Algunas obras hablan del teatro desde dentro y otras que, además, consiguen convertir en materia dramática ese auténtico milagro que supone conseguir que un texto llegue finalmente a un escenario. Se nos fue de las manos, de Craig Wright, con dirección de Zenón Recalde e interpretación de Antonio Molero, se instala precisamente ahí: en el territorio de la producción teatral, donde el arte convive, no siempre pacíficamente, con el dinero, los egos, los intereses particulares, las exigencias y los imprevistos. Y lo hace con un único intérprete sobre el escenario. Un productor teatral que intenta sacar adelante una obra en la que cree firmemente y que, a medida que avanza la función, descubre que ponerla en pie puede ser una empresa mucho más complicada que escribirla. Porque una cosa es tener un texto. Otra, encontrar al actor adecuado. Otra, convencer a quien pone el dinero. Otra, conseguir un teatro. Otra, lograr que todos los implicados acepten las condiciones de los demás. Y otra, quizá la más difícil de todas, conseguir que cada uno deje por un momento de mirar exclusivamente por sus propios intereses. El personaje de Antonio Molero es ese hombre que está en medio de todos los fuegos. Es el que negocia, convence, suaviza, promete, improvisa y, sobre todo, intenta que nadie se enfade. Tiene que enfrentarse a las exigencias de un actor de relevancia que debe servir como reclamo para la producción; a la escasa disposición del autor para introducir modificaciones en su texto; a un agente literario todavía menos proclive a aceptar cambios; al propietario del teatro, que tiene sus propias prioridades; y a unos posibles financiadores cuya relación con el mundo del arte puede ser tan tangencial como unas ovejas. Y ahí está buena parte de la gracia de la función: en esa sucesión de situaciones que llevan al protagonista a terrenos cada vez más alejados de aquello que, en principio, debería importar en una producción teatral. Hay que conseguir financiación y, para ello, aparecen intereses que nada tienen que ver con Shakespeare, Chéjov, Beckett o Craig Wright. Hay que lidiar incluso con una manifestación contra el trato que reciben esas ovejas. Todo vale cuando de lo que se trata es de conseguir que el proyecto sobreviva. El productor se convierte así en un equilibrista condenado a no dejar caer ninguna de las bolas que mantiene en el aire. Tiene que dorar la píldora, marear a unos y a otros, decir a cada cual aquello que quiere escuchar y esconder, cuando puede, la verdad que podría hacer saltar por los aires el proyecto. Y, además, atender a su estado personal, que es bastante precario, por otro lado. Porque en el teatro, como en tantas otras empresas colectivas, todos dicen querer que el espectáculo salga adelante. Pero no necesariamente por las mismas razones. El personaje de Molero está convencido de que la obra puede ser un éxito. También sabe que puede convertirse en un fracaso. Pero esa incertidumbre forma parte de la aventura. Lo que resulta mucho más difícil de asumir es que el resultado depende de demasiadas voluntades ajenas. Él puede creer en el texto, puede luchar por la producción y puede estar dispuesto a hacer todos los sacrificios necesarios, pero no puede controlar las exigencias del actor, las decisiones del autor, las condiciones del agente, las pretensiones del teatro ni los intereses de quienes aportan el dinero. Y ahí aparece la paradoja: cuanto más intenta mantener unido el proyecto, más ‘se le va de las manos’. Antonio Molero afronta el reto de sostener en solitario una función que necesita de muchos personajes que nunca vemos, pero que están permanentemente presentes a través de sus conversaciones telefónicas. Su trabajo consiste, por tanto, en hacer visible la ausencia. Cada conversación, cada conflicto y cada negociación tienen que adquirir cuerpo en un escenario ocupado por un solo actor. Es un ejercicio que exige ritmo, precisión y capacidad para cambiar de registro sin perder nunca la complicidad con el espectador. Zenón Recalde dirige ese mecanismo buscando que la peripecia no se convierta únicamente en una sucesión de anécdotas sobre el mundo teatral. Detrás de las situaciones disparatadas hay algo bastante menos divertido: la constatación de que sacar adelante un proyecto puede convertirse en una batalla solitaria. Y esa soledad es el elemento que termina dando una dimensión más humana a la función. El productor habla con todos, negocia con todos, intenta satisfacer a todos y depende de todos. Está permanentemente rodeado de personas, aunque físicamente se encuentre solo en escena. Y, sin embargo, cuanto más intenta conseguir que los demás se entiendan, más evidente resulta que él no tiene con quién compartir realmente el peso de la responsabilidad. Es la soledad abrumadora de quien ha hecho suyo un proyecto que, para los demás, solo constituye una pieza más dentro de sus respectivas vidas profesionales. El actor quiere unas condiciones, el autor no quiere tocar el texto, el agente quiere proteger a su autor, el propietario quiere rentabilidad, el financiador quiere garantías. Y el productor quiere que exista la función. Se nos fue de las manos habla del teatro, pero no únicamente del teatro. Habla de cualquier proyecto colectivo en el que alguien termina convertido en el responsable de que todo funcione, mientras cada participante protege su propio territorio. Habla de la negociación permanente, de la necesidad de convencer y de esa extraña habilidad de decir exactamente lo que el otro necesita oír para conseguir que dé un paso más. Y también habla del precio que se paga por hacerlo. Porque llega un momento en que el productor ya no sabe si está levantando una obra de teatro o intentando impedir que su vida se derrumbe. Ahí reside el interés de una propuesta que utiliza el humor y las dificultades de la producción teatral para hablar de algo muy serio: la fragilidad de los proyectos cuando quienes los hacen posible dejan de compartir el mismo sueño. El título termina adquiriendo entonces un sentido casi inevitable. Se nos fue de las manos, se fue el proyecto, se fueron las previsiones, se fueron las negociaciones y quizá hasta la ilusión inicial. Lo único que permanece es ese hombre intentando recomponer los pedazos, convencido todavía de que merece la pena seguir adelante. Porque tal vez eso sea también hacer teatro: saber que todo puede salir mal y, aun así, continuar intentando levantar el telón. INFORMACIÓNSE NOS FUE DE LAS MANOS Texto: Craig Wright Producción General: EL TÍO CARACOLES TEATROS LUCHANA Noticias relacionadas+ 0 comentarios
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