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artículo literario

Siempre me apenó su postergación por la natural balumba de títulos que, cada temporada, exigían desde los suplementos literarios su inmediata presencia en los escaparates y en los expositores más distinguidos de las librerías.

Este verano –ya lo he contado en alguna parte- he leído por fin “Serotonina” de Houellebecq. Siempre que puedo, evito hacer algo al mismo tiempo o en el mismo lugar que todo el mundo, ya sea leer una novela o cantar “Resistiré”, de ahí la demora. Y ese mismo escrúpulo antigregario ha complicado mucho mi fallida intentona de convertirme en un escritor destacado en este país en el que nadie lee pero todo el mundo publica, o lo hacían antes de la COVID. Pero ya llegaremos a eso.

Hay veces en las que, después de terminar una novela, no sabemos en qué nueva aventura literaria sumergirnos y, simplemente, optamos por acudir a las últimas novedades del mercado editorial aunque no hayamos leído muchas de las obras más importantes del s. XX. Por este motivo, hemos elegido a tres grandes literatos del s. XX cuyas obras destacan por ser capaces de cautivar a cualquier lector y que no suelen leerse todo lo a menudo que deberíamos.

La segunda serie en orden cronológico fue impresa en 1902 y se trata de una colección de 20 tarjetas postales editada por Hauser y Menet, que reproducen escenas de la primera parte del Quijote, dibujadas por García Sampedro, acompañadas de un breve párrafo alusivo al pasaje correspondiente de la novela de Miguel de Cervantes.

«El último Secreto metafísico – sí es que podemos llamarlo así, es que el universo carece de fronteras. Las fronteras son meras ilusiones, productos no tanto de la realidad como del modo en que la cartografiamos. Está muy bien cartografiar la realidad, pero resulta fatal confundir el mapa con el territorio» Estas palabras de Ken Wilber nos sirven para introducirnos en nuestro tema o lo que él mismo denomina La Gran Mente.

«Oh dulce España, patria querida», Miguel de Cervantes Saavedra

Los nuevos documentos, descubiertos por el historiador egabrense Antonio Moreno Hurtado, ponen de relieve que el alcalde ordinario de Cabra, Andrés de Cervantes (1510-1593), esposo en primeras nupcias con Francisca de Luque y Aranda y en segundas nupcias con Elvira Rodríguez de Úbeda, firmó más de 150 testimonios legales a lo largo de su vida. Es de destacar, además, que el Cronista Oficial de Cabra, Antonio Moreno Hurtado, localizó más de 143 nuevos datos legítimos de inestimable valor para la biografía de Andrés, tío paterno del héroe de Argel, y sus parientes, puestos en letras de molde en sus excelentes libros: Egabrenses en Indias (2018), y en Los Cervantes y Cabra (2020).

Coimbra fue capital del Reino de Portugal entre los años 1139 y 1255. El primer rey de Portugal, Afonso I, nació muy cerca de Coimbra, en el castillo de Guimarães, y murió en la capital del reino. Tanto él como su hijo Sancho I se encuentran enterrados, frente por frente, en el ábside del Monasterio de la Santa Cruz, en pleno centro de la ciudad y a unos centenares de metros del rio Mondego que divide en dos la ciudad.

Me tenía prometido este par de páginas sobre la magnífica exposición de Ramón Masats en la Tabacalera de Madrid, pues si alguna vez he dudado, en mitad del tráfago de colorín y metacrilato de estas últimas décadas, sobre cuál era mi país, me bastaba con echarle un vistazo a cualquiera de sus fotografías para reconocerlo y acomodarme en él de inmediato.

On Twitter there are hundreds of comedian memes, and seeing them constantly habituates the masses to the apodeictic, that is, to what is recognized in the distance (“apodeictic”, from Greek “apodeiktikos”, from “apo”, far, and “deik”, to show). On YouTube there are hundreds of bricolage instructors, and seeing them constantly accustom the masses not to conceiving (from Latin “complexus”, a scientific notion today), but to assembling (factory notion) concepts.

Recordando a la superagente Balcells en el quinto aniversario de su muerte

En una entrevista de hace casi tres lustros, la agente literaria Carmen Balcells (Santa Fe, Lérida, 9 de Agosto de 1930 - Barcelona, 20 de Septiembre de 2015) aseguraba que la vida se renovaba para ella cada uno de octubre. “Una costumbre colegial”(…)“Es un tiempo en que se vuelve a poner todo en orden” (la cursiva es mía). Exagerada como era -según descripción de su nieta, Laura Palomares Güells- puede que escogiera morirse antes de esa fecha simbólica para no renovar nada que no pudiera o no deseara concluir. No le gustaba dejar tareas a la mitad y horas antes de abandonar el mundo, mantuvo con Miquel Palomares -su hijo- una conversación exhaustiva sobre el estado de su hacienda; una causalidad que podría haber novelado García Márquez y que causó que Palomares se situara al frente de la nave que ni él ni su madre imaginaron que gobernaría. “Sí, me encontré, de un día para otro, en la empresa que nunca pensé comandar”. Le acompañan, desde entonces, rostros de siempre y algunos nuevos, como el de Laura en el departamento de derechos de traducción.

Las primeras tarjetas postales vieron la luz en la ciudad de Viena en 1869 y posteriormente llegaron a España hacia finales del año 1873. En un primer momento se trataba de enteros postales (es decir, una tarjeta de cartulina con un sello ya impreso de la Dirección General de Correos) y no llevaban dibujos ni imágenes.

No sé si recordaran que hace un año, en esta misma revista, publicaba un artículo titulado “El elixir oriental”, donde me burlaba —aunque no sin cierta amargura— de la penetración, so pretexto del yoga y otras prácticas más o menos tonificantes, de las creencias orientales en nuestra sociedad, fenómeno que ya sucedió en la Roma del s. I y II d. C., para lo que les mencionaba como acreditados ejemplos de lo acontecido entonces El asno de oro de Apuleyo y El asno de Luciano de Samósata, novelas humorísticas de aquel tiempo y a tal punto gemelas en el argumento que ni tan siquiera sus autores se molestaron en variarle el nombre al protagonista, el pobre Lucio, que se descubrió convertido en borrico por sortilegio de una hechicera de Isis.

Hace cien años, quiso el Demiurgo regalar a la Humanidad una extensión de sí mismo en ese fabuloso creador de mundos que fue Ray Bradbury (22 de agosto de 1920 - 5 de junio de 2012). Si tuviera que definirle como escritor, lo haría con el nombre de un cuento y un libro de su autoría: El hombre ilustrado porque desde los doce años fue -como el tatuado hombre del relato- puro cuento de la cabeza a los pies.

En un reciente viaje a la ciudad portuguesa de Coimbra, antigua capital del Reino de Portugal, tuve la oportunidad de visitar la Biblioteca Joanina, una de esas joyas donde los libros no pueden encontrar un mejor acomodo. Lástima que las restricciones impuestas por el coronavirus no permitan que disfrutemos más de las obras que allí se encuentran. El turismo se ha impuesto y la visita a la biblioteca se ha quedado en un mero paseo por sus desiguales cinco salas. Todo se queda en un mero negocio mal gestionado.

“El Licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la mesma cueva (la de Montesinos) y le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas ansimismo en toda la Mancha y aún en toda España.” (El Quijote, cap. XXII, 2ª parte)
La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del rio Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes.” (El Quijote, cap. XXIV, 2ª parte)