“Sus ojos observan todo cuanto la alcoba contiene, iluminada por la luz de la luna que entra por una ventana situada a una altura considerable del suelo. En un rincón, una caja de madera con incrustaciones sostenida por altas patas guarda la peluca de delgadas trenzas de cabello humano que la esposa real ha llevado puesta ese mismo día. Descansa al lado de otras no menos elaboradas. En otro rincón, unos pies de madera sostienen grandes tinajas cuya superficie encalada hace destacar las guirnaldas azules de capullos de loto que tienen pintadas a su alrededor. A través de la cortina de lino vaporoso que envuelve el dosel dorado casi en el centro de la estancia, vislumbra a Mutemuia y la sábana de lino fino que a duras penas oculta las formas de la reina, tendida en una cama de ébano, cuyos soportes han sido construidos en forma de patas de león”.
Hasta tal punto es así la novedad religiosa y sociopolítica que al faraón Akhenatón se le calificará como ‘el faraón impío’. Este momento histórico es tan diferente que luego el odio o la damnatio memoriae por parte del faraón Horemheb (1319-1307 a.C.) fue de tal calibre que destruyó todo lo habido y por haber, borrando casi todas las huellas de esa pareja regia, si es que Nefertiti no sobrevive a su esposo y gobierna con una característica de un monarca sensu stricto. La obra es un sumatorio global de historia, de arqueología y de ficción. El libro parte del reinado del padre de Amenofis IV, el llamado Rey Sol, Amenofis III (1391-1353 a.C.), quien sería el que crearía las condiciones para el ulterior culto atónico de su hijo y sucesor. La degradación del dios Amón-Ra está fuera de toda discusión, ya que este hecho culminará en el odio de los sacerdotes al nuevo soberano, y todo culminará con Tutankamón, ‘el faraón niño’. Nefertiti y Akhenatón se convirtieron ya en dioses en la tierra, porque el culto solar o a Atón conllevó una auténtica revolución radical, al conseguir fusionar una nueva concepción del arte, el urbanismo, la religión, la sociología y la política, y este conglomerado nunca se había mutado hasta ese punto. Existe una inscripción de tipo jeroglífico en la que se indica, sin circunloquios, que: ‘el rey es en la tierra lo que Atón en el cielo’.
Deseo indicar que las condiciones creadas por este final de la XVIII dinastía, conllevarán que ya en la XIX, los reyes cambien su titulación y comiencen a denominarse como faraones, equiparando su persona divina a su casa o palacio, Per Aa. Akhenatón y Nefertiti siguen teniendo admiradores y detractores, casi como en su época. El soberano puede ser denominado dentro de los dos extremos de los calificativos, desde un tirano incestuoso, que mantenía relaciones con sus hijas; lo que no era raro en Egipto, Ramsés II (1290-1224 a.C.) lo hará también; hasta el de ser un monarca claramente innovador.
“Un joven pálido y enfermizo asciende al trono de Egipto. Protegido por una madre tan sagaz como poderosa, se sirve de la autoridad que acaba de adquirir para estudiar una religión arcaica: el culto al dios solar. Sus prospecciones académicas en las bibliotecas de los templos lo han llevado a rebelarse contra Amón-Ra, rey de los dioses, y su corrupta clase sacerdotal. El joven rey es tan sólido mentalmente como desmañado y de proporciones poco armoniosas en lo físico. Su voluntad, firme e inflexible, no casa con la fragilidad de sus larguiruchas extremidades. La juventud del soberano no le impide percibir rápidamente que los religiosos, atiborrados del botín obtenido en las campañas militares de sus belicosos predecesores, se alimentan ahora como un parásito abotargado del organismo del pueblo egipcio”.
Deseo resumir, sensu stricto, como esta obra nos aproxima, de forma totalmente rigurosa a la actividad política de esta regia pareja. Después de haber sido borrado de la historiografía del Reino del Alto y del Bajo Egipto, siglos después ha recuperado fama histórica al ser calificado como el notorio ‘faraón hereje’, por haber intentado convertir a su poderoso reino en un estado monoteísta, arrinconando al enorme panteón tebano. La egiptología ha estabilizado la evolución de su familia, y por ello se tiene ya la convicción de que Tutankhamón (1333-1323 a.C.) era su hijo, aunque sigue sin despejarse el misterio sobre quien es, aunque parece ser que su sexo sí es masculino, su sucesor llamado Smenkhkare (1335-1333 a.C.), y al faraón-niño lo sucederá un críptico personaje, probablemente su abuelo, vinculado al alto sacerdocio de Karnak, Aya/Ay (1323-1319 a.C.). En suma, la trasparencia con la que se inició esta XVIII Dinastía (1550-1307 a.C.), dentro del Imperio Nuevo (1550-1070 a.C.) se transformará en una serie evolutiva de soberanos que presentan un cúmulo de características tan extrañas que atraen hasta a los seguidores amateurs de Egipto, y no solo a los egiptólogos profesionales. Akhenatón y Nefertiti fusionaron religión y política como nunca se había hecho antes en el País del Nilo. Este libro realiza un importante periplo a través de excavaciones, sobre todo en el Valle de los Reyes, museos, textos jeroglíficos y objetos definitorios asombrosos, todo ello para definir a esta fascinante pareja. Por encima de todo ello sobrevuela ese hermoso, por antonomasia, busto de la reina Nefertiti, que define e ilustra como era el rostro bellísimo e inteligente de la reina. En sus diferentes pinturas aparecen diferentes relaciones de la pareja real con sus hijas, en posturas afectivas y familiares como nunca realizado hasta ese momento histórico. Tampoco se puede olvidar la máscara de oro de su hijo Tutankhamón, que tantos ríos de tinta ha supuesto para el acercamiento necesario a esta dinastía XVIII.
“Solo encuentra consuelo y apoyo en su esposa, mujer joven y de gran belleza. Juntos, crean un culto revolucionario consagrado a un dios afectuoso y universal al que no cabe imaginar dentro de los ídolos de aspecto rígido y cabeza de animal de la antigua religión. La pareja real se entrega y destina todos los recursos de Egipto a la veneración de una deidad única que se encuentra en todas partes y que, sin embargo, no tiene más forma física que el orbe flameante del sol. El joven rey se regocijó en el amor que otorga a la humanidad su dios solar universal, mientras que reserva su cólera a los dioses antiguos, cuyas estatuas y relieves atacan con fervor sus incondicionales adeptos. Demuestra su devoción a su padre verdadero en ostentosas expresiones de amor a su familia, en especial a sus hijas, y se deshace en mimos a su creciente prole y a la mujer de serena belleza que tiene por consorte”.
Akhenatón y Nefertiti consiguen mantener a sus pies a todos los egipcios, creando una nueva religión, que tampoco sabemos cómo llegó a esa convicción de innovar y orillar la relación de los egipcios con sus dioses ancestrales. Se estima por los historiadores y egiptólogos que el faraón citado presentaba apetitos sexuales insaciables, y que aquel nuevo régimen no consiguió su ascenso por medios excesivamente pacíficos.
«La de Akenatón es una de las figuras más enigmáticas y controvertidas del antiguo Egipto. Después de haber sido borrado de la historia por sus sucesores, siglos más tarde alcanzó la fama como el célebre ‘faraón hereje’ que había intentado convertir a su pueblo al monoteísmo, mientras que otros vieron en él a un tirano incestuoso que estuvo a punto de arruinar el reino que gobernaba. La máscara funeraria de oro de su hijo Tutankamón y el busto pintado de su esposa Nefertiti son los objetos más reconocibles de todo el Antiguo Egipto. Pero, ¿quiénes eran Akenatón y Nefertiti? ¿Qué sabemos realmente sobre estos gobernantes que vivieron hace más de tres mil años? Aunque el descubrimiento de su tumba convirtiera a Tutankamón en el faraón más recordado del antiguo Egipto, su gobierno de nueve años palidece en comparación con el reinado revolucionario de sus padres. Akenatón y Nefertiti se convirtieron en dioses en la Tierra al transformar el culto solar egipcio, al introducir innovaciones radicales en el arte y el urbanismo, y al fusionar la religión y la política de una forma nunca vista hasta entonces. Combinando una erudición fascinante, el suspense propio de una investigación detectivesca y la emoción de la aventura, ‘Dioses en la Tierra’ es un viaje a través de excavaciones, museos, textos jeroglíficos y artefactos asombrosos. De pista en pista, los renombrados egiptólogos John y Colleen Darnell reconstruyen la historia jamás contada del magnífico reinado de Akenatón y Nefertiti». Acepto la definición de Zahi Hawass sobre esta obra de: ¡Fascinante, y añado el de una narración soberbia por su riqueza de matices! «Roma locuta, causa finita. ET. O tempora, o mores!».
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