En La certeza de la luz, de Aziz Tazi, uno de los hispanistas marroquíes contemporáneos más destacados, el poeta erige un itinerario lírico a través del dédalo de la memoria, del tiempo y de la identidad, desplegando una imaginería de exquisita sensibilidad. El verbo transita entre la melancolía y la contemplación filosófica, revelando una abisal indagación sobre la transitoriedad de la existencia y la pervivencia de la emoción en el entramado del recuerdo, entre lo efímero y lo imperecedero, entre la inconsistencia de las reminiscencias y la solidez inexorable de la experiencia humana. La luz que vertebra esta hialina obra se convierte en metáfora de la revelación, alumbrando tanto la diáfana hermosura de lo nimio como las penumbras del olvido. En este sentido, La certeza de la luz dialoga con la estirpe de aquellos grandes poetas que han reflexionado sobre la temporalidad, aunque su palabra, urdimbre de novedosos matices, se cimienta en una singular identidad, en una voz propia, ajena a calcos o epigonalismos. Si en entregas anteriores, el poeta fesí articulaba una poética del viaje y de la interiorización emocional, en este nuevo libro asistimos a una depuración expresiva y conceptual que convierte la luz en eje vertebrador de toda la obra, no solo como elemento simbólico, sino como categoría moral, ontológica y estética, elevando el texto como una insondable meditación sobre la fugacidad de la existencia y sobre la resistencia de la emoción frente al deterioro del tiempo. Desde el mismo título, Tazi nos sitúa ante una poética de la revelación: la luz aparece como posibilidad de permanencia, como vestigio de lo vivido y como huella incorruptible de aquello que el tiempo no logra destruir del todo. Ya en el poema inicial, “Eternidad”, uno de los textos más significativos del conjunto, el poeta convierte lo cotidiano, lo efímero y lo sentimental en una materia trascendente: “porque la vida nunca muere,/ mueren las cosas,/ desaparecen las formas”. Este planteamiento, que atraviesa buena parte del libro, sitúa la obra en diálogo con una tradición poética profundamente meditativa —Machado, Juan Ramón Jiménez, Valente, Borges, Rilke o incluso ciertos ecos de Darwish— aunque Tazi evita conscientemente cualquier tentación epigonal para afirmar una voz singular, reconocible y hondamente personal. Uno de los mayores logros de La certeza de la luz reside precisamente en esa capacidad para transmutar la experiencia íntima en universalidad simbólica. El poeta no se limita a registrar emociones o recuerdos; por el contrario, los reelabora desde una dimensión metafísica que convierte cada instante en reflexión sobre la condición humana. Así ocurre en poemas como “Cuesta admitir”, donde la memoria se erige en resistencia frente a la desaparición: “Pasado, presente y futuro/ se apretujan diligentemente/ en un vórtice que traga/ sin cesar los hilachos de tu ser”. La temporalidad, en Tazi, no es únicamente una preocupación filosófica, sino una experiencia emocional profundamente encarnada. El tiempo aparece como una maquinaria indiferente, un flujo continuo que erosiona los cuerpos y los días, pero que no consigue extinguir del todo la vibración de lo vivido. De ahí la insistencia en conceptos como “eternidad”, “presente”, “instante”, “olvido” o “memoria”, que convierten el poemario en una suerte de cartografía interior del ser contemporáneo. Por otra parte, el autor vuelve a demostrar una extraordinaria habilidad para convertir elementos aparentemente sencillos o cotidianos en símbolos de gran potencia lírica. Estaciones de tren, tardes de invierno, puentes, bares vacíos, caminos o fotografías terminan configurando una cosmogonía íntima donde el sujeto poético busca explicarse a sí mismo y explicar el mundo. El poema “Suspensión” ejemplifica magistralmente esa poética de la contingencia: “Este sutil naufragio,/ esta sensación de isleño sin otro asidero/ que su propia inercia”. El tren —tan presente ya en Último aviso— reaparece ahora como metáfora del tránsito existencial, mientras que la estación se convierte en espacio simbólico de espera, incertidumbre y desarraigo. Estamos, en definitiva, ante una poesía del tránsito, profundamente vinculada a la sensibilidad hispanomagrebí, donde el desplazamiento físico termina siendo también desplazamiento interior y conciencia de frontera. Especial relevancia adquiere asimismo la reflexión sobre la otredad y la fractura social. En “Dos mundos”, Tazi contrapone la existencia de privilegiados y desheredados mediante una imaginería de fuerte contenido ético: “entre estos y aquellos median cotos sin límites/ y se alzan murallas inexpugnables”. Aquí emerge una dimensión comprometida que nunca deriva en proclama ideológica ni en retórica panfletaria. El poeta opta por una lírica civil de tono reflexivo, donde la denuncia nace de la compasión y de la conciencia moral ante el sufrimiento humano. Los inmigrantes, los desposeídos, las víctimas de la injusticia o los cuerpos anónimos del dolor contemporáneo aparecen integrados en un discurso poético que dignifica la fragilidad del ser humano. Otro de los aspectos más destacables del libro es su tratamiento del amor y de la ternura. Frente a determinadas poéticas contemporáneas dominadas por el cinismo o la ironía, Tazi reivindica el amor como posibilidad de redención y de trascendencia. Poemas como “Primer amor”, “Vuelo de palomas” o “El don de amar” revelan una mirada limpia, emocionada y luminosa sobre los vínculos afectivos. Especialmente hermosos resultan estos versos: “Solo entonces podrás levitar/ sobre los escombros de la tierra/ y bailar con las estrellas”. La luz vuelve aquí a operar como símbolo absoluto: iluminación espiritual, revelación emocional y posibilidad de salvación frente a la intemperie del mundo. Con este poemario, Aziz Tazi consolida definitivamente una voz madura, sólida y singular en el marco de la literatura hispanomagrebí. La certeza de la luz constituye una meditación lírica sobre el tiempo, la memoria y la identidad, a la vez que una acertada afirmación ética de la belleza y de la emoción como formas de resistencia frente al olvido. En sus páginas, la poesía se convierte en espacio de revelación, en refugio moral y en celebración de esa luz íntima y persistente que aún continúa habitando los fragmentos más vulnerables de nuestra existencia. Así, La certeza de la luz se convierte en anhelada epifanía sobre la condición humana y en testimonio poético que cincela en cada poema, en cada verso la huella de lo eterno. Puedes comprar el libro en:
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