¿Cómo define la cultura una frontera más allá de su significado geográfico? Este libro nace de la época en la que viajé como mochilera entre los años 2000 y 2005. Las escenas que encontré mientras recorrían el mundo sin rumbo fijo, permanecieron conmigo durante mucho tiempo y acabaron dando forma a este libro. Hoy en día es fácil encontrar restaurantes coreanos en cualquier rincón del mundo, pero cuando yo viajaba no era así. Aun así, hace veinticinco años conseguí comer kimchi tanto en Kazajistán como en el sur de la India. En un mercado tradicional de Kazajistán, un miembro de la diáspora coreana vendía kimchi. Era descendiente de los coreanos que se establecieron en Rusia a finales del siglo XIX y que fueron deportados a Asia Central por Stalin en 1937. Habían pasado varias generaciones desde que sus antepasados abandonaron su tierra natal y, sin embargo, allí seguían preparando y vendiendo kimchi. Por otro lado, el kimchi que servían como guarnición en un restaurante chino del sur de la India estaba elaborado siguiendo una receta que un norcoreano había enseñado a un cocinero chino. Acepté ambos sin dudar como auténtico kimchi. Puede que el equilibrio de sabores o los ingredientes no fueran exactamente los mismos, pero para un viajero cansado en un país extranjero aquello resultaba profundamente conmovedor. ¿Cómo era posible encontrar kimchi en lugares tan inesperados? Era un plato nacido de recuerdos transmitidos durante décadas y a lo largo de miles de kilómetros, capaz de trascender generaciones y fronteras. ¿No es precisamente eso la cultura? El nombre que damos a esos recuerdos compartidos. Las fronteras culturales no son líneas dibujadas en un mapa, sino los recuerdos que una comunidad ha conservado y transmitido dentro de ese «nosotros», recuerdos que a veces sobreviven al tiempo y al espacio y perduran más allá de las fronteras nacionales. ¿Puede entenderse una frontera como una línea de separación o como un lugar de encuentro? Una frontera es un espacio donde conviven los muros y los mercados: un lugar en el que la separación y la conexión suceden al mismo tiempo. Es, a la vez, una línea que divide una superficie donde dos mundos se encuentran. Mientras viajaba y vivía en distintas ciudades fronterizas de Asia, Asia Central y Europa, pude comprobar de primera mano la amplitud de esos territorios donde dos países se mezclan. Allí se fusionan las gastronomías y las culturas, circulan libremente las mercancías, las personas compran en mercados comunes y los matrimonios internacionales son entre dos y diez veces más frecuentes que en las regiones del interior. Una frontera es, por tanto, un espacio donde dos mundos se entrelazan y se superponen. En los mapas aparece como una línea muy fina, pero para quienes viven allí es un lugar lleno de vida: un espacio que se cruza y se comparte cada día. ¿Qué papel simbólico ha desempeñado la frontera a lo largo de la historia de los distintos pueblos? Una frontera es la línea que separa a los Estados, pero también es el límite que define un país. Al hacerlo, crea una forma propia. Esa forma no es solo un hecho geográfico: se convierte en una imagen nacional profundamente grabada en la mente de las personas. Los coreanos imaginan la península de Corea con la forma de un tigre valiente. A pesar de las enormes pérdidas sufridas durante la ocupación japonesa y la Guerra de Corea, siguen visualizando la península como una unidad y proyectan sobre ella la imagen de un tigre. Este «mapa del tigre» fue concebido por Choi Nam-seon en 1908 como respuesta a la representación japonesa de la península como un conejo débil. Más de un siglo después, esa imagen sigue siendo una fuente de fortaleza para los coreanos y, al mismo tiempo, un recordatorio de lo que han perdido. China, nuestro vecino más próximo, imagina el contorno de su territorio con la forma de un gallo. Para completar esa imagen, el Tíbet y Taiwán deben formar parte inseparable de su cuerpo. Aunque esta representación —que sustituyó a la antigua imagen de una hoja de begonia— es relativamente reciente, hoy el gallo constituye un relato compartido: un cuerpo colectivo con el que los ciudadanos chinos se identifican y que transmiten a las generaciones futuras. Por eso, una frontera nunca es simplemente una línea: es un símbolo que encarna la historia y la memoria colectiva de un pueblo. A veces representa la huella de una pérdida; otras, una visión del futuro. ¿De qué manera refleja una frontera la relación entre identidad, territorio y poder? Los álbumes ilustrados permiten abordar este tema mediante imágenes claras e intuitivas. En este libro contrapongo la República Dominicana y Palestina, enfrentando la historia de un país que consiguió recuperar su territorio pese a una evidente desigualdad de poder con la de otro que todavía no lo ha logrado. El deseo de recuperar lo perdido solo es posible porque la identidad del «nosotros» sigue viva. La manera en que las fronteras ponen de manifiesto los desequilibrios de poder se aprecia con claridad en la doble página que compara Canadá, Estados Unidos y México. Basta con mostrar las dos caras tan distintas de la frontera estadounidense —la del norte y la del sur— para transmitir una enorme cantidad de información sin necesidad de largas explicaciones. Esa, creo, es la verdadera fuerza de un álbum ilustrado. ¿Cómo cambia el significado de una frontera según su contexto cultural e histórico? Existen fronteras naturales que se han formado con el paso del tiempo. Son límites que surgieron de manera espontánea cuando las personas comenzaron a asentarse a ambos lados de altas montañas, largos ríos o grandes cascadas. En general, estas fronteras no entran en conflicto con la vida de quienes habitan esos territorios. Sin embargo, también existen fronteras trazadas de forma artificial. Los mapas de África y Oriente Medio, en particular, muestran un gran número de líneas sorprendentemente rectas. En muchos casos, esas fronteras fueron dibujadas desde despachos situados a miles de kilómetros de distancia, sin tener en cuenta las lenguas, las etnias o las áreas de influencia de quienes vivían allí. El problema es que esas líneas permanecieron incluso después del fin del colonialismo. Desde entonces, generaciones enteras las han heredado tal y como fueron trazadas y, todavía hoy, muchos conflictos continúan desarrollándose a lo largo de ellas. Los avances tecnológicos también han transformado profundamente el significado de las fronteras nacionales. Gracias al desarrollo de la exploración geológica, las fronteras ya no son solo líneas sobre la superficie terrestre, sino enormes límites que se extienden bajo tierra y hacia el cielo. Este fenómeno resulta especialmente evidente en el mar. Desde que se descubrieron yacimientos de petróleo y gas en las plataformas continentales, a mediados del siglo XX, surgieron nuevos conflictos. La cuestión dejó de ser «dónde dibujar la línea» para convertirse en «qué se divide y quién tiene derecho a cada parte». Las fronteras, por tanto, se redefinen y reinterpretan continuamente con cada época. Tal vez, al tratar de comprenderlas, lo que en realidad hacemos es recorrer de nuevo la historia. ¿Por qué algunas fronteras se perciben como barreras mientras que otras se consideran puentes entre sociedades? Porque las carreteras no tienen puertas, pero los muros sí. Aunque una frontera se parece estructuralmente a un muro, en realidad funciona como una puerta que puede abrirse y cerrarse. Una puerta que hoy está cerrada puede abrirse en cualquier momento, y otra completamente abierta puede cerrarse de repente. La mayoría de las fronteras del mundo se sitúan en algún punto entre esos dos extremos: una «puerta totalmente abierta» y una «puerta completamente cerrada». Una frontera es, en esencia, un mecanismo que decide «a quién dejar entrar». Mientras algunas personas pueden cruzarla sin necesidad de visado, otras deben arriesgar su vida para hacerlo. También determina «qué puede entrar». Aunque Corea del Sur, China y Japón son países vecinos, China ha restringido la difusión de contenidos culturales surcoreanos desde el conflicto relacionado con el sistema antimisiles THAAD, mientras que Corea del Sur limitó durante mucho tiempo la presencia de la cultura popular japonesa en la televisión pública debido a la memoria de la ocupación colonial. Entre ambas Coreas se encuentra una de las fronteras consideradas más peligrosas del mundo. Durante setenta años, Corea del Norte y Corea del Sur han permanecido separadas por una puerta firmemente cerrada. Sin embargo, en 2018 ocurrió algo que permitió imaginar una realidad diferente. En la estación de Seúl se exhibieron unos billetes con destino a Pionyang bajo el nombre de «Ferrocarril Transcontinental Euroasiático». Si estás leyendo estas palabras desde España, imagina por un momento tener en las manos un billete de tren de Madrid a Seúl. Yo nunca pude comprar uno, pero incluso ver una fotografía de ese billete me emocionó profundamente. Aquella simple hoja de papel mostraba el inmenso potencial y todas las conexiones que hoy permanecen bloqueadas por una frontera aparentemente infranqueable.
¿Qué pueden enseñarnos las fronteras sobre la convivencia entre diferentes comunidades? Este libro presenta Baarle, considerada la localidad fronteriza más compleja del mundo. Al llegar, el visitante encuentra dos señales superpuestas: una indica «Baarle-Nassau» (Países Bajos) y la otra «Baarle-Hertog» (Bélgica). Es un recordatorio muy gráfico de que un mismo pueblo puede pertenecer simultáneamente a dos países y a dos municipios distintos. Como consecuencia de siglos de complejas transacciones de tierras y herencias medievales, este pequeño pueblo quedó dividido por un sinfín de fronteras. Hoy las líneas internacionales atraviesan viviendas, cruzan mesas de cafeterías y recorren los pasillos de los supermercados. De hecho, la nacionalidad legal de una casa suele determinarse por el país en el que se encuentra su puerta principal. Como resultado, sus habitantes cruzan la frontera internacional decenas de veces al día. Para estas dos comunidades, la frontera forma simplemente parte del paisaje cotidiano. Lo más interesante es que no resolvieron la situación eliminando la línea divisoria, sino haciéndola aún más visible. Tras un acuerdo alcanzado en 1995, cada parcela quedó perfectamente delimitada. Sin embargo, aquellos recursos que no podían dividirse — como el agua, las carreteras o los servicios de emergencia— comenzaron a gestionarse de forma conjunta. Aceptaron la complejidad de su frontera no como un problema, sino como una realidad con la que convivir. Y, sin necesidad de convertir dos países en uno solo, construyeron una identidad compartida: la de «los habitantes de Baarle». Recientemente, bajo el lema conjunto Experience Baarle, se ha instalado un columpio que permite cruzar la frontera simplemente balanceándose. El día de su inauguración, el 25 de marzo de 2026, los alcaldes de ambas localidades se sentaron juntos en él. Lo que han elegido es la cooperación práctica. Desde las autoridades locales hasta periodistas, artistas y vecinos, los habitantes de Baarle siguen escribiendo, día a día, la historia de su pueblo compartido. ¿Cómo influyen las fronteras en las tradiciones, la lengua y las costumbres de una región? Corea del Sur e India comparten un curioso paralelismo pese a sus historias diferentes: ambas fueron en su día un solo país que terminó dividido en dos. Las dos Coreas quedaron separadas por motivos ideológicos, mientras que India y Pakistán lo hicieron por razones religiosas. Han transcurrido alrededor de setenta años desde entonces. Hasta 1947, India y Pakistán compartían lengua, gastronomía y celebraciones. Sin embargo, una vez establecida la frontera y convertida la religión en el principal elemento de identidad nacional de cada Estado, la lengua siguió siendo la misma, pero los sistemas de escritura comenzaron a diferenciarse. Incluso los nombres de los mismos platos cambiaron. Al convertirse la religión en el eje del Estado, también se modificaron los días festivos, las celebraciones, las normas de cortesía e incluso las costumbres relacionadas con hombres y mujeres. Cuando los líderes de las dos Coreas se reunieron durante la cumbre intercoreana de 2018, pudieron conversar sin intérpretes, pese a que habían transcurrido siete décadas desde la división. Ambos países siguen compartiendo la misma lengua y el mismo alfabeto. Eso no significa, sin embargo, que ambos idiomas sean idénticos. Los diccionarios destinados a traducir entre el coreano del Norte y el del Sur son ya bastante extensos, y muchos desertores norcoreanos perciben diferencias en el uso de los tratamientos de cortesía o en la pronunciación de los préstamos lingüísticos cuando se instalan en Corea del Sur. Esto se debe a que Corea del Norte ha trabajado durante décadas para adaptar las palabras extranjeras a su propio idioma, mientras que Corea del Sur ha mantenido muchas de ellas en su forma original. También difieren las principales festividades nacionales: en Corea del Norte, por ejemplo, el cumpleaños del líder se celebra como fiesta nacional. Las ceremonias de boda y los funerales también han evolucionado de manera distinta. Estos dos ejemplos muestran cómo la religión y la ideología pueden superponerse a las fronteras nacionales. En ocasiones, son precisamente esos factores los que provocan cambios incluso más profundos que las propias barreras físicas. ¿Puede una frontera convertirse en un elemento cultural por derecho propio? La frontera entre India y Pakistán es la que más me ha impresionado de todas las que he conocido. En parte porque trabajé como guía turístico en la India para financiar mis viajes y, más tarde, viví durante dos años en Nueva Delhi. Fiel a su fama de tierra de leyendas, la India alberga numerosas historias vinculadas a sus fronteras. Me gustaría compartir una de ellas, que aparece también en el libro. Cada tarde, en Wagah, el paso fronterizo entre India y Pakistán, se celebra una ceremonia de arriado de bandera. Mientras suena música de Bollywood, los soldados de ambos países levantan las piernas con movimientos perfectamente sincronizados para demostrar su destreza. Miles de vecinos y turistas acuden diariamente para presenciar este espectáculo. Un animador dirige los cánticos del público, los asistentes agitan banderas y los vendedores ambulantes ofrecen sus productos. El ambiente recuerda másal de un estadio deportivo que al de un puesto fronterizo Detrás de esta ceremonia hay una historia poco conocida. Mohinder Singh Chopra, de laIndia, y Nazir Ahmad, de Pakistán, habían servido juntos en la misma unidad militar. Sin embargo, cuando ambos países obtuvieron la independencia y fueron divididos en 1947, su unidad también se separó y cada uno quedó destinado a un lado de la nueva frontera. En aquel momento, millones de refugiados cruzaban de un país a otro. Ambos hombres comenzaron a colaborar para garantizar su paso seguro y mantener la paz en la frontera. Marcaron el límite con un montón de piedras y levantaron las banderas nacionales de cada país. Aquel gesto fue el origen de la celebración que hoy congrega a miles de personas. Todavía hoy, tras cualquier episodio de tensión entre ambos países, existe una enorme expectación por saber si la ceremonia del día siguiente llegará a celebrarse. Con el paso del tiempo, este singular acontecimiento se ha convertido en una rica tradición cultural que refleja la identidad propia de la región fronteriza de Wagah-Attari. Les invito a disfrutar de las escenas que Haerang ha ilustrado con tanta sensibilidad en este libro y, si tienen ocasión, también a buscar en YouTube vídeos de esta ceremonia. ¿Qué nos enseñan las fronteras sobre los límites y las conexiones entre las civilizaciones? Haerang y yo dedicamos mucho tiempo a pensar cómo representar, en una sola escena, la idea de «todo aquello que ha cruzado las fronteras». Finalmente elegimos un museo. Diseñamos la ilustración como si fuera un corte vertical del edificio, desde la planta baja hasta la tercera planta, permitiendo al lector observar su interior. Tras atravesar una planta baja llena de vegetación, el visitante llega al primer piso, donde se exhiben objetos que abarcan desde la Edad de Piedra hasta la Antigüedad. Cerámicas, instrumentos musicales, papel, mapas o brújulas —objetos que llegaron a Europa a través de China y del mundo islámico— forman parte de la exposición. En la segunda planta se recorre la historia del automóvil, los barcos y los aviones junto a los primeros inventos analógicos, mientras visitantes de distintas generaciones y procedencias contemplan las piezas expuestas. La tercera planta está dedicada a los satélites, las sondas lunares, la tecnología digital y los avances espaciales más recientes. Finalmente, en la azotea, varias personas observan el universo a través de telescopios. «No solo las personas han cruzado fronteras. También lo han hecho las religiones y las filosofías, la cultura y las artes, la ciencia y la tecnología, desde los albores de la humanidad hasta nuestros días, enriqueciendo nuestras vidas.» Si observamos la historia de la humanidad, veremos que ningún país, ninguna civilización y ningún continente han construido el mundo por sí solos. Con este museo quise mostrar cómo el intercambio constante de culturas e ideas diversas es lo que nos ha convertido en quienes somos hoy. Al llegar al final del libro, en la contracubierta de la edición coreana aparece el planeta Tierra. En realidad, es un pequeño adelanto de mi próximo álbum ilustrado, Madre Tierra, en el que estoy trabajando actualmente. A todos los lectores españoles, espero volver a encontrarme con vosotros muy pronto. Puedes comprar el libro en:
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