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Gastón Segura

06/02/2023@06:00:00

Con el perfeccionamiento de los deepfakes —válganos como ejemplo, el popular anuncio de las cervezas Cruzcampo con una reproducción digital de Lola Flores, de quien, dicho sea de paso, este año se cumple su centenario— y la aplicación de estas figuras artificiales pero ya con una notable autonomía para desempeñar con solvencia un buen repertorio de tareas y servicios, más la inminente implantación del Metaverso como un mundo paralelo donde realizar una multitud de actividades —especialmente financieras—, no es disparatado suponer que muy pronto nos resultará indiscernible la realidad de lo virtual. Naturalmente; ante un acontecimiento tan capital, se suscitan algunas preguntas ineludibles: ¿qué papel jugará el hombre en esa realidad transida de simulaciones? ¿Cuál será su concepción del mundo?

Tras comer en casa de mi amigo el siempre intrépido Juan Grande, decidimos emprender un paseo por la amena Alcalá de Henares sin mayor propósito que orearnos con su bullicio navideño y, claro, de tanto en tanto, husmear por algún comercio peculiar. Practicando este caprichoso merodeo, entramos en la librería Diógenes, y bien fuera por no desairar la esplendidez del establecimiento o bien porque la traducción se debiese a mi estimado Mauro Armiño, me proveí de la edición en Alianza del Cyrano de Bergerac (1897), de Edmond Rostand.

En tanto nos conducimos hacia el cincuentenario de la muerte de Picasso, que se anuncia ya con jugosas exposiciones, me encuentro con un par de noticias, casi simultaneas y con bastante guasa, sobre ese singular grafitero llamado Banksy.

El pasado día uno, festividad de Todos los Santos, se cumplía una década de la muerte de Agustín García Calvo, uno de los más señeros intelectuales de este país. De aquella fecha, recuerdo unas cuantas necrológicas en los principales periódicos que desmerecían por su brevedad casi de compromiso lo extraordinario de su figura, siempre incómoda para el poder, circunstancia a la que la prensa suele ser harto sensible.

Desde el lunes 24 al jueves 27, ambos incluidos, de este mes de octubre, y siempre a las 19 horas, en la librería “Antonio Machado”, del Círculo de Bellas Artes, con la colaboración de la editorial Drácena, se celebrarán cuatro mesas-coloquio con asistencia abierta al público, sobre autores de la talla del Premio Nobel, Miguel Ángel Asturias, o del venezolano y premio Príncipe de Asturias Arturo Úslar Pietri, o de los novelistas peruanos Ciro Alegría y José María Arguedas, y de los nuevos narradores españoles publicados por esta exigente editorial, como Azuar Romero y Nacho Miquel.

Ojeando los periódicos me sorprende la mención al último Boletín del Museo Arqueológico Nacional, donde la historiadora Marta Arcos García ha publicado, siguiendo con su anterior y muy extenso trabajo Patrimonio en Guerra (2017), un artículo titulado “Palmira 2011-2021. Diez años de destrucción en el reino de Zenobia”.

Nos hallamos sofocados por la canícula, llamada así por el rutilante destello, durante la aurora, de la estrella Sirio —también conocida como la Ardiente—; la más eminente de la constelación de los Canes Mayores, cuando Roma se estremecía porque los miasmas germinados en las lagunas y marismas circundantes solían propagar alguna que otra temible epidemia.

Sobre estas fechas, hace cien años, publicó la editorial neoyorquina Harcourt and Brace, en su sucursal de Londres, el Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein; uno de los títulos cruciales del s. XX. Era la traducción inglesa de Logisch-philosophische Abhandlung, aparecido durante enero del año anterior en la revista Annalen der Naturphilosophie, editada en Leipzig, por el premio nobel de Química Wilhelm Ostwald. La impresión alemana ya traía el célebre prólogo de Bertrand Russell —que matizaría y fecharía en esta inglesa—, liminar imprescindible para la divulgación y, sobre todo, para la ponderación de este singularísimo texto entre la comunidad académica del momento.

Tomo como asunto de estas líneas la reproducción que guardo del retrato perdido durante la guerra de Pío Baroja, por Pablo Ruiz Picasso —observen que aún mantiene el Ruiz en la firma—, pues este día de los Inocentes se cumplirán ciento cincuenta años del nacimiento de don Pío en San Sebastián, bajo un bombardeo carlista, orquestado por el canónigo Manterola. Hecho que Baroja consideró signo y empresa de su vida, y ahí nos legó, como indudable prueba, las veintidós novelas del ciclo Memorias de un hombre de acción (1913-35) donde, usando a su pariente Aviraneta, se dedicó escurrirse entre y contra la maldición que padeció y aún padece este país; pues basta con contemplar ahora el rostro y el tono de los independentistas, para percibir la hedentina a turbio desván y a cerril venganza del carlismo.

Espoleado por el reciente alboroto armado por la aplicación de esa ley que unos amigos míos llaman sarcásticamente “La del hombre de los caramelos”, porque exonera de culpa a tan sórdida práctica siempre que el o la menor consienta —en román paladino: que despenaliza la pederastia—, me sumergí en Internet para indagar si este chafarrinón forense era otra manifestación del esperpento nacional o solo era el síntoma de una más profunda alteración de nuestra civilización, cuando me tropecé con la intellectual dark web o “red oscura intelectual”.

Resultaría del todo ingrato comenzar este artículo sin expresar mi sincero reconocimiento a Miguel y a Aldo García, y por supuesto, a mi querida Pilar Eusamio, que alentaron a Drácena a convocar unas mesas-coloquio durante la semana pasada en su librería Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes, de Madrid, donde he figurado desde aposentador hasta ponente anunciado en los carteles, o incluso de sustituto de socorro ante la imprevista ausencia del profesor Carlos Sandoval por un angustioso percance doméstico.

Huyendo de los espantosos y fundados rumores de quiebra del Credit Suisse —una repetición de la colosal caída de Lehman Brothers, pero a la europea, y por tanto, capaz de devolvernos a aquellos terribles días del expresionismo alemán, cuando un canasto de billetes apenas daba para un bollo de pan—, acompaño a mi amigo Santiago Martín Bermúdez al concierto de Maria João Pires, en el Auditorio Nacional.

Según noticias, este año, la reposición en el Festival de Bayreuth de la tetralogía El anillo del Nibelungo (El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses, estrenada en su integridad, allí mismo en 1876) ha sido un absoluto desastre en su faceta dramática y atrezzo; en cuanto a la musical, ha ido transcurriendo, conocidas las colosales dificultades que presenta cada una de las piezas, con una discreta dignidad.

El pasado diecisiete de mayo moría en París Evángelos Odysséas Papathanassíou, conocido por Vangelis; el último de los tres músicos griegos, con Mikis Theodorakis y Iannis Xenakis, más reconocidos del siglo XX. Pero he aquí que a los doce días de la muerte de este compositor, popularísimo por sus bandas sonoras (Carros de fuego [1981], El año que vivimos peligrosamente o Blade Runner [ambas de 1982]), se cumplía el centenario del nacimiento en Brăila, Rumanía, un importante puerto sobre el Danubio y donde hubo una nutrida comunidad griega durante al menos dos siglos, de Iannis Xenakis, cuyo apellido podemos traducir graciosamente por el “extranjerito” (de xenos: extranjero); es más, hasta se podría decir que este patronímico signó su vida.

Esta primavera presenta cierto viso de normalidad; por ejemplo, ha vuelto la olvidada inflación, y también la feria al Retiro, con su larga y sinuosa cuerda de casetas y sus riadas de curiosos, y, por supuesto, con esos enternecedores poetas al minuto, que traen su máquina de escribir sobre una mesita plegable y sus hambres nostálgicas pintadas en las pupilas; y además, tenemos de nuevo a los isidros, cornalones y autoritarios, en Las Ventas. Quién no ha regresado, ha sido la lluvia. Solía presentarse con goterones gordos, de esos que caen uno a uno y casi por riguroso turno, o con gotitas menudas, imperceptibles y disimuladas entre la ventolina del Levante, allá, por el cuarto toro. No era mala señal; a menudo presagiaba un faenón.