www.todoliteratura.es

Gastón Segura

De tanto en tanto conviene homenajear al paisanaje y al lugar de dónde uno es. Reconforta y armoniza los desmadejados recuerdos, produce una cierta conformidad de ánimo y permite seguir tirando con un hondo y tenue optimismo. Pues bien; dos acontecimientos me lo han propiciado; el primero de ellos ha sido la publicación de mi primo Vicente Valero-Costa de una novela singular por ambiciosa —virtud que debe acompañar a la literatura o a todo cuanto aspira a serlo—; se trata de Celia y las libélulas.

Como sabrán, el domingo pasado, los franceses le renovaron la presidencia a Emmanuel Macron, natural de Amiens, capital del Somme —tradicionalmente llamado La Picardía—; departamento donde ha vencido Madame Le Pen, con el 51 % de los votos emitidos; aunque, en muy versallesca correspondencia, dicha señora haya perdido —obteniendo solo el 20 % de los sufragios ejercidos— en su departamento natal, el Alto Sena.

Durante los dos años que hemos estado sometidos a esta pútrida epidemia, hemos ocupado muchos ratos sueltos especulando en cómo sería el porvenir cuando hubiese desaparecido —o al menos, cuando hubiese quedado reducida a una infección habitual, como la gripe o como cualquier otra de esas enfermedades estacionales y más o menos controladas—; pero, de pronto, ha estallado la guerra en un extremo de Europa; más allá de la Besarabia, en las inmensas llanuras del Dniéper, y ha borrado, como si fuese un estruendoso sortilegio, a la Covid-19 de nuestras mentes; por más que en nuestros hospitales siga matando a un centenar de personas por día.

Recuerdo otras difuntas, como la espléndida Miessner que alcancé a ver todavía en la calle Lista y que luego se vino cerca de mi apartamento, a la acera del María Guerrero y donde expuso parte de la biblioteca de Pablo Neruda, o la exquisita Dédalus, en la plaza de santa Bárbara, en los mismos bajos del piso donde vivió Zorrilla, el del Tenorio, que por mínima casi amontonaba los tomos, aunque menudos títulos: uno hallaba allí siempre lo más valioso del momento, y ahora la prensa anuncia que la Noche de Reyes, esa prodigiosa fecha que hasta mereció el título de una comedia de Shakespeare, cerrará la más modesta y casi de barrio librería Pérgamo.

Para evitarme decepciones no suelo asistir al teatro. No es un defecto de la escena, sino un gaje de la memoria, porque el teatro, en su inmediatez, requiere, como exigió siempre su pariente, el circo, acudir con la emoción y la ingenuidad recién planchadas, tal que si fuesen la corbata o los pantalones; de otro modo, no funciona. Mientras que yo, apenas se alza el telón y atisbo el primer titubeo, comienzo a morder aquel malvado latiguillo de Eugenio D’Ors sobre el tufo de sus calcetines.

Por supuesto que ya me rondaba el asunto pero no encontré el pretexto para acometer estas líneas hasta que leí en Scherzo la entrevista de Franco Soda a la directora —por primera vez una mujer y en absoluto nombrada por su sexo; es decir, para cubrir la llamada en Italia cuota rosade la Bienal de Música Contemporánea de Venecia, Lucia Ronchetti. El empeño de esta compositora ha consistido en convertir el ya sexagenario certamen en una extraordinaria muestra de piezas vocales, con estrenos de Kaija Saariaho, de Sergej Newsky o de Francesco Filidei, y además, sacarlo de su caracterizado Arsenale hacia otros ámbitos más tradicionales y regios como el Teatro Malibran, La Fenice o la Fundación Cini, para atraer a ese amplio público susceptible de acudir a un concierto, pero absolutamente remiso a la música contemporánea.

Habrán advertido que la imagen más insólita de la muy pasmosa —por veloz, claro— caída de Kabul bajo los talibán, es aquella donde estos se muestran ajenos al gran problema que está quebrantando la economía mundial: la covid-19.

Supongo que se habrán enterado de que se acaba de cumplir el centenario del Desastre de Annual y, claro, de las largas y hondas repercusiones que aquella matanza de soldados españoles tuvo en la política y, como consecuencia, en la historia del país. Valga recordar que la más inmediata fue, ante la divulgación desde las Cortes del escarnecedor “Expediente” del general Picasso, el pronunciamiento y luego dictadura del capitán general de Cataluña —por cierto, especialmente alentado por la patronal del Principado; esa misma que ahora figura tanto en los periódicos—, Miguel Primo de Rivera. Tal hecho no solo concluirá con la llamada Restauración, iniciada por Cánovas en 1875, sino hasta con la monarquía que había repuesto. Pues Alfonso XIII —como estos días les habrán recordado las crónicas— estaba desventuradamente unido a las improvisaciones y chapuzas que propiciaron aquella sangría y, por descontado, se convirtió en tan adepto a la autocracia proclamada como salvavidas por aquel simpaticote general jerezano, que su trono no pudo sobrevivirla.

Todavía recuerdo cuando, apenas comenzada El nombre de la rosa (1980), el novicio Adso se quedaba absorto ante la portada de la capilla de la abadía. En aquella sucesión de figuritas sobre las arquivoltas, rodeando a la divinidad de su tímpano, el jovenzuelo hallaba prefigurada minuciosamente la gloria a la que aspiraba su alma tras la muerte. Al reproducirnos estas ensoñaciones del frailecico, Umberto Eco deseaba transmitirnos la mentalidad dominante durante el Medievo, donde lo icónico se había impuesto arrasadoramente sobre la palabra escrita; circunstancia capital para entender la época. Y tal vez porque la había orillado en “La Edad Media ha comenzado ya”, primera de las ponencias recogidas en el tomo La nueva Edad Media (1974), le urgiese exponerla con el detenimiento con que se explaya en este singular pasaje novelesco.

Cuando leí en la más portentosa novela que escribió García Márquez, El otoño del patriarca (1975), que aquel decrépito general seguía diariamente un noticiario televisivo confeccionado para no perturbarle ni un ápice su inagotable vejez, mientras que a toda su nación de infinitos paramos de salitre y de brumosos despeñaderos de mulas le televisaban otro diferente y, claro es, más compadecido con los sucesos del mundo, no pensé sino que era otra ocurrencia de las muchas y muy luminosas que arman este inconmensurable novelón, hasta que el propio García Márquez —no recuerdo si en una entrevista o en un artículo— aseveraba que todos esos prodigios en absoluto eran invenciones suyas; al contrario, eran tan ciertos como el día, porque solo reproducían algunas anécdotas de las muchas que había reunido de cuantos autócratas tenía noticias.

No ya la ofuscación del disgusto, sino el puro asco me embargó al contemplar, durante este puente de la Constitución, en no recuerdo qué noticiario televisivo a unos populosos grupos de compatriotas, con sus macutos al hombro y bajo unas prácticas ropas de excursionista, que con esa fementida candidez —que es el más vil de cuantos tonos es capaz de emplear el hombre—, afirmaban ante las cámaras que habían desembarcado en La Palma para contemplar la erupción del volcán, porque era un grandioso espectáculo; “una oportunidad única”, aseveró una de ellos; por supuesto, sin variar un ápice ese pringoso timbre de falsa inocencia.

No se me ocurrirá negar la dosis de publicidad de este artículo, dedicado a Una novela que comienza (1941), de Macedonio Fernández, por fin editada en España por Drácena, cuando me ha correspondido añadirle un extenso epílogo.

Mientras se publica este par de páginas, se cumplirán exactamente los cien años del nacimiento de Carmen Laforet. Supongo que por algún suplemento literario —pues suelen editarse los sábados acompañando a los periódicos— estarán sobradamente informados sobre esta singularísima novelista española.

Sobre la insolencia con que han interpretado algunos el discurso de investidura como presidente de la república del Perú del maestro rural Pedro Castillo, a mí, en cambio, me asombró su obcecación con la paradoja que cometen cuantos proclaman que todos los males del Continente derivan de la colonización española, insinuando de paso que en la época precolombina todas las naciones americanas compartían un ameno bucolismo sobre el feraz territorio, algo que corroboró Castillo al afirmar: “nuestros antepasados encontraron maneras de resolver los problemas y de convivir en armonía con la rica naturaleza”.

Intento leer un artículo de Michael Löwy en Letras libres sobre las ideas políticas de Walter Benjamin, pero me resulta imposible, porque mi imaginación, azuzada por este tiempo vacacional, se escapa hacia abril de 1932, cuando el sabio berlinés desembarcó por primera vez en Ibiza, invitado por los Noeggerath, dónde escribió sus siete cuentos y residió, hasta bien entrado el mes de julio, en una modesta masía, sin luz ni agua corriente, en el paraje, llamado en el catalán local, “La punta del molino”, al otro lado de la bahía de San Antonio.