El hombre acecha: La cara más aflictiva de Miguel Hernández jueves 20 de agosto de 2026, 11:23h
Actualizado el: 23/08/2026 11:24h
"El hombre acecha" es el penúltimo poemario de Miguel Hernández, y el segundo escrito durante la Guerra Civil, tras Viento del pueblo (publicado en Valencia por Socorro Rojo Internacional el 2 de octubre de 1937). Se compone de 19 poemas sin uniformidad temática: en algunos de ellos irrumpen sus preocupaciones sociales y políticas; otros, como es el caso de los titulados “Rusia” y “La fábrica-ciudad”, surgen como resultado de su viaje a la Unión Soviética formando parte de la comisión que representaba a España en el V Festival del Teatro Soviético. Y aunque el tono exaltado de Viento del pueblo se ha moderado, un sentimiento de aflicción recorre el poemario, que está precedido por una dedicatoria a Pablo Neruda.
El libro no se publicó hasta 1981; sin embargo, la edición estaba casi terminada, a falta de encuadernación en la Tipografía Moderna, de Valencia, en 1939, cuyos talleres fueron intervenidos por las tropas del bando nacional. La tirada completa del libro de Hernández (cerca de 50.000 ejemplares) fue requisada por los órganos de censura franquista y destruida; pero se salvaron dos ejemplares que estaban “en capilla” (es decir, maquetados, corregidos y listos en su formato definitivo, a la espera de una última revisión antes de la impresión). Esas dos pruebas de imprenta fueron rescatadas en secreto antes de la desaparición de los talleres de Tipografía Moderna. Una de las pruebas fue salvada y custodiada por el erudito, bibliófilo y académico extremeño Antonio Rodríguez-Moñino; la otra permaneció oculta en la biblioteca del escritor José María de Cossío (amigo y valedor de Miguel Hernández durante la guerra) en su casona de Tudanca, en Cantabria. Y la edición facsímil de 1981 fue publicada por la Institución Cultural de Cantabria (de la Diputación Provincial de Santander) a través de Ediciones de la Casona de Tudanca, con estudio y notas de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia. Y esta es la edición digital de dicho facsímil: https://www.cervantesvirtual.com/obra/el-hombre-acecha-1145486/
Y es de justicia reconocer la intervención en todo este asunto de Rafael Pérez Contel, que era el director artístico encargado de las ediciones de la Subsecretaría de Propaganda del gobierno republicano en Valencia. Él efectuó la maquetación y el diseño de cubiertas a principios de 1939, poco antes de la entrada de las tropas franquistas en Valencia, y quien entregó personalmente a Miguel Hernández el original compaginado. Su testimonio ha resultado imprescindible para rescatar la memoria histórica de la obra y permitir su reconstrucción y edición facsímil de 1981. (Nota sentimental. En el curso escolar 1970-1971 ocupé como profesor interino, una plaza en el Instituto José de Rivera, de Játiva, al haberse jubilado Ángel Lacalle, un prestigioso catedrático de Lengua y Literatura Española. Y el director del Instituto era entonces… ¡Rafael Pérez Contel!, quien me brindó su amistad y orientó mis primeros pasos docentes. Siempre lo recordaré como un hombre generoso y dispuesto a ayudar desinteresadamente a los demás. Pero hablar de Miguel Hernández, en aquella época, era poco menos que cometer un delito). Y antes de entrar a comentar el poema que hemos seleccionado -“Llamo a los poetas”-, nos perece oportuno reproducir aquí la dedicatoria de Hernández a Pablo Neruda: Pablo: Te oigo, te recuerdo en esa tierra tuya, luchando con tu voz frente a los aluviones que arrebatan la vaca y la niña para proyectarlas en tu pecho. Oigo tus pasos hechos a cruzar la noche, que vuelven a sonar sobre las losas de Madrid, junto a Federico, a Vicente, a Delia, a mí mismo. Y recuerdo a nuestro alrededor aquellas madrugadas, cuando amanecíamos dentro del azul de un topacio de carne universal, en el umbral de la taberna confuso de llanto y escarcha, como viudos y heridos de la luna. Pablo: un rosal sombrío viene y se cierne sobre mí, sobre una cuna familiar que se desfonda poco a poco, hasta entreverse dentro de ella, además de un niño de sufrimiento, el fondo de la tierra. Ahora recuerdo y comprendo más tu combatida casa, y me pregunto: ¿qué tenía que ver con el consulado cuando era cónsul Pablo? Tú preguntas por el corazón, y yo también. Mira cuántas bocas cenicientas de rencor, hambre, muerte, pálidas de no cantar, no reír: resecas de no entregarse al beso profundo. Pero mira el pueblo que sonríe con una florida tristeza, augurando el porvenir de la alegre sustancia. El nos responderá. Y las tabernas, hoy tenebrosas como funerarias, irradiarán el resplandor más penetrante del vino y la poesía.
Previamente, en su obra Viento del pueblo, Vicente Aleixandre era el destinatario de su dedicatoria, que también reproducimos, porque la línea ideológica de Viento del pueblo y de El hombre acecha queda bien trazada en ambas dedicatorias: hacia la poesía social.
Dedico este libro a Vicente Aleixandre
Vicente: A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres. Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. Ante la sombra de dos poetas nos levantamos otros dos, y ante la nuestra se levantarán otros dos de mañana. Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Solo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre honrada del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquellos que se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará: en su misma suciedad quedarán cegados. Tu voz y la mía irrumpen del mismo venero. Lo que echo de menos en mi guitarra lo hallo en la tuya. Pablo Neruda y tú me habéis dado imborrables pruebas de poesía, y el pueblo, hacia el que tiendo todas mis raíces, alimenta y ensancha mis ansias y mis cuerdas con el soplo cálido de sus movimientos nobles. Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.
Centro Virtual Cervantes: Viento del pueblo. Edición digital: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/viento-del-pueblo-1057842/html/20e418b6-450a-4e51-91e8-71ffc2cfb364_2.html
Llamo a los poetas
Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
Con ellos me he sentido más arraigado y hondo, 5
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
Quitémonos el pavo real y suficiente,
Así: sin esa barba postiza, ni esa cita 25
Así descenderemos de nuestro pedestal,
Ahí está Federico: sentémonos al pie
Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos 45
Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
Miguel Hernández: El hombre acecha (1937-1939). Alianza Editorial, 2010. Alianza Literatura. Con el poema “Llamo a los poetas”, Miguel Hernández se dirige a los escritores para que abandonen el elitismo literario y se comprometan con el sufrimiento del pueblo ante la dura realidad social y humana que provoca la guerra; para que su palabra, despojada de pruritos estéticos, se ponga al servicio de la defensa de la libertad colectiva.
Conforman el poema 14 estrofas de cuatro versos blancos (56 en total), los tres primeros alejandrinos y el cuarto endecasílabo; una modalidad alejada de la preceptiva métrica tradicional, pero que Hernández maneja con gran soltura. De hecho, el primer hemistiquio de los alejandrinos computa como siete silabas si termina en palabra aguda (veros 7, 10, 35 y 51). En cuanto a las coincidencias vocálicas asonantes /ó-o/ (versos 5-7: “hondo/solo” y versos 13-15: “todo/vosotros”), y /á-a/ (versos 17-19: “aula/mañana”), parecen ser meramente casuales, ya que el poema está concebido a base de versos blancos.
Y dada la dificultad que puede suponer la identificación de las personas a las que Hernández se refiere (unas veces las llama por su nombre y otras por su apellido), procederemos al análisis del poma estrofa por estrofa.
Estrofa 1. Versos 1-4.
Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
El poeta se dirige a sus amigos (“Entre todos vosotros”) y expresa su cercanía con dos de sus maestros literarios a los que se siente afectivamente unido: los poetas Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. En el verso 2, “tomo silla en la tierra” se debe interpretar “me siento a dialogar con vosotros sobre temas de actualidad”.
Estrofa 2. Veros 5-8.
Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
El calor humano que le trasmiten ambos poetas (“me he sentido más arraigado y hondo”) le va a servir a Hernández para combatir su radical soledad, porque camina por la vida acompañado exclusivamente por su propia sombra, en un solitario peregrinaje. En este sentido non es casual que el poeta repita la palabra “solo/solos” hasta cuatro veces, aunque varían las funciones gramaticales en razón de la intencionalidad comunicativa:
“Me he sentido menos solo”. Funciona como adjetivo atributo de un verbo semicopulativo (“me he sentido”) y va precedido del adverbio de cantidad “menos”: la sensación de falta de compañía no es tan intensa. “Lo solo que yo voy”. El artículo neutro “lo” intensifica el significado del adjetivo “solo”, formando una construcción enfática equivalente a “cuán solo”; y el uso del pronombre personal “yo” acentúa en el contexto la idea de que el deambular de yo poético se hace en solitario, desamparado y errático. Es la expresión de la autoconciencia del aislamiento personal, que implica un íntimo lamento; es la vulnerabilidad del desamparo.
“Por qué voy yo tan solo”. En esta interrogativa directa, “solo” funciona como complemento predicativo, precedido del adverbio “tan” como elemento intensificador del adjetivo. El yo poético, además de describir su estado de soledad extrema, busca razones que expliquen su situación de aislamiento emocional y físico, el sentimiento de exclusión que le aflige.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra. “Solos” funciona como predicativo de un sujeto compuesto (“mi sombra y yo”), aunque el verbo figura en singular Emocionalmente transmite una profunda sensación de aislamiento, melancolía y vulnerabilidad compartida entre el yo poético y su propia sombra.
Estamos, pues. Ante una confidencia íntima destinadas a sus amigos (“Ya vosotros sabéis”).
Estrofa 3. Veros 9-12.
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Los versos “hablemos de aquello a que aspiramos: / por lo que enloquecemos lentamente” suponen una invitación a sus amigos, a los que va a mencionar, para que presten atención en sus quehaceres cotidianos a aquello que es realmente importante -y por lo que merece la pena vivir- en tiempos de dolor colectivo. Y esos amigos son, enumerados con nombre y primer apellido (para que no haya problemas de identificación o riesgo de confusión): Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Emilio Prados, Pedro Garfias, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Antonio Aparicio [poeta sevillano que compartió con Hernández milicia y labores de comisariado cultural], Vicente Oliver Oliver [poeta y esposo de Carmen Conde] y Arturo Serrano Plaja [poeta de la Generación del 36 cuya vida transcurrió en su mayor parte en el exilio]. (Hemos mantenido en negrita la referencia onomástica empleada por Hernández y la hemos completado).
Estrofa 4. Versos 13-16.
Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
El poeta inicia la estrofa con un plural sociativo de intencionalidad desiderativa (verbo en presente de subjuntivo con valor exhortativo): “Hablemos de…”, fijando a sus amigos los temas de conversación: el trabajo y el amor, fundamentos de una vida plena y constructiva; porque esa es “la buena semilla de la tierra” (es decir, la sencillez de lo natural). De lo que se trata es de compartir con los demás los frutos más positivos de la vida. Precisamente la “telaraña” y el “alacrán” representan simbólicamente las conductas tramposas y dañinas que hay que evitar. Cuando el poeta afirma “Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros” no hace sino expresar la confianza en sus amigos que le sirven de seguro refugio; es el afecto compartido, la comunión con ellos en generosa entrega; la bondad de lo humano donde no tiene cabida la hipocresía social y sí, metafóricamente expresado, “la buena semilla de la tierra”.
Estrofa 5. Versos 17-20.
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
La estrofa se abre de nuevo con el uso del plural sociativo de intencionalidad desiderativa (verbo en presente de subjuntivo con valor exhortativo): “Dejemos…”. El poeta rechaza abiertamente el academicismo: “el museo, la biblioteca, el aula” representan una cultura encapsulada en espacios cerrados y alejada de la realidad de la vida. Es más, no querría que su obra se convirtiera, en un futuro, en letra muerta (“mi corazón helado en varios tomos”) albergada en los estantes de cualquier museo literario y alejada del sentimiento popular de “la gente de la calle”. Los adjetivos “helado/glacial”, como epítetos que califican respectivamente a los nombres “corazón/tierra” simbolizan la falta de vitalidad de una literatura puramente académica, propia de los espacios culturales tradicionales. Hernández ha elegido con toda propiedad los vocablos para obtener la máxima expresividad (“tiritará mañana / mi corazón helado”). La “literatura muerta” es lo más opuesto a la sensibilidad del poeta y a la función social que sus versos están llamados a cumplir.
Estrofa 6. Versos 21-24.
Quitémonos el pavo real y suficiente,
Por tercera vez, una estrofa se inicia con el uso del plural sociativo de intencionalidad desiderativa (verbo en presente de subjuntivo con valor exhortativo): “Quitémonos...”. Hernández anima a sus amigos a rechazar la artificiosidad en las relaciones sociales y a entablar una comunicación basada en la sinceridad y no en la afectación del engolamiento. Primero critica la vanidad de quienes se creen superiores, su desmedida ostentación (“el pavo real y suficiente”, clara metáfora para aludir al orgullo innecesario); después alude a la “palabra con toga” (metonimia en la que se sustituye la vestimenta por la persona que profesionalmente la emplea) para censurar el excesivo formalismo del lenguaje jurídico que, trasladado a la comunicación ordinaria, resulta distante; y a continuación arremete contra la actitud de quienes se comportan hipócritamente, ocultando aviesas intenciones (“la pantera de acechos”, metáfora de gran fuerza expresiva [“pantera” = ferocidad; “acechanza” = espionaje, persecución cautelosa]); con lo que se cierra una enumeración asindética cargada de sentimientos negativos. Y frente a todo ello, el poeta propone centrarse en la sencillez de lo cotidiano (“la emoción del día”), en la espontaneidad que le permita a cada cual mostrarse tal cual es. De ahí que la estrofa se cierre con el verso “Abandonemos la solemnidad”, un verso en el se retoma la fórmula de uso del plural sociativo de intencionalidad desiderativa (verbo en presente de subjuntivo con valor exhortativo: “Abandonemos”). En definitiva, lo que el poeta pide es una apuesta por la autenticidad.
Estrofa 7. Versos 25-28.
Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
La estrofa está introducida por el adverbio demostrativo “Así” (“de esta manera”), que implica la asunción de lo dicho con anterioridad, y que ahora el poeta remacha acudiendo al lenguaje metafórico para desterrar la falsedad, la desfachatez y la distancia, y sustituirlas por la autenticidad, la transigencia -poniéndose en el lugar del otro- y la cercanía. La “barba postiza” simboliza la impostura; y la “cita / que la insolencia pone bajo nuestra nariz” alude a fingida erudición de quienes se sienten superiores, refugiados en el academicismo y de espaldas a las preocupaciones reales que afectan al pueblo. Y frente a estas actitudes, la del poeta: “hablemos unidos, comprendidos…” (una vez más se recurre a la fórmula “Hablemos…,” ya empleada al inicio de la estrofa 4, y con idéntica intencionalidad); y hay que hablar “de las cosas del mundo frente al hombre”, es decir, de todo aquello que corrompe la dignidad humana, precisamente en unos momentos en los que una Guerra Civil enfrenta a los españoles, que han perdido el ideal de la fraternidad.
Estrofa 8. Versos 29-32.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
Esta estrofa 8 también se liga a la anterior con el adverbio demostrativo “Así”, pero se cambia la formas verbal, ya que ahora el poeta recurre al futuro performativo (desde un presente con absoluta confianza en el futuro). Y lo hace con el convencimiento de que tanto él como sus amigos desciendan del pedestal sobre el que han erigido su propia estatua -a la que el poeta califica de “pobre”, porque simboliza la miseria espiritual-, en un acto de extremada soberbia. “Descender [bajar] del pedestal” implica renunciar a actitudes de superioridad para comportarrse de manera más humilde y cercana: frente a la arrogancia de la gloria estéril, la calidez humana en la relación social. Por eso los poetas, con Hernández entre ellos, “a cantar entraremos / a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra” (adviértase el hipérbaton, en lugar de “entraremos a cantar”, cuyo valor expresivo es menor); es decir, que estarán integrados en la realidad de la vida cotidiana, en simbiosis con la gente del pueblo, “y sin el brillo de lente polvoriento”, en referencia directa a quienes viven encerrados en su “torre de marfil”, desconectados de la vida de la calle y alejados de sus problemas. En definitiva, les está pidiendo a sus amigos los poetas que asuman una poesía “de compromiso” en unos momentos trágicos de nuestra historia. En este sentido, destaca la “enumeración gradativa”, a base de elementos que siguen un orden de intensidad: “Y a cantar entraremos / a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra”: “bodega” (espacio físico para almacenar vinos), “pecho” (interior de la persona), “fondo de la tierra” (lo más profundo).
Estrofa 9. Versos 33-36.
Ahí está Federico: sentémonos al pie de su herida, debajo del chorro asesinado, que quiero contener como si fuera mío y salta, y no se acalla entre las fuentes.
Estrofa dedicada a Federico García Lorca, que no había sido citado en la estrofa 3, convertida en un lamento poético por el asesinato del poeta granadino (el 18 de agosto de 1936, a los 38 años), que Hernández quiere compartir con sus amigos (“sentémonos al pie / de su herida”), otra vez el uso del plural sociativo de intencionalidad desiderativa, con el verbo en presente de subjuntivo con valor exhortativo; un recurso retórico constante a lo largo de poema. El “chorro asesinado” es, en expresiva metáfora, la sangre derramada de García Lorca y, como el de una fuente, “salta y no se acalla” en su permanente fluir: es la persistencia del crimen en el recuerdo de Hernández, que sigue vivo y le causa un profundo dolor; y por eso el poeta quiere “contener [detener “el chorro asesinado”] como si fuera mío”, en un hiperbólico deseo de revertir el asesinato; una forma lírica de expresar su impotencia ante lo irreversible.
Estrofa 10. Versos 37-40.
Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Estrofa esta sustentada en un expresivo símil: los hombres, en su lucha permanente por la existencia -son “sembradores de sangre”,- han puesto sus esfuerzos en mantener una vida digna, sin importarles los sacrificios; y, al igual que el grano de trigo, que se sacrifica para germinar y dar fruto, maduran a través del sufrimiento. El vínculo con la tierra es una constante en la poesía de Hernández. Y el poeta insiste en que “no reposamos nunca” que “es lo que hace el sol / y la familia del enamorado”, entendida como una comunidad espiritual que nunca descansa, en perpetua inquietud en defensa de ideales sociales.
Estrofa 11. Versos 41-44.
Siendo de esa familia, somos la sal del aire. Tan sensibles al clima como la misma sal, una racha de otoño nos deja moribundos sobre la huella de los sepultados.
La familia de la que habla Hernández es la de los poetas y, en concreto, la de los de la Generación del 27, una familia de la que Hernández forma parte como “genial epígono”, en palabras de Dámaso Alonso, aunque por edad habría que inscribirlo en la Generación del 36; unos poetas enormemente frágiles (metafóricamente, “somos la sal del aire”) para los que augura un siniestro destino histórico en el que se incluye (“una racha de otoño que nos deja moribundos”) y ligado a la muerte a la que los arrastra la fosa común de la guerra (“moribundos / sobre la huella de los sepultados”). Cabe recordar que al asesinato de Lorca siguió la muerte de Antonio Machado en el exilio (el 22 de febrero de 1939 en Colliure, cerca de la frontera hispano-francesa), y la del propio Miguel Hernández en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante (el 28 de marzo de 1942): el asesinato (la muerte de García Lorca), el exilio (la muerte de Antonio Machado) y la cárcel (la muerte de Miguel Hernández).
Estrofa 12. Versos 45-48.
Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos en todo arraigan, piden posesión y locura. Agredimos al tiempo con la feliz cigarra, con el terrestre sueño que alentamos.
Esta estrofa contrasta enormemente con el clima fúnebre de la anterior; y arranca con una contundente afirmación existencial ante la muerte: “Eso sí: somos algo”. Hernández es también consciente de que hay que disfrutar del presente, como “la feliz cigarra” de la fábula -que nos trae el recuerdo de Esopo, La Fontaine y Samaniego-: “Nuestros cinco sentidos / en todo arraigan, piden posesión y locura”; es la plenitud sensorial ante el goce inmediato -frente al futuro sufrimiento-, la prisa por detener el paso del tiempo con una victoria efímera sobre él que permita vivir con intensidad y soñar con los pies en la tierra (“con el terrestre sueño que alentamos”).
Estrofa 13. Versos 49-52.
Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio, Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
La voluntad de diálogo de Hernández con sus amigos poetas sigue en pie y, como hicimos en la estrofa 3, procedemos a su identificación, ya que Hernández solo se refiere a ellos por su nombre de pila, una bonita metonimia (el autor por la obra) con la que aludir a su producción poética y a su legado artístico: Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Antonio Machado, Luis Cernuda, Juan Ramón: Jiménez, Emilio Prados, Manolo Altolaguirre, Rafaell Alberti, Arturo Serrano Plaja, Pedro Salinas, Juan Rejano, Antonio Oliver y León Felipe. Leyendo la nómina anterior, da la sensación, por la cercanía que supone llamar a los poetas por su nombre de pila, de que se encuentran reunidos con Miguel Hernández charlando y disfrutando de su amistad, como si, efectivamente, hubieran detenido el paso del tiempo. El verso que cierra la estrofa (“Hablemos sobre el vino y la cosecha”) es una metáfora para aludir a la permanencia de la palabra poética, que es el tema central sobre el que están charlando: el poso de la experiencia vital y el fruto recogido de toda una tradición poética compartida.
Estrofa 14. Versos 53-56.
Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
La estrofa que cierra el poema es una llamada a la sinceridad, a limpiar la comunicación de falsedades pasadas, para que sea tan transparente como el agua clara de una alberca. Todas las intenciones deben quedar al descubierto y visibilizarse con total diafanidad: a la transparencia del agua se le está otorgando la capacidad purificadora de sanear la palabra poética, limpiando los labios de los que han mentido al usarla fraudulentamente, para devolverle la honestidad que nunca deberia haber perdido. Y aunque no lo diga expresamente, Hernández desea poner la voz poética de todos sus amigos al servicio de una “poesía comprometida”, reivindicativa de los anhelos del pueblo que lucha por no perder sus conquistas sociales, espoleado por un fervor hacia la libertad. Para Hernández, es la hora de que la poesía se emplee como “arma de futuro”, y está en manos de sus amigos lograrlo. Bibliografía.
Ramón Fernández Palmeral: “El hombre acecha», como eje de la poesía de guerra”. Ensayo e ilustraciones del propio autor. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-hombre-acecha-como-eje-de-la-poesa-de-guerra-0/html/0092133a-82b2-11df-acc7-002185ce6064_11.html
Apéndice. Texto de Pablo Neruda. El texto conocido como "Mensaje para Miguel Hernández" (que empieza con la célebre frase «Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad...») fue escrito por Pablo Neruda en París en septiembre de 1960 y publicado originalmente en la revista española Triunfo en su número 575, el 6 de octubre de 1973. https://www.cervantesvirtual.com/obra/manuscrito-de-pablo-neruda-paris-septiembre-de-1960-1204319/
“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”.
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