• Diario Digital | Martes, 21 de Agosto de 2018
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ESPASA LIBROS, 2018, 192 PÁGINAS

"¡Viva Tabarnia!", de Albert Boadella

Albert Boadella es uno de los principales referentes del panorama cultural español. La ironía y el humor constituyen herramientas que maneja con precisión. Ambas aparecen en la obra que tenemos entre manos. Sin embargo, quien piense que se va a encontrar un libro cómico y desenfadado se equivoca. La denuncia de la gravedad del escenario catalán actual, consecuencia de la acometida rupturista impulsada por formaciones como PDeCAT, ERC y las CUP, supone la razón principal de que ¡Viva Tabarnia! haya visto la luz.

"¡Viva Tabarnia!", de Albert Boadella

El autor se posiciona y evita caer en el buenismo equidistante que caracteriza a ciertas posturas cuando abordan la “cuestión catalana”. Boadella da nombres y apellidos de los causantes de la fractura social apreciable en Cataluña: los nacionalistas, empezando por Jordi Pujol y sus respectivos gobiernos, cuyo mensaje influyó notablemente en otras formaciones, en particular sobre el PSC. Con sus mismas palabras: “Ciudadanos es un partido que surge porque entiende que Cataluña se ha convertido en un régimen, puesto que la oposición de izquierdas se ha pasado al nacionalismo. Si el Partido Socialista hubiera cumplido con sus postulados esenciales de solidaridad y universalidad y hubiera mantenido un freno a las tesis nacionalistas, Ciudadanos no hubiera surgido (…) La indignidad del PSC le ha beneficiado al separatismo”  (págs. 111-112).

¡Viva Tabarnia!En el prólogo Mario Vargas Llosa pone el acento en la figura del “Molt Honorable” como arquitecto de una deriva separatista que en los últimos tiempos ha acelerado su ritmo y que por tanto, no tiene su origen ni en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña (año 2010), ni en la negativa posterior de Mariano Rajoy a conceder el pacto fiscal a Artur Mas. Ambos mantras se enarbolan primero y se magnifican después desde diferentes posiciones periodísticas y académicas, lo que en última instancia exime de responsabilidad a los verdaderos culpables.

Boadella desenmascara el discurso con el que el nacionalismo catalán ha captado voluntades, no sólo en Cataluña cabe añadir. Para ello, el dramaturgo rechaza todo lo relacionado con la corrección política: “si existió una auténtica víctima del franquismo esta pudo haber sido Almería o partes de Andalucía y de Castilla, cuyos habitantes tuvieron que coger las maletas y venirse aquí (…) El franquismo fue una desgracia, pero no hay que hacerla mayor con mentiras” (p. 35). En consecuencia, “para el nacionalismo fascista es su acusación preferida y siempre en referencia a algo que tiene que ver con España” (p.56).

Asimismo, añade otro argumento fundamental para entender lo que actualmente acontece: la adulteración (como sinónimo de falsificación) de la historia por ese nacionalismo catalán tan excluyente como liberticida, lo que le ha llevado a crear artificialmente un enemigo (España) al que responsabiliza de las penurias que acosan a Cataluña. A modo de ejemplo de esta afirmación, Boadella sentencia que “lo esencial de este episodio es que los independentistas argumentan que en 1714, Cataluña era un país que luchó contra Felipe V porque ya tenía conciencia de su singularidad nacional. Ante eso, ¿qué se puede argumentar?” (p. 43). De tal modus operandi se deriva otro rasgo perceptible en aquellos que encabezan “el procés”: el victimismo, siempre asociado a  un listado de agravios imaginarios.

Toda esta contextualización resulta muy oportuna puesto que le permite al autor adentrarse en el presente y valorar la reacción de una parte significativa de la ciudadanía catalana durante los pasados meses de septiembre y octubre. El 1-O, los posteriores escraches nada espontáneos y sí muy coordinados realizados contra la Policía Nacional o las transgresiones constantes de la ley, provocaron la respuesta de esa disidencia que durante décadas había estado callada y/o silenciada. Más en particular, Boadella evalúa positivamente el discurso del Rey, considerándolo una suerte de catalizador: “se dirigió de una forma directa y sin ambages a la ciudadanía, asumiendo el papel de primera autoridad de Estado. La gente indudablemente se sintió arropada por esta iniciativa” (p. 154).

¿Cómo ve el autor la conducta del Gobierno de la Nación durante el pasado otoño? La juzga negativamente por su carácter tardío e ineficaz. De esto último la convocatoria (precipitada) de las elecciones autonómicas del 21 de diciembre supone el paradigma. Esos comicios arrojaron un resultado desolador: a pesar de las tropelías e ilegalidades cometidas por el nacionalismo catalán, la ciudadanía no alteró sustancialmente sus preferencias por él, fenómeno que lamenta amargamente Boadella. Como reacción surgió Tabarnia que en sus pocos meses de vida, merced a la combinación de un conocimiento perfecto del escenario y de un manejo magistral del sentido del humor, ha llevado ante la opinión pública nacional la magnitud de lo que ocurre en Cataluña.

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