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Juan Claudio Lechín Weise
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Juan Claudio Lechín Weise

Entrevista a Juan Claudio Lechín Weise: "Creo que si yo hubiera sido  más joven, nunca hubiera terminado “Catalina de dos mundos”. Hubiera continuado como Proust escribiendo incansablemente"

Autor de "Catalina de dos mundos"
jueves 08 de octubre de 2026, 18:17h

Juan Claudio Lechín Weise es investigador y autor de ficción y ensayo. Ha dedicado más de diez años a profundizar en la falsificación de la moneda de plata en la Casa de Moneda de Potosí del siglo XVII. Su nueva novela histórica, titulada "Catalina de dos mundos" (Planeta, 2025), surge como fruto de este extenso trabajo investigativo.

Catalina de dos mundos
Catalina de dos mundos

Anteriormente, la novela "La gula del picaflor" le valió el Premio Nacional de Novela Alfaguara (Bolivia) y se destacó como finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos. El libro "Las máscaras del fascismo" fue escrito junto a Mario Vargas Llosa y otros escritores. 

Sus investigaciones sobre los falsificadores de moneda del Potosí virreinal han sido presentadas en encuentros internacionales de historiadores y numismáticos. La obra de este autor examina la conexión entre el poder, la historia y la condición humana, estableciendo vínculos entre España y América. En la entrevista, nos aclara muchos puntos de esta colosal estafa colonial.

¿Cómo surgió la idea de narrar la historia del desfalco de las monedas de Potosí?

En 1981 leí un cuento costumbrista boliviano llamado “Los tesoros de Rocha” de Julio Lucas Jaimes acerca de la falsificación, en el Potosí del siglo XVII, del real de a ocho español de plata, la primera moneda de circulación global. Quedé prendado de la historia y se me instaló la pregunta de si aquel acontecimiento había sido real o era ficción. Pasaron muchos años hasta que fui encontrando pistas de que se trataba de un hecho verdadero. Gracias a Gunnar Mendoza, historiador boliviano, y a unos artículos de Cunnietti Ferrando publicados en revistas numismáticas argentinas, encontré el hilo que finalmente me condujo hasta los juicios a los falsificadores de moneda del siglo XVII, que están conservados en el Archivo General de Indias.

¿Fue ardua la labor de documentación de la novela?

Fue ardua pero también muy divertida. Pasé muchos años recolectando información de la vida cotidiana en el siglo XVII, la cultura, la tecnología minera y los métodos de acuñación; reuniendo y reconstruyendo mapas. Fue genial. La parte difícil, o más bien frustrante, llegó cuando, después de mucho tiempo de búsqueda, finalmente recibí del Archivo General de Indias el microfilm con algunos juicios a los falsificadores de moneda. Pero las universidades bolivianas no tenían lectores de microfilm. Entones, aunque tenía todo, en realidad, no tenía nada.

Fue gracias a Horacio Salas, director de la Biblioteca Nacional de Argentina, que pude transformar el microfilm en archivos digitales. Ahí comenzó otro proceso emocionante para mí: la lectura de los juicios y la clasificación de las personalidades que aparecían en ellos.

La novela se ha publicado en la editorial Planeta, ¿a qué se debe una segunda edición autopublicada?

Mi contrato con Planeta es solo para Perú. La autopublicación fue una manera de darle a “Catalina de dos mundos”, un camino más amplio. Y aunque Amazon tiene sus debilidades, permite publicar con rapidez mientras el mundo editorial actual, local o internacional, se ha vuelto pesado, tarda mucho en publicar o quizá no lo haga. Es para mí un enigma qué tipo de enfoque tiene el mundo editorial actual para llevar adelante su negocio. Porque incluso la demanda comercial del mercado no necesariamente la escuchan.

La novela tiene dos protagonistas principales, Diego y Catalina, que ejemplifican dos mundos radicalmente diferentes. ¿Cuál le ha costado más narrar?

Es una gran pregunta porque me permite reflexionar y decir: ninguno me ha costado narrar. Ambos fueron los personajes que cualquier escritor quisiera tener. Se desempeñaron con dinamismo y, aunque no se crea, con bastante autonomía. A veces tuve que frenarlos y editarlos, porque querían desbocarse, ocupar mayores espacios y realizar más aventuras. Y como cada acción tiene consecuencias, luego yo, el escritor, tendría que hacerse cargo.

Creo que si yo hubiera sido  más joven, nunca hubiera terminado “Catalina de dos mundos”. Hubiera continuado como Proust, escribiendo incansablemente porque son personajes muy divertidos.

Una monja detective es algo inusual en pleno siglo XVII. ¿Cómo se le ocurrió esa trama?

Creo que por la necesidad y las cadenas de la realidad. La necesidad porque, ya en el cuento de Lucas Jaimes, Catalina Meneses aparece en Potosí investigando al caporal de los falsificadores y enviada por el Santo Oficio. Si bien es una linda idea, hay algo inverosímil y menos cuando la novela está apoyada en archivos históricos.

Entonces, la única forma que encontré para que se convirtiera en investigadora fue que su padre, cazador, le enseñara el oficio de la indagación y la inferencia deductiva: reconstruir aquello que ocurrió a partir de los rastros o saldos que quedaron. Que, en lo nuclear, es el oficio del detective.

Cuando sus padres son asesinados, Catalina entra al convento. La única manera de que una niña pobre aprendiera más y desarrollara su arte de la investigación, en aquél tiempo, era en un convento. Y claro, entra como sirvienta porque no tiene dote para hacerlo como novicia.

Entonces, ante cada obstáculo, la realidad me obligaba a buscar una solución verosímil, más que imponerme alguna idea desasociada.

¿Qué es lo que más le atrajo de sor María Jesús de Ágreda?

Cuando niño, mi tía Fortunata leía sobre el “cordón de plata” y “los viajes astrales”, es decir, la bilocación por la cuál era famosa sor María Coronel. Luego leí su bella correspondencia con el rey Felipe IV y me pareció absolutamente recomendable que Catalina se convirtiera en su pupila. Además, siendo andaluza, que su destino fuera Ágreda, con una geografía y una cultura muy diferentes, era un reto para el personaje. Como obstáculo adicional, sor María era concepcionista, es decir, pertenecía a una orden de clausura.

Y de Catalina, ¿una niña que la desgracia cambio su vida y siempre vivió en el filo de la navaja?

Hasta ahora me conmueve que a una niña tan querida por sus padres, llena de picardía y vida, se le mutile la infancia por la muerte de sus progenitores. Pero ella, con esfuerzo, humildad y acompañada por la memoria de sus padres —o la orden freudiana de ellos—, crece con optimismo y no abrumada por el dolor, aunque anide el deseo de venganza.  

Diego lleva buena parte de la trama, la que se desarrolla en el Perú. ¿Cómo era la vida de esos acuñadores y esos mineros en aquella época?

La mayor parte de la vida peruana de Diego se desarrolla en Potosí, que está a cuatro mil metros de altura y donde hace un frío tremendo. La vida de todos, a esa altura, es difícil. Los acuñadores eran hombres de mucho trabajo, pero también disfrutaban el dispendio y la abundancia. De acuerdo con las costumbres de su época, fanfarroneaban con la riqueza, la exhibían. Los ricos y nobles peninsulares eran más recatados. Por eso cuando llegaban los americanos alardeando de su oro, joyas y piedras preciosas en el vestido —los Louis Vuitton de entonces—, eran llamados despectivamente “indianos”.

En cambio, la vida de los trabajadores mineros era muy sufrida, como la de los mineros de cualquier parte de Europa o del mundo en aquella época. En Potosí, había dos tipos de mineros: los “mitayos”, enviados por sus comunidades para cumplir con la “mita” (impuesto laboral a la corona) y los “mingas” trabajadores libres que se contrataban por un salario, dependiendo de sus funciones y capacidades.

La traición, como la corrupción y el poder, no son culturales sino connaturales al ser humano

¿La traición es algo inherente al ser humano y traspasa tiempos y fronteras?

Totalmente. La traición, como la corrupción y el poder, no son culturales sino connaturales al ser humano.

El honor está muy presente en muchas de las escenas de la novela, sin embargo, viene asociado al desfalco que se llevaba a cabo en Potosí. ¿Cómo conjugó ambas facetas?

Potosí era una localidad de extremos. La más inimaginada riqueza se ve en sus calles junto a la más grande pobreza. Siendo la villa más rica de su tiempo, por su producción de plata, es natural que todos los pecados, capitales y veniales, se dieran cita allí y se exhibieran incluso como virtudes. Ahora, sucede, por lo general, que cuando abundan los excesos se hace presente su contraparte: la prudencia, el honor, la generosidad y otras virtudes. En Potosí, frente a incontables lupanares y casas de esgrima, habían iglesias y teatros. Frente a expoliadores había donantes generosos de hospitales de indios.

¿Qué significó para la corona de España los hechos que relata? ¿Qué consecuencia tuvieron?

Otra gran pregunta porque se sabe poco. Las historias económicas de la época que he leído señalan que la corona entró en cesación de pagos con la banca portuguesa y genovesa en 1647, y dan como motivos el agotamiento de las arcas por la guerra de Flandes. Lo cierto es que ese período peninsular-americano de la historia española ha sido poco estudiado. Quizá las rencillas y descalificaciones surgidas a partir  de las Independencias americanas u otras razones, pusieron en suspenso las investigaciones históricas entre América y la península, de aquél período.

Lohman Villena, el historiador peruano-alemán, sostiene que la falsificación del real de a ocho tuvo consecuencias devastadoras para la Corona de los Habsburgo y para las arcas europeas. Siendo el peso español la moneda global con la que se compraba marfil en el Congo, brocado en Venecia y seda en Manila, su falsificación no pudo haber sido algo tangencial.

¿Fueron los virreyes un mal endémico para América y España?

No creo. Si el criterio es comparativo y no ideal, los virreinatos ejercieron gobiernos ordenadores, y modernizadores, obviamente, con el sesgo de abuso que suele acompañar al poder. No dudo de que metieran la mano en el erario real, pero, al dejar el puesto, eran investigados mediante el juicio de residencia, un control sobre las altas autoridades que no he visto en otros imperios o gobiernos.

Comparativamente, frente a la tiranía de los aztecas en Mexico o el absolutismo incaico en el Perú, el imperio español se regía por premisas legales, muchas de ellas largamente debatidas por la escolástica del siglo XV, que le dio al mundo, entre otras luces, un principio ético hasta entonces inexistente: el respeto por el diferente. Tres siglos más tarde, los franceses lo denominarían: “derechos humanos”.

Claro, toda la implementación legal, estatal, si consideramos la enorme distancia y esa fiera de ambiciones que somos los seres humanos, no era angelical. Aun así, no conozco ningún reino en el mundo que detuviera sus impulsos imperiales mientras se desarrollaba un debate teórico sobre la legitimidad de la conquista, como sucedió durante la controversia de Valladolid.

¿Qué dificultades tuvo para conjugar las diferentes tramas de la novela?

La verdad es que un entramado así, es decir, una novela así, no la hubiera podido escribir de más joven. Porque, a mí, la paciencia me la dan años y el disfrute de la escritura sin apuro, me permitieron tomarme el tiempo necesario para entramar la novela y salpicarla de ecos familiares, de resonancias que evocaran, a través de la obra, sucesos previos manteniendo vivo en el lector el interés dramático. 

Al ser una novela coral, ¿con qué personaje disfrutó y aprendió más?

Creo que me sucedió como con los hijos: a veces uno se enfoca y se dedica más a uno y otras veces a otro. Catalina y Diego, ya comentamos, me hicieron reír y llorar. Me encanta esa sabia introversión indígena de Ccori Cusichi y la liviandad festiva de su esclava, Ana de Jesús. Me consternó el encuentro de Felipe IV, rendido de amor paternal, con su hijo Baltazar Carlos que moriría muy joven. La dupla del tesorero veneciano y el obispo urdiendo sus intereses durante las reuniones del Consejo de Estado, en el Real Alcázar, fue muy entretenido. Quizá el falsificador Rocha sea el que menos me subyuga, a pesar de ser el gran protagonista histórico. Incluso el colorado corregidor Velarde Treviño, con su ambición torpe me gusta más.

¿Qué aceptación ha tenido su novela en Bolivia? ¿Y en España?

La edición peruana de Planeta está virtualmente agotada. En Bolivia está totalmente agotada. En España, Amazon distribuye la autoedición. A pesar de que nadie me conoce allí, ha habido mucha curiosidad y ventas, publicitadas con videos por Meta, han ido creciendo. Estoy contento y optimista.

A diez meses de haber visto la luz, a “Catalina de dos mundos” no le ha ido mal. Más aun considerando que el mundo rebalsa de libros que no se venden ni se leen, y que hay una tendencia a la caída de la lectura.

Estoy, sin embargo, contento no solo por las ventas de un autor desconocido sino feliz de que yo, un escritor sudaca, sea premiado con una hermosa y profesional reseña de tu parte y con esta entrañable entrevista.

 

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