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Gastón Segura

Ojeando los periódicos me sorprende la mención al último Boletín del Museo Arqueológico Nacional, donde la historiadora Marta Arcos García ha publicado, siguiendo con su anterior y muy extenso trabajo Patrimonio en Guerra (2017), un artículo titulado “Palmira 2011-2021. Diez años de destrucción en el reino de Zenobia”.

Según noticias, este año, la reposición en el Festival de Bayreuth de la tetralogía El anillo del Nibelungo (El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses, estrenada en su integridad, allí mismo en 1876) ha sido un absoluto desastre en su faceta dramática y atrezzo; en cuanto a la musical, ha ido transcurriendo, conocidas las colosales dificultades que presenta cada una de las piezas, con una discreta dignidad.

El pasado diecisiete de mayo moría en París Evángelos Odysséas Papathanassíou, conocido por Vangelis; el último de los tres músicos griegos, con Mikis Theodorakis y Iannis Xenakis, más reconocidos del siglo XX. Pero he aquí que a los doce días de la muerte de este compositor, popularísimo por sus bandas sonoras (Carros de fuego [1981], El año que vivimos peligrosamente o Blade Runner [ambas de 1982]), se cumplía el centenario del nacimiento en Brăila, Rumanía, un importante puerto sobre el Danubio y donde hubo una nutrida comunidad griega durante al menos dos siglos, de Iannis Xenakis, cuyo apellido podemos traducir graciosamente por el “extranjerito” (de xenos: extranjero); es más, hasta se podría decir que este patronímico signó su vida.

Esta primavera presenta cierto viso de normalidad; por ejemplo, ha vuelto la olvidada inflación, y también la feria al Retiro, con su larga y sinuosa cuerda de casetas y sus riadas de curiosos, y, por supuesto, con esos enternecedores poetas al minuto, que traen su máquina de escribir sobre una mesita plegable y sus hambres nostálgicas pintadas en las pupilas; y además, tenemos de nuevo a los isidros, cornalones y autoritarios, en Las Ventas. Quién no ha regresado, ha sido la lluvia. Solía presentarse con goterones gordos, de esos que caen uno a uno y casi por riguroso turno, o con gotitas menudas, imperceptibles y disimuladas entre la ventolina del Levante, allá, por el cuarto toro. No era mala señal; a menudo presagiaba un faenón.

Como sabrán, el domingo pasado, los franceses le renovaron la presidencia a Emmanuel Macron, natural de Amiens, capital del Somme —tradicionalmente llamado La Picardía—; departamento donde ha vencido Madame Le Pen, con el 51 % de los votos emitidos; aunque, en muy versallesca correspondencia, dicha señora haya perdido —obteniendo solo el 20 % de los sufragios ejercidos— en su departamento natal, el Alto Sena.

Durante los dos años que hemos estado sometidos a esta pútrida epidemia, hemos ocupado muchos ratos sueltos especulando en cómo sería el porvenir cuando hubiese desaparecido —o al menos, cuando hubiese quedado reducida a una infección habitual, como la gripe o como cualquier otra de esas enfermedades estacionales y más o menos controladas—; pero, de pronto, ha estallado la guerra en un extremo de Europa; más allá de la Besarabia, en las inmensas llanuras del Dniéper, y ha borrado, como si fuese un estruendoso sortilegio, a la Covid-19 de nuestras mentes; por más que en nuestros hospitales siga matando a un centenar de personas por día.

Recuerdo otras difuntas, como la espléndida Miessner que alcancé a ver todavía en la calle Lista y que luego se vino cerca de mi apartamento, a la acera del María Guerrero y donde expuso parte de la biblioteca de Pablo Neruda, o la exquisita Dédalus, en la plaza de santa Bárbara, en los mismos bajos del piso donde vivió Zorrilla, el del Tenorio, que por mínima casi amontonaba los tomos, aunque menudos títulos: uno hallaba allí siempre lo más valioso del momento, y ahora la prensa anuncia que la Noche de Reyes, esa prodigiosa fecha que hasta mereció el título de una comedia de Shakespeare, cerrará la más modesta y casi de barrio librería Pérgamo.

Para evitarme decepciones no suelo asistir al teatro. No es un defecto de la escena, sino un gaje de la memoria, porque el teatro, en su inmediatez, requiere, como exigió siempre su pariente, el circo, acudir con la emoción y la ingenuidad recién planchadas, tal que si fuesen la corbata o los pantalones; de otro modo, no funciona. Mientras que yo, apenas se alza el telón y atisbo el primer titubeo, comienzo a morder aquel malvado latiguillo de Eugenio D’Ors sobre el tufo de sus calcetines.

Nos hallamos sofocados por la canícula, llamada así por el rutilante destello, durante la aurora, de la estrella Sirio —también conocida como la Ardiente—; la más eminente de la constelación de los Canes Mayores, cuando Roma se estremecía porque los miasmas germinados en las lagunas y marismas circundantes solían propagar alguna que otra temible epidemia.

Sobre estas fechas, hace cien años, publicó la editorial neoyorquina Harcourt and Brace, en su sucursal de Londres, el Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein; uno de los títulos cruciales del s. XX. Era la traducción inglesa de Logisch-philosophische Abhandlung, aparecido durante enero del año anterior en la revista Annalen der Naturphilosophie, editada en Leipzig, por el premio nobel de Química Wilhelm Ostwald. La impresión alemana ya traía el célebre prólogo de Bertrand Russell —que matizaría y fecharía en esta inglesa—, liminar imprescindible para la divulgación y, sobre todo, para la ponderación de este singularísimo texto entre la comunidad académica del momento.

De tanto en tanto conviene homenajear al paisanaje y al lugar de dónde uno es. Reconforta y armoniza los desmadejados recuerdos, produce una cierta conformidad de ánimo y permite seguir tirando con un hondo y tenue optimismo. Pues bien; dos acontecimientos me lo han propiciado; el primero de ellos ha sido la publicación de mi primo Vicente Valero-Costa de una novela singular por ambiciosa —virtud que debe acompañar a la literatura o a todo cuanto aspira a serlo—; se trata de Celia y las libélulas.

Todavía recuerdo cuando, apenas comenzada El nombre de la rosa (1980), el novicio Adso se quedaba absorto ante la portada de la capilla de la abadía. En aquella sucesión de figuritas sobre las arquivoltas, rodeando a la divinidad de su tímpano, el jovenzuelo hallaba prefigurada minuciosamente la gloria a la que aspiraba su alma tras la muerte. Al reproducirnos estas ensoñaciones del frailecico, Umberto Eco deseaba transmitirnos la mentalidad dominante durante el Medievo, donde lo icónico se había impuesto arrasadoramente sobre la palabra escrita; circunstancia capital para entender la época. Y tal vez porque la había orillado en “La Edad Media ha comenzado ya”, primera de las ponencias recogidas en el tomo La nueva Edad Media (1974), le urgiese exponerla con el detenimiento con que se explaya en este singular pasaje novelesco.

Cuando leí en la más portentosa novela que escribió García Márquez, El otoño del patriarca (1975), que aquel decrépito general seguía diariamente un noticiario televisivo confeccionado para no perturbarle ni un ápice su inagotable vejez, mientras que a toda su nación de infinitos paramos de salitre y de brumosos despeñaderos de mulas le televisaban otro diferente y, claro es, más compadecido con los sucesos del mundo, no pensé sino que era otra ocurrencia de las muchas y muy luminosas que arman este inconmensurable novelón, hasta que el propio García Márquez —no recuerdo si en una entrevista o en un artículo— aseveraba que todos esos prodigios en absoluto eran invenciones suyas; al contrario, eran tan ciertos como el día, porque solo reproducían algunas anécdotas de las muchas que había reunido de cuantos autócratas tenía noticias.

No ya la ofuscación del disgusto, sino el puro asco me embargó al contemplar, durante este puente de la Constitución, en no recuerdo qué noticiario televisivo a unos populosos grupos de compatriotas, con sus macutos al hombro y bajo unas prácticas ropas de excursionista, que con esa fementida candidez —que es el más vil de cuantos tonos es capaz de emplear el hombre—, afirmaban ante las cámaras que habían desembarcado en La Palma para contemplar la erupción del volcán, porque era un grandioso espectáculo; “una oportunidad única”, aseveró una de ellos; por supuesto, sin variar un ápice ese pringoso timbre de falsa inocencia.

No se me ocurrirá negar la dosis de publicidad de este artículo, dedicado a Una novela que comienza (1941), de Macedonio Fernández, por fin editada en España por Drácena, cuando me ha correspondido añadirle un extenso epílogo.