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isidrada

El mes de mayo, en Madrid, me ofrecía dos citas que le daban un timbre espléndido sobre cualquier otro del año y que me despabilaban del paso anodino de las semanas, por más que estas se empeñasen en distinguirse con alguna patarata política o con un estruendoso notición futbolístico: la isidrada y la feria del libro de viejo. Ambos acontecimientos traían para mí, sobre lo festivo, algo singularmente intrigante.

Durante estas fechas, cuando el calor se presenta como un pariente inesperado —sudoroso, inoportuno, atropellado— y la isidrada pisa su meridiano, con alguna sorpresa de tronío y sus tres o cuatro chascos sonados, la feria de los libros planta sus casetas en mitad del Retiro. Quizá sea el acontecimiento más importante de la temporada para cualquier librero de Madrid, que, si no llueve como acostumbra y le toca en un lugar concurrido, puede resarcirse de todo un año viendo llegar el fin de mes como una penitencia.

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