Tenía en la cabeza que a Pinocho le crecía la nariz. Y nada más. Pero le ocurren muchas más cosas. Lo ayuda un hada, que al principio es como su hermana y después es como su madre. Lo avisa un grillo. Lo come un tiburón y lo va a buscar allí dentro su padre con una linterna. Lo informa un caracol. Salva a su padre Gepetto. Se transforma en asno junto con su amigo el macarra. Le roban su dinero un gato y una ardilla.
A propósito de INFAMÉLICA, poemario por Rolando Revagliatti (Editorial Leviatán, Buenos Aires, 98 páginas, 2022)
A mediados del S. XX algunos muchachos aprendimos qué es orbitar, qué sería un satélite y qué es lo artificial. Y algunos otros muchachos aprendieron psicología. La mujer ya estaba alta ante nuestro deseo, una mitológica Luna irresistible para nuestra cohetería en ciernes.
Los hombres, burros, hacen hasta lo imposible, que pocos conocen, para paramentarse, para echarse encima oro que los haga lucir valiosos. Mas los burros, con todo y el oro deben cargar, y en acarreando grandes pesos delatan su debilidad y se ven asaltados, abandonados de su oro, cabizbajos y afanosos de un dueño.
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Resulta sorprendente la impavidez con que asistimos estos días a los terribles discursos sobre la catástrofe climática que se avecina. Y no me cabe la menor duda de que alguna porción de esa pasividad —por no tildarla de indiferencia— general se debe a ese español impostado y con pretensiones tecnocráticas que emplean sus atildados remediadores, que no deja ser una cadena de petulancias, donde entre mucha “hoja de ruta”, mucha “implementación” y otros “empoderamientos”, no consiguen “impactarnos”, por más fatídicos “eventos” que vaticinen, porque los políticos y otros personajes de escasa confianza ya nos han aturdido con esa vacua prosopopeya.
Nunca el verbo se hizo tan carne, carne herida y sangrante. Carne de otra carne dolorida, carne hermana, carne gemela, esa que solo la palabra puede explicar en sí misma, porque grande y generosa son las huellas dejada en ella, la carne, señales y cicatrices que solo el verbo es capaz de mostrar en su rotundo esplendor de cenizas o de luz. Horadada la carne se halla el verso más limpio y puro, como si te hubieran abierto las entrañas y notaras fluir toda su esencia, desnuda y libre, cuando el tiempo cae sobre el mundo como una gigantesca losa que acalla todos sonidos del silencio.
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