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Darío Méndez
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Darío Méndez, kamikaze del Averno

miércoles 02 de septiembre de 2026, 23:44h

Ya me gustaría a mí llamarme así. Pero esa expresión ya la usó Darío Méndez Salcedo en su libro sorprendente y fascinante “Juventud sin tierra”.

Juventud sin tierra
Juventud sin tierra (Foto: Consuelo de Arco)
Usa un tono torrencial como Jack Kerouac y un cabreo obsesivo y musical como Thomas Bernhard. O el entusiasmo melancólico de Hermann Hesse en “El lobo estepario”. Y se remite al Zaratustra de Nietzsche. Y todo ello se junta muy bien para dar un tono muy personal y lleno de vida. De las voces más auténticas de la literatura actual. Aunque los lectores de best Sellers no se enteren.

Habla de juventud sin tierra porque en ese mundo descarnado de lo digital y lo sin sangre les falta la tierra. Algo que alimente y haga crecer, algo donde inspirarse (sí, inspirarse, coño, que inspirarse es coger aire, no todo se hace con pinzas y con técnicas). Algo de verdad que nos dé la vida.

El protagonista escribe un libro de verdad, pero solo lo lee la chica a la que admira, y no se entera. Y para llegar a los grandes públicos papanatas escribe un libro titulado “La ironía” basado en sus experiencias de productor de videos para youtube. Y eso sí que se vende a raudales. Esa es la ironía.

Está leyendo a Novalis con sus sueños y hace videos en youtube para darles su alpiste a los loros.

Darío Méndez Salcedo es un kamikaze, alguien que se estrella contra esta sociedad masificada y absurda, sin aliento y llena de convenciones, vacía y sin alimentos. Sin tierra, que solo vive en los dígitos. Donde todos estamos perdidos y nadie conoce nada.

Me ha parecido admirable este libro, pero no lo comentan los grandes periódicos y revistas. Claro, el poder de las editoriales grandes y los grupos de presión. En este tinglado gigantesco donde solo hay falsedad y vaciedad. Donde todo el mundo hace los mismos gestos de marionetas fabricadas en serie.

Es refrescante esta novela. Y me da tierra. Tierra para volverme un ser de carne y hueso como quería Unamuno. En alguna película hablaban de un loco que comía tierra. Tal vez es un gesto extremo de alguien al que alejan de la tierra nutricia. O la locura necesaria en este mundo donde la cordura es solo vaciedad y mueca.

El protagonista acude a su bar de siempre para desahogarse con los amigos. Y sentirse fracasado pero muy existente y muy real. Y un día acude a un concierto algo loco donde actúan otros amigos. Y alguien se descentra con la guitarra y lo deja viendo visiones. Pero aparece Lidia su no-novia y lo estropea todo porque con su solo aparecer le produce frustración y melancolía.

El fracaso es un apartamiento de la farsa y el ditirambo es una forma de plenitud en esta payasada controlada que es la vida actual. Donde incluso las risas se fabrican. El protagonista se ríe con tragedia y con burla en medio de una borrachera. Los triunfadores, Lidia y Víctor, se van riendo con otra risa muy distinta.

El lenguaje es desgarrado y sin sujetarse a nada, un lenguaje de delirio y de exaltación, no peinado por los calvinistas de la corrección. Está muy bien este desahogo de vez en cuando, esta bocanada de aire cálido. Que viene del Averno.

En estos tiempos los auténticos (o que al menos lo intentamos) tenemos que instalarnos en el Averno. Y allí leer literatura o besarse, como hacían los personajes de Ray Bradbury y de Aldous Huxley.

Donde bajó una diosa a buscar a su hija y le dejaron llevarla a condición de permitir que bajara cada seis meses. Para inspirarse, para coger vida.

Donde bajó Orfeo a buscar a Eurídice y le dejaron irse con ella y se la llevó más honda y más auténtica. A condición de que no se diera la vuelta para mirarla. Le dijeron: tócala, coño, no la mires tanto.

Darío Mendez vive en el averno y yo también. Y la literatura de verdad. Todo este libro es más que nada un canto a la literatura como desenfreno y revelación, como un medio de hacernos vivir. Que viene del Averno.

El infierno para los griegos era lo que estaba debajo, lo tapado. Lo inconsciente y que nos sigue impulsando. Lo subterráneo y oculto , donde vivían los “dioses subterráneos” de Gerard de Nerval. Luego vino el infierno cristiano como lugar del mal, el cristianismo convirtió a la serpiente símbolo de vida en símbolo del mal. Hoffmann volvió a darle su sentido original en “El puchero de oro”. Y William Blake volvió a ver el infierno como energía en “Las bodas del cielo y el infierno”.

Pero ya está bien de tanto papanatismo dócil. Hay que sumergirse de vez en cuando en el infierno. Como hacen los grandes autores que acompañan a Darío Méndez, Nietzsche o Hermann Hesse. Cuando la literatura es cosa de lobos para volvernos lobos.

Y así saldremos de la tierra como tubérculos llenos de alimento y sabor.

Hay que bajar al Averno para resistir. Como yo cuando era niño y me ponía solo debajo del palco de la orquesta para escuchar mejor la música. Porque afuera en la plaza la gente no hacía más que decir chorradas y no sentía la música.

Hace falta este libro desenfrenado y sangriento. En el sentido de que tiene sangre en sus venas o sus páginas. Y también tiene fuego, no solo tiene dígitos y códigos. Que nos van a quitar todo, coño, nos van a convertir del todo en dígitos. Para que se enriquezca el dueño de la gran tecnológica, que en cambio no deja que sus hijos se conviertan en dígitos.

Y el protagonista busca continuamente la plenitud. Busca el absoluto sin cesar, dice. Y solo encuentra el vacío, que otra cosa no tenemos entre tantas máquinas que nos empobrecen. Y se encuentra perdido y agilipollado.

Hace falta este libro. Dentro de un tiempo lo descubrirán y lo celebrarán en muchos sitios. Junto a las hogueras solitarias donde de verdad se vive. Y muchas personas en secreto lo comentarán. Como comentaban a Shakespeare en secreto los habitantes de Ray Bradbury que tenían prohibido leer libros. Ahora está prohibido leer libros de verdad.

Darío Méndez Salcedo también se ha puesto de editor. Y edita los libros vivos y rebeldes que no edita nadie, pero que son los que valen de verdad. Entre ellos algunos míos. Su lucidez delirante la aplica como escritor y como editor.

Hay que emborracharse con este libro igual que el protagonista se emborracha con la música en el concierto y con el desfase visionario final del cantante. Al que luego persigue por toda la ciudad. Y lo encuentra y se va a vivir con él, en un piso donde viven unos cuantos rebeldes y alucinados. Y el piso se lo presta un funcionario de prisiones que quiere dinamitar al sistema desde dentro. La ironía es sangrante.

Les invito a leer este libro. Sin burbujas y con tropezones gruesos de literatura llena de sustancia. Como el caldo gallego o la morcilla de Burgos. Sin cursilerías.

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