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“Rumores de la calle”, de Blas González de la Fuente

Editorial Nueva Estrella, Madrid, 2026
miércoles 07 de octubre de 2026, 21:20h
Rumores de la calle
Rumores de la calle

El poeta y prosista abulense, de la villa de Mombeltrán, pero avecindado en Madrid, Blas González de la Fuente, nos ofrece su último poemario, Rumores de la calle, publicado, al igual que todos sus últimos libros de versos y de prosa, por la editorial madrileña Nueva Estrella. Una obra literaria que comienza ya a ser extensa y está constituida por siete poemarios y cinco libros de relatos.

Como poeta, Blas González de la Fuente, haciendo uso de su libertad creadora -y poco más de cien años después de que André Breton presentase en París su famoso Manifiesto surrealista (1924)-, se mantiene fiel a su característico estilo de indudable ascendiente bretoniano. Un lenguaje poético en el que las palabras se ensamblan de manera imaginativa y libre, combinaciones inesperadas y absurdas incluso que buscan sorprender al lector. Así, y solo por apuntar unos mínimos ejemplos, podemos leer asociaciones insólitas como “constelaciones abrasivas”, “verdad gentilicia”, “lugar morapio” o “perfume asteroide”.

Rumores de la calle reúne setenta y dos poemas de mediana extensión y verso libre, alejados de la métrica clásica y la rima estricta, tal como corresponde a una poesía heredera de las vanguardias tradicionales y que pretende ser rompedora de los formalismos líricos: “El narcisismo / levanta tronos sin desmayo / y hay derecho a la heredad. // La retorica ha enfermado / y lo recurrente no se calma. / Desde la madrugada / se ha adueñado de las tazas de café” (‘Tratado de la extinción’). O bien, “Algunos rostros son eminencias / de actitudes navegantes, / persuaden a pórticos bardos, / a la nobleza de metales secretos. // […] Amueblan el hielo, / celebran voces habitadas / y restauran la orilla / del piano vacío” (‘De rostros inocentes y bellos’). Un modo de concebir la expresión poética que, al margen de la manifiesta búsqueda de originalidad, se hace a veces de difícil discernimiento, lo que puede perturbar la comprensión y la atención lectora. Un riesgo que Blas González de la Fuente, neosurrealista convencido, no pretende eludir, sino más bien todo lo contrario.

En Rumores de la calle se entremezclan y conviven temáticas diversas, tratadas de  una manera critica y experimentada que no excluye cierto humor irónico, y que procura alejarse también del desgarro dramático: “Anda malherida la razón. / Además, a la falta de cultivo / le ha salido un amigo entrañable, / pariente de Narciso. // Cada vez hay más pastores, / pues los rebaños van en aumento / y mueren por convertir en virutas / todo lo crítico” (‘El desandar cruel’). Pero, ante todo, lo que verdaderamente sobresale en la lectura del poemario es su estética postsurrealista. Véase si no: “Me llevan en volandas / las interrogaciones. / Llueven las ofertas, // […] No tienen duelo, / olvidan la superficie del pan, succionan / y cavan en el aire, / lugar donde los perros  huyen de la pólvora / y esta da el pecho / a carnívoras sombras.” (‘Ofrecimiento’). O asimismo: “A veces los secretos / tienen gran valor sin saberlo. / Pues depuran la ignominia asida / a los cuerpos de las crisálidas.” (‘Autoguía’). O cuando los versos son puro lenguaje literario sin otra pretensión que provocar un determinado efecto estético en el lector: “Las teclas salen por una ventana / contra incendios / para acolchar redes / que serían pleamares / en horas desabridas / al recurrir a saetas de incienso.” (‘La morada del incienso’).

Sin duda, Blas González de la Fuente es un poeta de imaginación desbordante, que, en los tiempos actuales de diversidad de gustos y orientaciones poéticas variadas, se atreve también a mantener su propio canon lírico, heredero y continuador de los movimientos vanguardistas, tanto el dadaísmo como el surrealismo, que crearon e impulsaron nuevos gustos y estéticas artístico-literarias en las primeras décadas del siglo veinte. Y Rumores de la calle, el último poemario del poeta de Mombeltrán, da fe de la implantación y permanencia de estas vanguardias. El poemario, ahora, queda en las manos de críticos y lectores, a los que deseo que tengan una buena lectura.

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