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Gastón Segura

En el teatro Reina Victoria, de Madrid, se acaba de reponer Esperando a Godot (1952), de Samuel Beckett. Se trata del mismo montaje que había estado este invierno pasado en el teatro Bellas Artes, dirigido por Antonio Simón y protagonizado por Pepe Viyuela y Alberto Jiménez, con tan buena acogida que les ha permitido regresar durante un mes al menos; claro es, si el virus se los tolera.

No sé si recordaran que hace un año, en esta misma revista, publicaba un artículo titulado “El elixir oriental”, donde me burlaba —aunque no sin cierta amargura— de la penetración, so pretexto del yoga y otras prácticas más o menos tonificantes, de las creencias orientales en nuestra sociedad, fenómeno que ya sucedió en la Roma del s. I y II d. C., para lo que les mencionaba como acreditados ejemplos de lo acontecido entonces El asno de oro de Apuleyo y El asno de Luciano de Samósata, novelas humorísticas de aquel tiempo y a tal punto gemelas en el argumento que ni tan siquiera sus autores se molestaron en variarle el nombre al protagonista, el pobre Lucio, que se descubrió convertido en borrico por sortilegio de una hechicera de Isis.

Escribo este par de páginas en las mismas vísperas del quinto aniversario de su muerte allá, en Zahara de los Atunes, donde inalterablemente veraneaba desde hacía más de cuatro décadas. Y lo primero que me asalta es algo que le divertiría mucho, pues Gómez de la Serna —madrileño como él y creador de una corriente humorística que sin duda Krahe heredó y revivificó por los tablados del país— afirmaba que los muertos envejecían en su ejercicio de difuntos, por lo que ya comienzo dudando si titulo a esta nenia “un lustro” o “un quinquenio”; aunque como Ramón no precisó a quién y cómo deben cobrarse los correspondientes devengos, optaré por lustro, que queda mucho más circunspecto y entonado con el género de la necrológica.

Supongo que hace un par de semanas todos ustedes se quedaron tan sorprendidos como yo, cuando los noticiarios anunciaron que arribaban a Venezuela cinco petroleros cargados de gasolina iraní para que los motores del país pudiesen seguir arrancando. ¿Cómo era posible tal escasez en la nación donde se estiman las mayores reservas mundiales de petróleo? La respuesta era clara: ninguna de las cinco o seis colosales refinerías venezolanas era capaz de producir ni un mal barril de combustible apto para el consumo habitual.

Según síntomas, durante una larga temporada, no vamos a poder viajar. Por tanto seguiremos condenados, con máscara de cirujano incluida, a nuestro paseo hasta el estanco de la esquina o hasta el colmado del barrio, que si presentan cola a la puerta propiciarán una pasajera y morigeradora tertulia; y ya como acontecimientos extraordinarios, una visita al médico o al ayuntamiento para resolver un papel de la contribución, y en el colmo de las excepciones y bajo un sigilo de furtivo, aprovecharemos la invitación de unos amigos a su casa de campo o a su estrechito apartamento con vistas al mar.

Mi amigo Federico, tanto por vencer al anonadador tedio en que ha sumido al paisanaje el confinamiento general como para protegerse de las aciagas noticias tras un ejercicio de erudición —una de las más saludables y baratas vacunas de que disponemos los hombres: la consolación por el conocimiento—, se ha dado a documentarse sobre las plagas que han estragado la Historia.

De pronto he descubierto que escribir sobre un amigo se me antoja tan embarazoso como hacerlo sobre mí. Y más, tratándose de un tipo tan generoso como Alfons Cervera. Por supuesto, me queda el infalible recurso de emboscarme tras el engaño y, además, intuyo que si lo hiciera —que si me meciese sobre el sinuoso vaivén del embuste—, hasta puede que resultase más ameno cuánto quiero contarles. Suele suceder; y tanto que quizá por eso me dediqué a escribir novelas: para olvidarme de mí y revivir lo que me rodea engastando cuidadosamente trocitos de otras vidas que me surgen de nunca sabré dónde.

Resulta sorprendente la impavidez con que asistimos estos días a los terribles discursos sobre la catástrofe climática que se avecina. Y no me cabe la menor duda de que alguna porción de esa pasividad —por no tildarla de indiferencia— general se debe a ese español impostado y con pretensiones tecnocráticas que emplean sus atildados remediadores, que no deja ser una cadena de petulancias, donde entre mucha “hoja de ruta”, mucha “implementación” y otros “empoderamientos”, no consiguen “impactarnos”, por más fatídicos “eventos” que vaticinen, porque los políticos y otros personajes de escasa confianza ya nos han aturdido con esa vacua prosopopeya.

Ya lo sabrán; murió Marsé. Y he aquí que andaba pensando en escribirles unas entusiastas líneas sobre la exposición de Ramón Masats en la Tabacalera de Madrid, cuando me senté a comer y el televisor me anunció con una bandita continua que Juan Marsé había muerto esa noche. De pronto caí en la cuenta y no pude sino imaginarme la risa que le habrá entrado al Java, al Sarnita y al resto de la canalla del barrio al saberlo, porque también es mala pata ir a morirse un dieciocho de julio y, encima, sábado; exactamente como aquel cuando los africanos pusieron al país patas arriba.

Hace unos veinte días supe por un noticiario que los indios de Chiapas se habían revuelto y habían asaltado algunos dispensarios médicos, una clínica y hasta un ayuntamiento con una cólera ciega y antigua. Al parecer, todo se debía a una funesta confusión: las autoridades estatales estaban fumigando los pueblos contra un previsible brote de dengue, y los indios chiapanecos, tan escarmentados y recelosos por siglos de vejaciones y desengaños, sospecharon de aquellas vaporizaciones por sus calles como la causa de los primeros e inexplicables muertos por la covid-19. Faltó solo un cizañero bulo por las redes sociales, para que la desinfección se interpretase ya sin vacilaciones como otra artimaña de los ladinos —los blancos— con la que propagar esa nueva y extraña epidemia para exterminarlos de una vez por todas. De inmediato, estalló la furia.

El mes de mayo, en Madrid, me ofrecía dos citas que le daban un timbre espléndido sobre cualquier otro del año y que me despabilaban del paso anodino de las semanas, por más que estas se empeñasen en distinguirse con alguna patarata política o con un estruendoso notición futbolístico: la isidrada y la feria del libro de viejo. Ambos acontecimientos traían para mí, sobre lo festivo, algo singularmente intrigante.

Cuantos más días se suceden bajo este confinamiento, con la muerte acechando más allá de la hermética puerta de nuestras casas, más me invade el presentimiento de que nos vamos convirtiendo todos poco a poco en el teniente Drogo de El desierto de los tártaros (1940), y temo que como aquel legendario personaje acabaremos finalmente mostrándonos esquivos a nuestro retorno a esa ahora ansiada normalidad, porque nos amedrentará lo que nos espere.

No deja de resultarme chocante la fervorosa reivindicación feminista que nos envuelve durante estos días cuando somos el país que alumbró al mundo la figura del Burlador; más aun ahora, cuando hemos despejado la entredicha paternidad de Tirso de Molina y podemos afirmar con una cierta solvencia que su autor fue el murciano Andrés de Claramonte.

Ya sabrán que el lunes pasado se cumplieron cien años de su nacimiento y tal vez que en su pueblo, Rímini, se ha inaugurado una ruta felliniana que va desde el cine Fulgor, en el corso d’Agusto —esa calle mayor que retratara en Amarcord (1973)—, hasta el castillo de Sismondo, a unos trescientos metros, según se sube desde el cine por la vía Malatesta.

Supongo que estarán ustedes bien servidos —cuando no, ahítos— de noticias sobre Galdós, a propósito del centenario de su fallecimiento, que se cumplirá el próximo año. Y a pesar de eso y de resultar incluso redundante con cualquier otro artículo reciente, no podía sustraerme de echar mi cuarto a espadas sobre su abrumador e insoslayable legado por una razón sentimental: Gabrielillo de Araceli y Salvador de Monsalud habitan mi infancia.