La belleza de la prosa lírica de Ramón María del Valle-Inclán. III domingo 27 de septiembre de 2026, 08:07h
Actualizado el: 27/09/2026 08:58h
El fragmento de "Las mieles del rosal" de Ramón María del Valle-Inclán describe un paseo en barca por un río sereno, donde Eulalia experimenta nostalgia y placer. La prosa destaca por su lenguaje poético y sensorial, evocando tranquilidad a través de imágenes vívidas y una cuidadosa selección léxica que sugiere belleza y calma.
[La visión esteticista del “paisaje en calma” en la prosa valleinclanesca].
—Ya puede embarcar, mi señora. Eulalia alzose levemente la falda, y quedó un momento indecisa, como queriendo penetrar con los ojos la profundidad del rio. Una onda lamió sus pies enterrados en la arena de la ribera. El barquero atracó hincando un remo: —No tenga miedo de mojarse, mi señora. El agua del río no hace mal. Eulalia, trémula y sonriente, le alargó una mano y saltó á bordo. Sentíase mojada, y aquello le traía el recuerdo de infantiles alegrías llenas de juegos y de risas. Suspirando por el tiempo pasado, sentose a proa, enfrente del barquero: —¡Oh!... ¡Qué paisaje tan encantador! En la tarde azul, llena de paz, volaban las golondrinas sobre el río, rozando un pico del ala, y los mimbrales de la orilla se espejaban en el fondo de los remansos, con vaguedad de ensueño. Eulalia miraba el remolino que hacía el agua en la proa de la barca, y sentía una larga delicia sensual al sumergir su mano. El río dormía cristalino y verdeante. El barquero bogaba con lentitud, y los remos, al romper el espejo del agua, parecía como si rompiesen un encanto. Era el barquero un aldeano viejo, con guedejas blancas y perfil monástico. El viento, entrándole por el pecho, hinchaba su camisa y dejaba ver un islote de canoso y crespo vello. Sus ojos glaucos parecían dos gotas de agua caídas en la hundida cuenca. Cuando la barca tocó la orilla, el viejo desarmó los remos, y metiose en el río hasta media pierna. Un zagal, que llevaba sus vacas por el fondo de un prado, quedose mirando a la blanca dama que venía sentada a proa. Eulalia puso la enguantada mano en el hombro sudoroso del barquero, y saltó sobre la hierba lanzando un grito femenil. Al pronto quedó indecisa, buscando con los ojos el camino. Luego abrió la sombrilla y decidiose a seguir una vereda trillada por los zuecos de los pastores que, anochecido, bajaban a la ribera para abrevar sus ganados. Ramón María del Valle-Inclán: Las mieles del rosal.Madrid, Imprenta de Antonio Marzo, 1910.Biblioteca de escritores gallegos, volumen I.
El blog de la BNE. https://blog.bne.es/blog/mieles-del-rosal/
Apoyo léxico. Verdeante. Que verdea: que tira a verde. Bogar. Remar: trabajar con el remo para impeler la embarcación en el agua. Mimbral. Sitio poblado de mimbres. [Mimbrera es el nombre vulgar que reciben varias especies de sauces]. Remanso. Lugar en que la corriente de un líquido se aquieta o se hace más lenta.
Las mieles del rosal es una recopilación antológica de prosa de Ramón del Valle-Inclán. El propio autor seleccionó los mejores textos cortos, según su criterio, de obras anteriores a 1910. Esta obra fue concebida como la inaugural de la Biblioteca de Escritores Gallegos. El anónimo autor del prólogo (que probablemente fuera el periodista y escritor Antón del Olmet), describe la obra como “una antología de su prosa inmaculada”. La antología esta formada por varias secciones temáticas bien diferenciadas que agrupan cuentos, estampas narrativas, diálogos y descripciones poéticas: “Ave” (una apertura lírico-mística), “Paisajes” (fragmentos inspirados en la geografía de las tierras gallegas), “Diálogos” (escenas cortas dramatizadas y conversaciones galantes o misteriosas), “Varia” (sección de crónicas breves y relatos sueltos de diversa temática), “Mendigos” (estampas costumbristas protagonizadas por personajes marginales que ponen de manifiesto la miseria rural, peregrinos y figuras populares del folclore tradicional) y “Jardines” (fragmentos descriptivos llenos de melancolía, esteticismo y aromas decadentes, en la línea de las Sonatas. El fragmento que hemos elegido apenas tiene argumento: un paseo en barca de la protagonista por aguas de un río remansado. Lo significativo es el tratamiento de la lengua empleada ñor Valle-Inclán. Repárese, por ejemplo, en la selección léxica: se han concentrando palabras cuya significación, cargada de suavidad y de estatismo, sugiere tranquilidad y sosiego: “tarde azul llena de paz”, “espejaban”, “remansos”, “vaguedad de ensueño”, “El río dormía cristalino y verdeante”, “El barquero bogaba con lentitud”... Las sensaciones auditivas están muy bien logradas, adecuando la sonoridad al contenido del texto, más o menos aguda o simplemente susurrante, según las palabras empleadas y las aliteraciones que aportan el nivel de musicalidad adecuado. Veamos alguno ejemplos: “Eulalia alzose levemente la falda”. La aliteración del fonema líquido-alvolar /l/ ayuda a sugerir la levedad del movimiento. Y no parece casual que la protagonista de llame Eulalia, (nombre de origen griego: “la que habla bien”; un nombre que fue frecuente en Galicia, al menos en sus versiones locales: Olalla, Santalla… “Eulalia, trémula y sonriente”. Al nombre “Eulalia” siguen dos adjetivos: el primero de ellos, esdrújulo, una clase de palabra muy del gusto de Valle-Inclán (además, “trémula” es más poético que “temblorosa”); y “sonriente”, un adjetivo que aunque tiene sonoridad similar a “risueña”, mantiene el sufijo “-nte” que formaba los antiguos participios de presente, tan empleados por Valle-Inclán para conferir a sus textos un cierto carácter arcaizante. “El río dormía cristalino y verdeante. El barquero bogaba con lentitud, y los remos, al romper el espejo del agua, parecía como si rompiesen un encanto”. Para acrecentar la lentutud con la que rema el barquero se ha recurrido al verbo “bogar” y, por tanto, a la aliteración del sonido bilabial “b”: “El barquero bogaba…”; en cambio, para sugerir la fuerza con la que el barquero maneja el remo, se ha recurrido al verbo “remar”, con sonido vibrante “r” que ayuda a sugerirla; un sonido que también figura en las palabras “remos/romper/rompiesen”. “El viento, entrándole por el pecho, hinchaba su camisa”. Ahora es la aliteración del sonido palatal africado /ch/ el que sugiere la fuerza del viento. “los zuecos de los pastores que, anochecido, bajaban a la ribera para abrevar sus ganados”. Nueva aliteración del sonido bilabial “b”, que puede sugerir el deslizarse de los zuecos por la hierba o el ruido del ganado bebiendo. Y fundamental resulta en el texto el empleo de la adjetivación, en primer lugar, para caracterizar a los personajes. A Eulalia se la califica como “indecisa” (en dos ocasiones), “trémula y sonriente”, “mojada”, blanca [dama]; cuando sumerge su mano en el agua, “sentía una larga delicia sensual”, llevaba una “enguantada mano” y su grito era “femenil” [adjetivo culto, por “femenino”]” el barquero es un “aldeano viejo”, “con guedejas blancas y perfil monástico”, con el vello del pecho “canoso y crespo”, “ojos glaucos, de hundida cuenca” y “hombro sudoroso”. Y, en segundo lugar, aunque de forma más escueta, también se caracteriza el paisaje con adjetivos: “paisaje encantador”, “la tarde azul” (en este caso la combinación nombre+adjetivo adquiere matices sinestésicos), “El río dormía cristalino y verdeante” (adjetivo este último [“que tira a verde”] de enorme poder sugestivo por su composición fonética; se trata demás de un inusitado participio activo del verbo “verdear”). Por otra parte, los adjetivos ayudan a retrasar el ritmo narrativo del texto: a vesce solo se emplea uno, ya antepuesto, ya pospuesto al nombre (“ojos glaucos” “hundida cuenca/ojos glaucos” [de color verde claro]); otras veces dos, ya antepuestos, ya pospuestos (“canoso y crespo [ensortijado, rizado de forma natural] vello/rio cristalino y verdeante”; o con anteposición y posposición simultánea al nombre (“una larga delicia sensual”); e incluso originando el quiasmo (“dos gotas de agua caídas en la hundida cuenca”. Y algunos de estos adjetivos cumplen una función predicativa:, acompañando a verbos intransitivos “Eulalia quedó indecisa”, “[Eulalia], trémula y sonriente le alargó”, [Eulalia[ sentíase mojada”, “el río dormía cristalino y verdante”, “la blanca dama venia sentada a proa”. Finalmente, podemos reparar en las logradas impresiones de “colores insinuados” que, combinadas con tenues sonidos, contribuyen a lograr una escena definida por la quietud ambiental: la profundidad del río, los pies [de Eulalia] enterrados en la arena, las golondrinas volando sobre el río, los mimbrales de la orilla, el espejo del agua, las vacas por el fondo de un prado, una vereda trillada por los zuecos de los pastores... Valle-Inclán reproduce en esta obra el soneto que le dedicó Rubén Dario, titulado “Soneto iconográfico para el señor marqués de Bradomín”, y que el poeta nicaragüense había incluido en su obra El cato errante, de 1906. Valle-Inclń ya lo había empleado como prólogo de su poemario Aromas de leyenda, de 1907. Darío no pretendió efectuar un retrato realista del personaje (el propio Valle-Inclán ya se había encargado de “construir” su imagen pública), sino mitificar su figura convirtiéndolo en la encarnación viviente del mundo de la Literatura. Este es el poema:
Soneto iconográfico para el señor
Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,
y a través del zodiaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
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