Tras el mito que la convirtió en un lugar único del imaginario colectivo, nos podemos hacer la pregunta: ¿cómo era la Babilonia real? Lloyd Llewellyn-Jones explora más de 2000 años de historia de esta gran metrópolis del mundo antiguo: desde sus comienzos como pequeña comunidad agrícola y puerto fluvial, hasta su consolidación como centro político, cultural y religioso de Mesopotamia. En ese recorrido aparecen siglos de conflictos, invasiones, destrucciones y renacimientos: la derrota frente a los hititas, el enfrentamiento con el poder asirio, la conquista de Jerusalén y el surgimiento de un imperio que llegó hasta el Mediterráneo. La historia abarca desde Hammurabi, célebre legislador, y los monarcas casitas hasta Nabucodonosor II, durante cuyo reinado Babilonia vivió un esplendor deslumbrante, y la llegada de Alejandro Magno, seguida por el declive de la ciudad. Todos nos imaginamos a la torre de Babel como símbolo de Babilonia. En realidad, era un zigurat de 92 metros de lado y de altura, un gran cubo de cinco o seis alturas con sus correspondientes terrazas. Así nos llegó por la representación bíblica de Babilonia, que respondía a una preocupación teológica, y la vinculó con el trauma del exilio babilónico judío. Sostuvo que “la mayoría del Antiguo Testamento se escribió durante ese exilio y en los siglos posteriores, y relacionó relatos del Génesis con mitos babilónicos como el poema babilónico Enuma Elish”. Sobre los zigurats, el autor explicó que eran pirámides escalonadas con un núcleo de adobe, revestido después con ladrillos, y que requerían reparaciones constantes. Según indicó, la construcción nunca se consideraba terminada: siempre había trabajadores fabricando ladrillos y reparando la estructura; en tiempos de Nabucodonosor II, la capa exterior podía incluir hasta ladrillos vidriados. El catedrático de la Universidad de Cardiff señaló durante la entrevista que “autores cristianos del siglo II usaron Babilonia para aludir al Imperio romano, presentado como una nueva Babilonia condenada a caer” y añadió que “Martín Lutero recurrió a esa imagen contra la Iglesia católica romana y que, en la Jamaica de los años treinta, el rastafarismo contrapuso la Babilonia del Imperio británico al Sión etíope”.
“Babilonia era una metrópolis multicultural y conectada por canales”El entrevistado describió Babilonia como “una ciudad multicultural y caótica, con grandes avenidas y callejuelas”, y afirmó que “fue mayor que cualquier ciudad egipcia de su época, incluidas Tebas y Menfis”. Advirtió que las cifras demográficas son imprecisas, aunque situó probablemente su población en torno a dos millones de habitantes en tiempos de Nabucodonosor II. Para el historiador, “Babilonia se asemejaba más a Venecia que a una ciudad-estado”, aseguró. Lloyd Llewellyn-Jones describió Babilonia como bastante autosuficiente gracias al control del agua y a miles de canales de irrigación construidos desde el Éufrates, un río que calificó de impredecible. Algunos canales atravesaban la ciudad; también mencionó leyes para mantenerlos y el deber de los agricultores de asegurar que el agua siguiera circulando. “El agua era muy importante para la ciudad”, señaló. Tanto el Tigris como el Éufrates proveían de agua a la ciudad y a los terrenos fértiles que la rodeaban.
Gracias a que escribían sobre arcilla, se han podido conservar numerosos documentos pese a la destrucción de alguna de sus bibliotecas como la de Nínive. Algo parecido paso en Egipto con el incendio de la biblioteca de Alejandría. Sí se han conservado muchas de esas tablillas, entre ellas numerosas cartas del emperador Hammurabi. El autor destacó el archivo conservado en Mari, ciudad rival situada en Siria, donde Zimri-Lim guardó correspondencia recibida del rey. “Según su lectura de esos documentos, Hammurabi tenía grandes capacidades, pero también un temperamento feroz y se ofendía con facilidad”, apunta Lloyd Llewellyn-Jones. Pese a eso, es el emperador preferido del historiador. Aunque el imaginario popular, señala que la ciudad era un centro de perversión, nada más lejos de la realidad. “Bien es verdad que les gustaba el arte erótico y la buena vida, pero eran muy cultos. Tenían una medicina muy avanzada para la época, al igual que la arquitectura y agricultura”, enumera el investigador. Lloyd Llewellyn-Jones es catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Cardiff. Está especializado en la Persia aqueménida y la historia sociocultural griega, así como en la recepción de la Antigüedad en la cultura popular. Es editor jefe de Edinburgh Studies in Ancient Persia para la Edinburgh University Press y coeditor general de Screening Antiquity, también para EUP. Nacido en el sur de Gales y educado en Hull y Cardiff, Lloyd viaja con frecuencia por Oriente Próximo, a menudo dirigiendo viajes culturales, y ha actuado como asesor histórico para importantes películas de Hollywood y para documentales de televisión. Es autor, entre otros, de Los persas (Ático de los Libros, 2024) y Las Cleopatras (Ático de los Libros, 2025). Le encantan el teatro y la ópera. Puedes comprar el libro en:
+ 0 comentarios
|
|
|