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"Fuego en el Misisipi", de J. Pérez-Foncea

Ed. LibrosLibres
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez
viernes 01 de octubre de 2021, 17:00h
Fuego en el Misisipi
Fuego en el Misisipi
Estamos ante la tercera novela histórica del autor, siempre enalteciendo hechos importantes de la Historia de las Españas, que habitualmente han sido vilipendiados por el cúmulo de analfabetos funcionales que pululan por la geografía hispánica; siempre negando los valores importantes definitorios de los hispanos.

Es muy difícil conseguir subsumir, como se merecía, a los personajes hispanos en una epopeya tan importante como fue la guerra de los Estados Unidos contra Inglaterra. “En el libro que nos ocupa la labor ha sido más ardua que en las dos anteriores (EL HÉROE DEL CARIBE-2012. INVENCIBLES-2014), pues a pesar de haber simplificado mucho la ingente epopeya que significó la independencia de los Estados Unidos, comparable a una guerra mundial, qué duda cabe de que es dificultoso ensartar en un marco tan vasto a los personajes, y a la vez darle a todo el relato una cierta unidad. Necesariamente he debido dejar algunos hechos en el tintero. Por ello pido comprensión a los lectores”. Está claro que no se ha orillado ningún dato histórico sobre semejante guerra, tan sangrienta y cruel, como en todas las implicaciones militares en las que un imperio (ROMA; INGLATERRA; RUSIA; ESPAÑA, etc…) pierde su modus operandi et vivendi.

Como en toda novela histórica, y esta es una de las más paradigmáticas, existen algunos personajes de ficción, que sirven de ligazón para el resto de la trama; y nadie puede negar que hubiese algunas personas desempeñando el mismo rol que aparece en la trama. El autor demuestra que se debe mover el cerebro y las neuronas a los norteamericanos, para que reconozcan, sensu stricto, la implicación muy importante y esencial para conseguir el triunfo de los coloniales frente a la metrópoli, que tuvieron los soldados y el gobierno españoles del rey Carlos III de Borbón. “Y cuando digo ‘hispana’ quiero destacar que no me refiero solo a la aportación de los españoles de España, sino también a los hispanos de origen mexicano, cubano, centroamericano, etc. Algunos de ellos no se han movido de su lugar de origen desde hace siglos –por ejemplo, muchos de los habitantes de Nuevo México o Texas-, sino que ha sido más bien la frontera la que se ha movido, pasando por encima de sus cabezas. Y, sin embargo, de manera más o menos sutil, muchas veces siguen siendo considerados ciudadanos de segunda o, simplemente, inmigrantes”.

No puedo por menos, tal como figura en este magnífico libro, de evitar la cita precisa de lo que el conde de Aranda (1719-1798) pensaba sobre los Estados Unidos de América del Norte. “Esta república federal nació como un pigmeo, y como tal necesitaba la ayuda y la fortaleza de dos estados poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará el día en el que crezca y se convierta en un gigante y sea temido por toda América. Entonces olvidará los beneficios que recibió de los dos poderes, y solo pensará en su propia expansión”. Visión profética de un magnífico ministro borbónico como el señor de Aranda. También el autor desea subrayar la opinión de otro hispano, en este caso y mucho más próximo que el anterior, es lo manifestado por un prelado prestigioso; en este segundo caso se trata del arzobispo de Los Ángeles de California, un clérigo católico preeminente, me estoy refiriendo a monseñor José Horacio Gómez Velasco: “Como todos sabemos la historia de nuestro país comenzó en 1600 con los Padres Peregrinos…Pero, con el debido respeto a los Peregrinos, ellos llegaron a este país con ¡alrededor de un centenar de años de retraso! Mucho antes de que los Estados Unidos tuviesen un nombre, es decir antes de George Washington y de las 13 colonias o Plymouth Rock, los misioneros españoles y mexicanos, e incluso los exploradores, se habían establecido en los territorios que hoy son Florida, Texas, California y Nuevo México. ‘Deberíamos pensar en esto: la primera lengua no nativa hablada en este país no fue el inglés, fue el español’”. El importante prelado hispanoamericano dejó bien claro que deseaba recuperar ‘la historia olvidada del país’, que no era otra que la referida a los españoles y, por ende, católicos.

Cuando los puristas y fundamentalistas del Mayflower llegaron a NorteAmérica, los misioneros y conquistadores españoles llevaban más de un centenar de años recorriendo-explorando esas tierras, y fundando ciudades para quedarse de forma perenne. Otro personaje importante, y que se refirió al hecho hispano en EE. UU. , fue el presidente John F. Kennedy: “Demasiados americanos piensan que América fue descubierta en 1620, cuando los padres peregrinos vinieron a mi propio Estado (Massachusetts), y olvidan la tremenda aventura del siglo XVI y de principios del XVII, en el sur y suroeste de los Estados Unidos”. Otro hispanista de prestigio Charles F. Lummis (1859-1928) escribe, sin ambages, “Si no hubiera existido España hace cuatrocientos años, no existirían hoy los Estados Unidos”. Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el embajador de los Estados Unidos de América en España, Stanton Griffith indicó, de forma total y absolutamente taxativa, que: “…durante quince años España pagó puntualmente, una tras otras, en los bancos de Austria, Alemania, Italia y Holanda, las letras a las que Estados Unidos no podía hacer honor”. Estamos, por tanto, ante una obra de recomendación absoluta, para romper tópicos absurdos negativos y vergonzantes. ¡Sobresaliente!Ut eo iure quod plebs statuisset omnes quirites tenerentur”.

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