Este es otro gran acierto editorial, ya que el acercamiento al gran genocida de Cartago, en la Tercera Guerra Púnica, realza el que se haya realizado una obra sobre él. Destructor y exterminador hasta los cimientos de la gran ciudad y civilización de Cartago, a la que no le dejó ni los ojos para llorar; y conquistador inmisericorde de Numancia, la orgullosa capital de los celtíberos-arévacos, a la que arrasó. Estamos pues, ante una obra esencial dentro de la historiografía de la Antigüedad sobre: Publio Cornelio Escipión Emiliano ‘Numantino’ y ‘Segundo Africano’. Es preciso citar el nombre de su ínclita hija llamada Cornelia, madre reputada de Tiberio Sempronio Graco y Gayo Sempronio Graco, y esposa de uno de los optimates más éticos de la historia republicana romana, Tiberio Sempronio Graco. Escipión Emiliano es, indudablemente, uno de los militares y estadistas más importantes de la República del SPQR. Sería el romano encargado y facultado por la Historia para destruir a dos los más paradigmáticos enemigos de Roma, cada uno en una esfera diferente, la Numancia de los celtíberos-arévacos y la Cartago norteafricana, esta última la gran civilización imperial que había puesto todo tipo de trabas al poder omnímodo de Roma, pero eso sí con otro sentido diferente de la ética, y todo ello en el siglo II a.C. Para enfrentarse a esos dos encarnizados enemigos obtendrá los consulados fuera del orden legal establecido; luego sería censor, asimismo los optimates se le enfrentarán por su deseo de monopolizar el poder, para finalizar chocará frontalmente con los tribunos de la plebe con el motivo de la ley agraria preconizada por su pariente Tiberio Sempronio Graco, y pasaría a mejor vida en unas más que extrañas circunstancias, hecho que parece encubrir un auténtico crimen político entre optimates o patricios. En la época de Escipión Emiliano se produce un hecho cultural esencial en Roma, y que estriba en la profunda helenización de la urbe capitolina, aceptado el hecho por la oligarquía dirigente, y luego por el resto de la población; de ello Escipión Emiliano sería uno de los más primigenios responsables. “Emiliano vivió una época de grandes transformaciones, que señalan la transición desde el período pleno republicano hacia la crisis de la República romana. Estas transformaciones se produjeron tanto en el ámbito político, como económico o social. Su vida se inició unos quince años después de que Roma derrotara a Cartago en la Segunda Guerra Púnica, cuando le arrebató sus posesiones en la península ibérica, además de las que ya había adquirido en Sicilia, Córcega y Cerdeña. Con ello, la ciudad se había convertido en la potencia indiscutible del Mediterráneo central y occidental, pero su dominio no era incontestado: no solamente Cartago subsistía como un estado importante del norte de África, sino que desde Grecia hasta Mesopotamia se extendían las monarquías helenísticas sucesoras de Alejandro Magno, reinos de grandes dimensiones, grandes riquezas y un gran potencial humano, cuya mirada no dejaba de posarse en la península italiana; la reciente experiencia de Pirro, un rey de un reino balcánico de segunda categoría, el Epiro, lo había puesto de manifiesto. Por el contrario, cuando murió Emiliano, no solo Cartago había desaparecido, sino también el reino de Macedonia, directo sucesor de Alejandro, y los reinos de Siria y de Egipto se había convertido en Estados clientes en cuya política interior Roma intervenía cada vez con mayor libertad. Aún no era la única potencia del Mediterráneo y este aún no se había convertido en un mare Nostrum, pero faltaba poco para que lo fuera”. Todas las conquistas realizadas por las poderosas legiones del SPQR produjeron la llegada de una plétora de riquezas a la metrópoli, y, además, una gran cantidad de mano de obra esclava procedente de los cautivos obtenidos en las numerosas guerras desarrolladas y, porque no decirlo, ganadas. La plebe no consiguió una importante mejoría en su estado vivencial, pero sí los senadores y, además, si lo fue para otra capa social que era emergente, y que estaban dedicados a operaciones comerciales y financieros, estos eran los caballeros o equites, quienes incluso ya comenzaban a ocupar los puestos de prefectos del pretorio en las diversas provincias, uno de los más destacados por la historiografía sería Lucio Poncio Pilato. Las riquezas que casi entraban a espuertas en la urbe capitolina serían, asimismo, invertidas en múltiples obras públicas, útiles o suntuarios, desde villas, hasta las afamadas vías que unían a toda la República, pasando por los templos o los puentes. No obstante, todas estas cuestiones económicas mejoraron a cambio de un gigantesco gasto en pérdidas de vidas humanas legionarias, caídas en las diversas y complicadas campañas militares. “La biografía de Escipión Emiliano está condicionada por la presentación parcial e idealizadora que Polibio ha transmitido de él y, en realidad, por la reinterpretación de toda la historia familiar, incluyendo, verosímilmente, episodios inexactos destinados a magnificar la figura del segundo Africano mediante la exaltación de los logros de su abuelo adoptivo, Publio Cornelio Escipión Africano el Mayor. Desde la propia Antigüedad, principalmente desde Cicerón, su figura se convirtió en un exemplum, un modelo, por su continentia (autodominio) y su clementia, y este modelo pasó a escritores de la Edad Media y del Renacimiento. Ahora bien, la creación de un modelo, vital y literario, exige una dosis de deformación que la investigación y la restitución histórica necesitan corregir”. La familia de los Escipiones se comportaba como un auténtico clan, y estaba claro que eran un obvio e indiscutible grupo de presión, tanto en la Roma capitolina como en las provincias. Durante el período republicano existen dos grupos sociales enfrentados, patricios y plebeyos, que no tienen más remedio que llegar a un arreglo para el bien común de ambos grupos. Se colige que los patricios eran predominantemente ganaderos, mientras que los plebeyos eran pequeños y medianos agricultores. Cuando los reyes desaparezcan de la forma de gobierno, el mando o imperium pasará a manos de dos nuevos magistrados patricios elegidos únicamente por un año, y a los que se denominan cónsules, luego el pacto social obligará a la introducción de plebeyos en el consulado. “La historia de Roma durante los dos primeros siglos de la República es en gran medida el relato de la lucha de los plebeyos contra los patricios a fin de obtener al acceso a las magistraturas. En esta lucha estaban especialmente interesadas las familias plebeyas más ricas, que votaban en la primera clase censitaria y que eran las únicas que tenían la cualificación económica para poder ejercer el poder. Los plebeyos de las clases inferiores estarían interesados más bien en acceder a la propiedad del ager publicus mediante repartos de tierras, pero solamente si apoyaban a los plebeyos ricos podían esperar que estos, una vez alcanzado el consulado, tomaran iniciativas legales en ese sentido”. No se conoce ningún retrato o descripción física de Escipión Emiliano que nos informe de como era. Se cree, por la descripción de Apiano, que no era alto, ya que durante el asedio de Intercatia se enfrentó a un celtíbero que impresionaba con su corpulencia, pero el romano le pudo vencer con sus armas, a pesar de su pequeño tamaño. Se conoce, por Polibio que cuidaba mucho su aspecto físico, ya que por primera vez introdujo la moda de afeitarse. En suma, estamos ante un libro muy interesante sobre uno de los militares más destacados de la Historia de Roma, y con estas pinceladas deseo se pueda uno acercar a esta obra extraordinaria, escrita por un especialista de la Historia Antigua, como es el profesor Manuel Salinas de Frías. «Cartago, Numancia. Dos ciudades, dos nombres, que despertaban pesadillas en los romanos del siglo II a.C., recordando los aciagos días en que Aníbal puso contra las cuerdas a sus abuelos y el rosario de derrotas que los celtíberos habían infligido a las legiones en Hispania. Fue Publio Cornelio Escipión Emiliano quien, de una vez por todas, exorcizó esos miedos: Cartago fue arrasada hasta los cimientos, después de un atroz asedio, y Numancia claudicó, su orgullo doblegado ante la tenacidad implacable de un hombre decidido a hacer honor a su estirpe. Porque Escipión Emiliano perteneció a la más laureada aristocracia romana, hijo del Emilio Paulo que conquistó Macedonia y nieto por adopción del primer Africano, el vencedor de Zama. Escipión Emiliano estuvo a su altura, siendo dos veces cónsul y censor, y ganando en el campo de batalla los dos apodos por los que pasó a la posteridad: Africano y Numantino. Este libro de Manuel Salinas de Frías, catedrático de la Universidad de Salamanca, supone la primera biografía en español de una de las figuras más decisivas de la República romana, en un momento de profundos cambios políticos, sociales, culturales y territoriales. La Roma que Escipión Emiliano dejó al morir era mucho más poderosa y extensa que la que vio nacer, ama y señora del mundo conocido, en buena medida por sus acciones. Su apasionante vida permite, además, acercarnos a los problemas a los que la República tuvo que hacer frente en las décadas entre la práctica política tradicional y los nuevos aires que llegaban del mundo helenístico. Ni su prematura muerte, en extrañas circunstancias, ni su enfrentamiento con la plebe a cuenta de la ley agraria de su primo Tiberio Graco lastraron el glorioso legado del destructor de Cartago y conquistador de Numancia, al que podemos hoy saludar como al primero de los romanos de su tiempo». ¡Obra necesaria, diferente, rigurosa, esclarecedora, original, y obviamente algo que no se había hecho hasta ahora, y con suma calidad! «Faber est suae quisque fortunae. ET. Si vis amari, ama. ET. Ad astra». Puedes comprar el libro en:
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