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María Moliner
María Moliner (Foto: Archivo)

María Moliner y la ilusión de la “Escuela Cossío de Valencia”

martes 06 de octubre de 2020, 21:30h
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En la vida de María Moliner merece especial mención la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, y su prolongación: la Escuela Cossío de Valencia, creada en Octubre de 1930, hace ahora 90 años.

María Moliner: la luz de las palabras
María Moliner: la luz de las palabras

No podría entenderse en profundidad la personalidad de María Moliner sin esa conexión suya íntima, personal y espiritual, con los maestros de la Institución Libre de Enseñanza. Lo expresan muy bien María Moliner y sus dos hermanos: Enrique y Matilde, en la carta de pésame dirigida en 1915 a los profesores de la ILE tras la muerte de Don Francisco Giner de los Ríos, su fundador: “….El sentimiento que experimentamos es difícil de expresar pues sin ser igual al que se experimenta por la pérdida de un ser con el que nos unieran vínculos de parentesco, es sin embargo por lo menos, tan intenso como éste. Reciban el afecto de sus discípulos: Enrique Moliner, María Moliner, Matilde Moliner.”

A la primera persona que María Moliner escribe desde su primer destino en el Archivo de Simancas, en diciembre de 1922, es precisamente a Manuel Bartolomé Cossío, el sucesor de Francisco Giner de los Ríos: “ Mi querido señor Cossío: En que empiece de veras mi vida simanquina, le escribiré largo y tendido, contándole mis impresiones, pero como se va retrasando el escribirle en esa forma, quiero, por lo menos, dar señales de vida, y demostrarle que desde aquí, como desde todos los sitios, mis recuerdos más cariñosos son para la Institución y sus personas, y de una manera especialísima para usted que ha tenido siempre para mí palabras tan cariñosas que yo agradezco siempre como expresión de su afecto hacia mi…”

María Moliner llega a Valencia, desde el Archivo de Hacienda de Murcia, en Setiembre de 1930, y toma posesión del archivo del mismo nombre en Valencia. Va junto a su marido Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física, trasladado también desde Murcia a la ciudad del Turia.

En Valencia el matrimonio Ramón Moliner, empieza a relacionarse con una serie de parejas de sus mismas aspiraciones intelectuales, algunos de ellos antiguos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, lo mismo que María, compartiendo esos ideales de trabajo bien hecho independientemente de las compensaciones. Tienen todos ellos, hijos en edad escolar, y entonces surge esa idea luminosa de fundar en Valencia una escuela, a imagen y semejanza de la Institución Libre de Enseñanza que creara Francisco Giner de los Ríos, en Madrid. En aquellos momentos, el director de la ILE era don Manuel Bartolomé Cossío. A todos les pareció perfecto que esta nueva escuela llevara el nombre de “Escuela Cossío”. En especial a María Moliner, dada la conexión afectiva con su “querido señor Cossío”.

José Navarro Alcacer, director de la Escuela Cossío, en su autobiografía: “La escuela Cossío de Valencia, historia de una ilusión (1930-1939)” enumera así a los fundadores: “los domingos en los tibios pinares valencianos, nos reuníamos inicialmente los señores Marchante, los Miralles, de la Casta, de Percas. Poco después serían los Escrivá ─ella Angelina Carnicer, profesora de magisterio, los señores Ots, los señores de Ferrando ─ ella María Moliner, los señores de Salto y los señores de Puche, nuevo catedrático de fisiología, recién venido de Barcelona.”

Pues bien, los hijos de esos fundadores, todavía se acuerdan de aquellos gloriosos domingos, en los pinares de Burjassot jugando sin parar, mientras los padres se entregaban a interminables charlas. Entre todos llenábamos casi un vagón de tren, me decía Agustín Navarro Alvargonzalez, hijo del que fuera director de la Escuela Cossío, José Navarro Alcacer, en nuestra charla previa a la publicación de mi trabajo sobre María Moliner. Nieves La Casta y Angelina Escrivá Carnicer incluso me mostraron fotos de aquellas excursiones dominicales, y todos recordaban aquella gran terraza de los Ramón Moliner en su casa de la Avenida del Marqués del Turia en Valencia donde jugaban, mientras María Moliner, atenta siempre a todo, les preparaba la merienda: una onza de chocolate metida en pan…

Uno de los hijos de María, Fernando Ramón Moliner, resume esta época valenciana en pocas palabras pero con una indudable fuerza expresiva: Mi madre, en un momento determinado ve la luz, y se vuelca a todos los niveles. Efectivamentea todos los niveles” . Porque ella llega a Valencia como archivera, pero allí se transforma en bibliotecaria, y en cofundadora de la Escuela Cossío, en profesora, en organizadora y fundadora de bibliotecas, en autora de dos magníficos manuales para bibliotecas, en directora de la Biblioteca Universitaria de Valencia, y en directora de la Junta de adquisición e intercambio de libros. Ella, nacida en el 1900 ─en el año 0 como ella decía─ , es ya, a sus 33 años, madre de 4 hijos: Enrique y Fernando, nacidos en Murcia; Carmen y Pedro, en Valencia. Es decir que ha de alternar la maternidad con sus múltiples tareas intelectuales.

María Moliner es figura relevante en la Escuela Cossío de Valencia. Junto a su marido Fernando Ramón, formó parte del Consejo Directivo y fue la primera secretaria de la Asociación de Amigos de la Escuela Cossío. En la Escuela impartió asimismo clases. Así la recuerda Vicenta Cortés, una antigua alumna: “En la Escuela Cossío fue nuestra profesora de gramática y, por mi parte, confieso que sus clases eran siempre esperadas con interés, haciéndonos familiares los verbos, el buen decir, y la lectura como es natural. Gracias a ella nos paseábamos por nuestra pequeña biblioteca escolar, desde lo originario con los romances, hasta lo europeo con los cuentos de Nils Holgerssons….”, añade Vicenta: “Las huellas de la docencia de María Moliner, en tan temprana etapa de mi vida, si bien lo pienso, las encuentro en nuestro reiterado afán de trabajar y de trabajar bien, independientemente del éxito, de la primera fila y, sobre todo por la libertad de elección y metas”.

El director de la Escuela Cossío de Valencia, José Navarro Alcacer, además de humanista, era un brillante ingeniero industrial que estudió su carrera en Madrid, donde conoció a Manuel Bartolomé Cossío. Se sintió de inmediato cautivado por el maestro, le apreció la misma cualidad socrática de don Francisco Giner de los Ríos, a quien Unamuno calificó como el “Sócrates hispano”. “…Quisiéramos hacer en este centro, un apretado haz de nexos espirituales…el profesorado es una colaboración de universitarios y profesores especializados, trabajando ─ casi todos graciosamente ─ consagrándose a la labor anónima y franciscana de preparar las generaciones futuras”. Cosas así, escribe José Navarro Alcacer en su conmovedor libro: “La Escuela Cossío de Valencia: Historia de una ilusión (1930-1939)”. En la escuela Cossío se enseñaba a pensar y a sentir, como recalcaba Angelina Carnicer, pedagoga, gran amiga de María Moliner y co-fundadora también de la escuela. Se daba también una gran importancia a las excursiones, José Navarro Alcacer, nos recuerda en su libro lo que Francisco Giner de los Ríos decía sobre ellas: “Despiertan en el alma ideas a bandadas, como palomas en bosque frondoso, y enriquecen el amor de la Naturaleza y el Arte.”

“El hombre padece su incesable nacer”, dice la filósofa María Zambrano. Este ansia de un nacer perpetuo no dejó de experimentarlo María Moliner durante toda su vida, pero en Valencia, tal vez, fue donde, como bien apunta su hijo Fernando, tomó conciencia de esa posibilidad que tenía ella de materializar sus pretensiones mediante la plasmación de nuevos proyectos, como el ya mencionado de la Escuela Cossío. Pero también el de la creación de 115 bibliotecas en la provincia de Valencia, o la edición de su pequeño librito: “Carta a los bibliotecarios rurales” para incentivarles a que animaran a la gente a “asomarse al mundo por esas maravillosas ventanas de los libros”, o del exhaustivo “Plan General de Bibliotecas del Estado. Sí, María Moliner no dejo de multiplicarse, de yuxtaponer vidas que ciertamente se complementaban, fueron los suyos esos “yos complementarios” de los que Antonio Machado, alumno igualmente de la Escuela Cossío, hablaba, refiriéndose a la realidad anímica.

Lejos parecía en esa gloriosa época valenciana, el fin de aquellas ilusiones culturales, que llegaría en el año 1939. “Se apagó la luz”, dijo su hijo Fernando. Pero en el caso de María no ocurrió así, porque ella la llevaba dentro. Cada ser humano viene al mundo, dice María Zambrano, con un tono anímico que condiciona su modo de ver la realidad. Sería ese tono, la luz, de la que hablaba Miguel Delibes con que cada humano contempla la mesmedad de su paso. La luz de María era potente, no se eclipsaba ante las oscuridades. Por eso al regresar a Madrid en el año 1945, mientras permanecía en su puesto de bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros industriales, sintió ella, según confesó; “la nostalgia de las energías no aprovechadas”, y se puso a escribir su Diccionario. Se sentía capaz, me lo decía su hija Carmen: mamá no dudaba. Sabía ella que se necesitaba un buen diccionario, en Valencia ya le habían escuchado que era preciso paliar esa penuria cultural. Ella era consciente de que las palabras del vetusto diccionario de la RAE, de corte dieciochesco, precisaban de un buen esclarecimiento. Y pasó 15 años en la tarea de alumbrar las palabras españolas con unas definiciones que les otorgaran el brillo y esplendor que merecían. Lo hizo de manera exhaustiva “…la autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente, que conscientemente, no ha descuidado nada, que incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban, un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad”. Lo hizo siguiendo su acostumbrado arte del bien hacer, sin pensar en compensaciones, tal y como le habían enseñado los maestros: Manuel Bartolomé Cossío, Américo Castro, Menéndez Pidal…, de su querida “Institución Libre de Enseñanza”.

©Hortensia Búa Martín

Autora de la biografía: “María Moliner: la luz de las palabras”

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