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"La hora de Dios en el Nuevo Mundo", de Jean Dumont

Ed. Encuentro. 2025
viernes 28 de agosto de 2026, 22:21h
La hora de Dios en el Nuevo Mundo
La hora de Dios en el Nuevo Mundo

El vocablo "La Hora de Dios" aparece ya en un documento enviado al Rey Felipe III Habsburgo, el 16 de octubre de 1612 por los misioneros franciscanos, aunque paradójicamente estaban situados en las tierras que abarcaban desde los actuales estados de Florida y Georgia hasta la cordillera de los Apalaches.

Ha llegado ya la Hora de Dios. En la cual todos los indios desean ser buenos cristianos. Y así, de muy lejos, vienen a pedir el bautismo (…). Han venido caciques de más de cien leguas (…). Nos rogan nos quedásemos entre ellos (…o) nos piden encarecidamente les dejásemos puesta una cruz y señalásemos sitio para quellos a su modo hiciesen iglesias (…). Vienen las manos cruzadas, ofreciéndonos su tierra, su voluntad y su pobreza de comida”.

Cuando Cristóbal Colón llega a Las Antillas, donde lleva el mandato de los Reyes Católicos, mayoritariamente de parte de la Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León de tener un comportamiento moralmente ortodoxo, ya que para el Rey Fernando “el Católico” el almirante de la Mar Océana no es santo de su devoción, su comportamiento será tan atrabiliario y tan desacertado que será destituido (año-1500) y encerrado en la prisión de Valladolid, desde donde volcará su veneno hacia el monarca católico al que le acusa de falta de agradecimiento. ¡Ah! Por cierto, en la página-10 mal la titulación de la Reina, ¡nunca solo reina de Castilla!, sino Reina de Castilla y de León. ‘Porque yo soy la reina e subcessora destos reinos de Castilla et de León’. El autor nos indica que sería el críptico marinero onubense, Alonso Sánchez de Huelvo el que enseñó, en su casa de la isla de Madeira, a Cristóbal Colón los planos y mapas que había ido pergeñando sobre las nuevas tierras americanas.

En España, Fernández de Oviedo, López de Gómara, Garibay, Hernando Colón (el propio hijo natural de Cristóbal), Castellanos, el Inca Garcilaso (que identifica al descubridor con Alonso Sánchez), todos ellos cronistas de primer orden. Y sobre todo Bartolomé de las Casas, primero colono y después sacerdote dominico en las Antillas cuyo padre y tíos fueron compañeros de Colón y que tuvo en sus manos el Diario (perdido) de este. En su Historia de las Indias -que ignoraba la historia romántica ya no se publicó hasta 1875 en Madrid (y se conoció en Francia aún más tarde)- Las Casas llegaría a escribir sobre la existencia del primer descubridor: ‘Tan cierto iba (Colón) de descubrir lo que descubrió y de hallar lo que halló, como si dentro de una cámara, con su propia llave, lo tuviera (…). Esto es lo que entre nosotros se platicaba y tenía por cierto’. Hoy confirman todo esto las investigaciones del especialista Juan Manzano, publicadas en su Colón y su secreto que ha convencido al hispanista francés Bartolomé Bennassar en más del 50%’, según su fórmula”.

Cristóbal Colón solo llegó a explorar Las Antillas, ya que no se acercó al continente americano, y serían los marinos y exploradores andaluces y extremeños, quienes en algunas ocasiones habrían aportado los caudales necesarios para poder hacer frente a aquella descomunal empresa, los más conspicuos descubridores. La Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León quedó muy descontenta, y hasta desconcertada, de aquel comportamiento del almirante tan mercantilista, y donde incluso se le indicaba a la soberana que la mansedumbre y poco belicismo de los ciboneys y los tainos les haría individuos específicos para ser obligados a trabajar bajo el régimen de explotación esclavista, este aserto considerado escandaloso, por la soberana, conllevaría el aherrojamiento del almirante. Las Indias, para Colón, eran un establecimiento exclusivamente comercial, de modo y manera espuria, y en el que todos, españoles e indígenas, trabajaban de la forma más indigna que se pueda concebir, y todo ello para enriquecer a la familia de Colón. Este comportamiento será el que se corrija, total y absolutamente, desde la corte de los Reyes Católicos, y luego por Carlos V y Felipe II, sobre todo. Francisco Roldán, que era Administrador y Alcalde Mayor de la isla de La Española protestó con toda energía ante los abusos y esclavitudes indígenas realizadas por los tres hermanos Colón, y Cristóbal, Diego y Bartolomé Colón fueron destituidos de forma fulminante.

El ermitaño-benedictino de Montserrat y amigo de la infancia de Fernando “el Católico”, Fray Bernardo Boyl, primer vicario en Las Indias, se sintió sumamente disgustado por el comportamiento de Colón; ya que la esclavización de los indios antillanos era un crimen de lesa majestad, contrario a los deseos de los Reyes Católicos, y que repugnaba sobre todo a la reina Isabel. La Instrucción (29 de mayo de 1493) regia obligaba a la evangelización positiva, por medio del envío de los misioneros necesarios para ello. Dicha norma bendecía que se hubiesen encontrado indios muy preparados y prestos para ser evangelizados, ya que: ‘no tienen ni ley religiosa ni secta’. Era obligatorio e innegociable ad contrarium de que no fuesen tratados amorosamente, y estaba prohibido que se les infiriese el más mínimo daño. Por todo lo que antecede, cuando se comienzan a recibir en las Españas grupos de indios para ser vendidos como esclavos, la Reina Isabel “la Católica” reaccionó de forma fulminante. En el año de 1495 obligó, de forma taxativa, a un primer barco con indios esclavizados a fuesen devueltos y libres a sus tierras, y ya en 1499 anunció pública y solemnemente que todos aquellos españoles que hubiesen traído indios esclavizados a los Reinos de Castilla y de León y de Aragón deberían devolverlos libres a sus tierras de las Antillas, bajo pena de muerte para el traficante o esclavista. Por lo tanto, en el año de 1500 el comisionado regio, Francisco de Bobadilla llevó a los indígenas hasta Santo Domingo, y los hizo liberar, para a continuación prender y destituir a Cristóbal Colón. Con este acto, único entre todos los imperios, la esclavitud sistemática de los aborígenes americanos llegaba a su final.

La reina misma, en 1503, y en los días que precederían a su muerte el año siguiente, había definido con varias cédulas la institución que debía reemplazar para los indios la esclavitud colombina. Una institución que marcará dos siglos de historia americana y sería ocasión para la contestación que ilustrará Las Casas: la encomienda. Al menos se trataba entonces de una primera forma de esta institución que luego evolucionaría mucho: ‘la encomienda de servicio personal como la define el especialista Silvio Zavala”.

Es preciso indicar el error de algunos historiadores, y sus indoctos seguidores, que estriba en considerar al dominico fray Bartolomé de Las Casas como el paradigma de la verdad absoluta, y nada más lejos de la realidad, ya que el antañón encomendero y luego obispo, nunca fue un analista riguroso de las instituciones; verbigracia se ha escrito, de forma errónea, que la Encomienda desposeía a los indígenas de su libertad y de sus tierras; ya que, en ninguna circunstancia, se tocaba la propiedad de las tierras a los aborígenes, los cuales conservaban su libertad y su propiedad personal o colectiva sobre sus tierras, conservando su domicilio personal, su libertad familiar y la plenitud de su capacidad jurídica y civil.

Esta encomienda instituida por Isabel tenía cuatro propósitos. El primer objetivo era evitar que los indios permanecieran desperdigados en la jungla, hambrientos, salvajes y paganos. El segundo era crear poblados auténticamente indios en los que se les civilizaría y cristianizaría (estaba previsto un sacerdote para cada poblado). El tercer propósito era encomendar cada uno de los poblados a una persona buena española, encargada de gobernar y de proteger a sus indios contra posibles abusos físicos, financieros o comerciales perpetrados por los europeos. En fin, el cuarto objetivo era el de asegurar que el trabajo para el que los indios podían ser requeridos, en beneficio de algunos españoles, por repartimiento de mano de obra que decidía el gobernador, diera lugar al pago de salarios justos. Quedando bien claro que los indios realizarían ese trabajo: como personas libres que lo son, e no como siervos, y que deberían ser bien tratados”. Está claro que la inteligente y diligente Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León era la que otorgaba razón ineluctable a la política de los hispanos en Las Indias, calificación global de las Españas en Las Indias de 8,5 sobre 10. Aprovecho para recomendar mi 12º libro de Historia (Historias de la Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León, Alderabán, 2026).

«Que la evangelización de América fue una de las empresas más significativas de nuestra historia es un hecho reconocido. Sin embargo, ha sido objeto de no pocas tergiversaciones, incluso por los propios investigadores, que llevados por intereses ideológicos, sucumben a los anacronismos. Jean Dumont, en La Hora de Dios en el Nuevo Mundo, no pretende mitigar la leyenda negra contraponiendo una leyenda rosa, sino exponer los hechos que pongan las cosas en su lugar. Y para ello el historiador se adentrará en la vida misionera de cuatro hombres excepcionales: Jerónimo de Loaisa, santo Toribio, Vasco de Quiroga, y Bernardino de Sahagún. Con ellos, el lector compartirá la aventura de quienes tenían sobre sí la tarea y la responsabilidad de civilizar las tierras del Nuevo Mundo. Tamaña responsabilidad no habría podido llevarse a cabo sin la intervención de Isabel la Católica, a partir de la encomienda, en 1503, cuando quedó claramente expresado que los indios deberían ser bien tratados. Pero la tarea exigiría al menos un siglo para comenzar a echar raíces. Y sería entre los siglos XV y XVII cuando estos hombres, Loaisa, Toribio, Quiroga y el menos afortunado, Sahagún, harían prender la evangelización como un reguero de pólvora por la adhesión masiva y apasionada de los indios, que aspiran a lo que no tenían cuando estaban sometidos a señores naturales’, exageradamente alabados por Las Casas: el final del baño de sangre, la paz fraterna de la pax hispánica, que se quería pax católica. De esta manera y no de otra, mediante esta intervención institucional, educativa, curativa y liberadora, fue posible la Hora de Dios». ¡Estamos ante uno de los maestros de la historia hispánica de los siglos XV-XVI. Libro muy recomendable, justo y necesario sobre la América Hispana y las Españas! «Terror Normanorum libera nos Domine. ET. Quam ne alieno arbitrio dimitteret, memor pristinarum virtutum venenum, quod semper secum habere consuerat, sumsit».

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