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Gastón Segura

Siempre que paso ante un centro de meditación y yoga no puedo dejar de evocar el siglo II después de Cristo. Durante aquella centuria, Roma superó el millón de habitantes —algo tan portentoso que debieron transcurrir mil quinientos años para que otra urbe rozase tal número vecinos— y su imperio alcanzó el apogeo.

Desde Daniel Defoe, allá por los primeros años del siglo XVIII, los periódicos, las gacetas, los almanaques y hasta los diarios de avisos —en su varia y a veces hasta volatinera periodicidad— han constituido un bastimento para los escritores. Y cuando ya el periodismo, tras un siglo y pico, estableció unos ciertos patrones para presentar la noticia —desde la editorial o el artículo de fondo, pasando por el folletón y el reportaje, hasta la breve gacetilla o el sucinto y expósito suelto—, el escritor también se enfrentó, si quería sacarse algunos cuartos por este conducto, a unas exigencias formales, o si se me apura y de un modo laxo, pero en absoluto desacertado, literarias: las impuestas por el espacio que se le asignaba.

Cuando se anuncia el verano, resulta casi rutinario que los más reputados periódicos y alguna que otra satinada revista publiquen la lista de lecturas idóneas para las inmediatas vacaciones o incluso que pregunten a varias celebridades qué títulos se van a llevar para entretener el asueto.

Los relatos sobre la retaguardia no suelen regalarse ni en los cumpleaños ni a las señoritas que se pretende por heridores y desgreñados. Y aunque entre sus líneas germine la mejor literatura, también llevan pegadas a sus fondillos las más abyectas proposiciones con las que arruinar a cualquier conciencia.

Por una razón muy simple no soy nada partidario de esas novelas llamadas de intriga, que se estructuran minuciosamente, como algunos guiones cinematográficos, en un pizarrín antes de escribirse, y cuyo principal aliciente consiste en desbaratarnos cada dos capítulos todas nuestras fundadas sospechas sobre quién era el causante del funesto crimen o del terrible delito que daba pie al argumento, para dejarnos a mitad del relato de nuevo suspensos y barajando candidatos

Siempre ha habido hombres a los que su linaje les impone –a veces hasta sin severas coerciones; simplemente, no tienen más salida— un destino, mientras la vida, con su vitrina inagotable y jacarandosa, los tienta con otro; y ambos les resultan tan distantes y difíciles de conjugar que la disyuntiva los aboca de cabeza al quebranto.

Este año, que se va consumiendo poco a poco, ha sido pletórico en buenos y malos libros. En obras entretenidas y aburridas, alegres y tristes, originales y vacuas, y sobre todo en trabajos sobrevalorados y otros desdeñados. Algunas listas que circulan por ahí de grandes medios da vergüenza leerlas. Una lástima que algunos de los consagrados críticos de los grandes medios en papel prioricen los intereses de editoriales amigas que a la calidad. Como Don Quijote, intentaremos desfacer entuertos dando a los lectores una lista creada sin presiones por nuestros críticos.

Entrevista al autor de "Las calicatas por la Santa Librada"

Han tenido que pasar veinte años para que la novela de Gastón Segura Las calicatas por la Santa Librada viese la luz. Dicha obra resultó finalista absoluta del Premio Azorín de 1998. Sin embargo, la editorial Planeta no la quiso publicar y el manuscrito dio vueltas por más de veinte editoriales españolas. Como es una novela excesiva y genial, no consiguió editarla hasta que Drácena Ediciones se atrevió.

Desde hace un par de años, no puedo evitar una punzada de tristeza cada vez que me detengo ante cualquier quiosco y observo como las antes sólidas pilas de diarios, no son ahora sino unos desmerecidos montoncitos con apenas siete u ocho ejemplares por cabecera.

Durante estas fechas, cuando el calor se presenta como un pariente inesperado —sudoroso, inoportuno, atropellado— y la isidrada pisa su meridiano, con alguna sorpresa de tronío y sus tres o cuatro chascos sonados, la feria de los libros planta sus casetas en mitad del Retiro. Quizá sea el acontecimiento más importante de la temporada para cualquier librero de Madrid, que, si no llueve como acostumbra y le toca en un lugar concurrido, puede resarcirse de todo un año viendo llegar el fin de mes como una penitencia.

A pesar de que durante la última década se haya traducido y publicado unas cuatro o cinco veces y por editoriales distintas, La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814) no ha logrado, en la España actual, la fama de monumento literario que se le dispensa en otros países.

De la inagotable nómina de los conquistadores, algunos novelistas del siglo XX sintieron tal predilección por Lope de Aguirre que le dedicaron cinco novelas y una pieza teatral, y con tanto éxito que, por medio, contagiaron al cine. Al punto que no en una, sino en dos películas fue relatado su aciago periplo, con lo que su cojitranca y sardónica figura se escapó de los antiguos cronicones y de los minuciosos estudios para andar aun hoy entre blogs y asomar, de cuando en cuando, en otros foros de la nueva realidad digital.

A trompicones, como suelen, las sucesivas demoras lograron colocar el homenaje a José María Arguedas, que hace una semana organizaron el Instituto Cervantes y el Centro Cultural Inca Garcilaso, en Madrid, con motivo de la edición de El zorro de arriba y el zorro de abajo, por la editorial Drácena, la víspera de su cumpleaños.

Hace un par de semanas se murió Fernando del Paso, ese escritor de novelones que, al segundo o tercer capítulo, amenazan con no terminarse nunca. De eso fui consciente desde el mismo momento en que, por una chamba, me tropecé con su inaugural José Trigo, y ya no pude sino perseguir por librerías de lance el resto de sus relatorias con la férrea convicción de que debía de leerlo todo y a toda costa.

"Las calicatas por la Santa Librada" es un relato desbordante sobre un extraordinario hecho real acaecido a comienzos de nuestra posguerra. La novela resultó finalista absoluta del XXIII Premio Azorín de novela.