple, en tercera persona del singular, y con intencionalidad narrativa, par aquellos verbos que tienen como sujeto a Moreno Isla: “Tuvo que ponerse rígido”; “Alargó el brazo”; “Dejó de ver la luz”, “Puso ambas manos”, “Dejose estar”; tiempo este que ha combinado con el pretérito imperfecto de indicativo cuando prevalece el enfoque descriptivo y cambia el sujeto: “desde el centro del cuerpo le subía por el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración”; “La onda crecía...”; con todo ello se obtiene –por el contenido expresado– el clima de angustia necesario para representar la dureza de la muerte y sus estragos: “Y en aquella actitud de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre”; tristeza e infelicidad que “rematan” unos anhelos amorosos que definitivamente se han desvanecido, ahogados en la ola de la muerte.

Y en el tercero de los párrafos –de esta tercera parte del texto– se explica, con exactitud y sin circunloquios –lo que aporta dramatismo a la “escena”– cómo cesa la vida en Moreno Isla: “a consecuencia del estallido y desbordamiento vascular, produciéndole conmoción instantánea, tan pronto iniciada como extinguida”. Y a esta explicación médica sigue otra de tipo simbólico: “cayó del gran árbol [de la vida] la hoja completamente seca [Moreno Isla] ” –es decir, “se desprendió de la humanidad la vida de Moreno Isla–, sin que ello afectara en lo más mínimo al árbol, “que no sintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismo instante hojas y más hojas inútiles”; porque “la mañana próxima había de alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos”, que no es sino la manifestación del ciclo natural de la vida, que se va renovando –con esperanza– incesantemente.

Y todavía queda, para concluir el texto, un breve párrafo –a base de cortas oraciones yuxtapuestas– que evita un final     climático y, por tanto angustioso: con el nuevo día, “Guillermina se acercó a la puerta [de la habitación de su sobrino] y aplicó el oído”, y al constatar que no había el menor ruido, lo deja dormir “como un bendito”, ajena a que en su interior yace el cadáver de quien convirtió una noche de insomnio en el desesperado agarradero de ilusiones inalcanzables.

Y aunque no se prodiguen en exceso, hay varias metáforas a lo largo del texto que, por los contextos en que aparecen, tienen   –como hemos visto– un innegable valor estilístico; así: pez muerto, bálsamo, cuerdas armoniosas, ideas inquilinas/palomas, la ola/onda [de la muerte], la hoja [particular] que cae del árbol [de la vida]... [1]

 

NOTAS.

[1] Pérez Galdós recoge en sus textos muchas locuciones de carácter popular, o él mismo las acuña. Para conocerlas, puede recurrirse al artículo de Tomás Borrás titulado “El decir del pueblo, en Galdós”, publicado en la revista Villa de Madrid (Excmo. Ayuntamiento, año VII, núm. 29, cuarto trimestre de 1970, págs. 23-34).

Edición digital de la revista completa:

https://www.memoriademadrid.es/view/194370

 

Bibliografía.

Miguel García Posada: “Guía del Madrid galdosiano”.

https://gestiona3.madrid.org/bvirtual/BVCM001795.pdf

 

Gustavo Correa: “Pérez Galdós y su concepción del novelar”.

https://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/19/TH_19_001_103_0.pdf

 

Sotelo Vázquez: “Breves reflexiones sobre la actualidad de Benito Pérez Galdós”.

https://cuadernoshispanoamericanos.com/breves-reflexiones-sobre-la-actualidad-de-benito-perez-galdos/

 

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