Los problemas de salud de Zenobia Camprubí. Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez contrajeron matrimonio en 1916, y el primer problema grave de salud de Zenobia apareció en 1931: un tumor en el útero -que más tarde derivó en un cáncer agresivo- que requería una cirugía a la que Zenobia rechazó someterse. Dos décadas después, su dolencia se agravó y, a finales de 1951 fue operada en el Massachusetts General Hospital de Boston, extirpándosele un tumor de gran tamaño.
Con su sentido habitual del humor, Zenobia escribió a Juan Ramón una carta en la que comparaba el volumen del tumor con una “sandía de cinco libras”. Aunque la operación le produjo un alivio temporal, el cáncer volvió a surgir un lustro después, y le provocó la muerte -en la Clínica Mimiya, de Santurce, en Puerto Rico- en octubre de 1956, y fue enterrada en el cementerio de Porta Coeli -en Bayamón-, en donde permaneció hasta 1958, año en que sus restos fueron trasladados a Moguer. Obviamente, la capacidad reproductiva de Zenobia había quedado irreversiblemente dañada desde hacía tiempo, imposibilitando cualquier embarazo; y el dolor físico y emocional que ello le produjo marcó para siempre su vida y se tradujo en desgarradores escritos sobre una deseada y frustrada maternidad. En cualquier caso, Zenobia se implicó en proyectos solidarios y de protección a la infancia, ayudando a niños huérfanos y desfavorecidos tanto en España, durante la Guerra Civil, como durante su exilio en América; y, dicho sea de paso, y ante la frágil salud mental de Juan Ramón Jiménez, se había convertido, además, en su factótum, proporcionándole el estilo de vida que necesitaba par crear una obra literaria galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1956. El poema que reproducimos y cometamos a continuación, “Tener un hijo” -uno de los 27 que permaneció inédito hasta 2015 (cf. Diario de juventud. Escritos. Traducciones), y escrito en una fecha indeterminada- es un desahogo personal sobre la maternidad -que no pudo alcanzar junto a su esposo Juan Ramón Jiménez-; una ausencia que toma vida gracias al milagro de la palabra poética.
Tener un hijo
Qué cosa hermosa hubiera sido tener un hijo,
Despertar de la siesta con la sorpresa tierna de su
Tenderse serena a soñar en el placer de su éxito,
/abrazo logrado.
Tenderle un puente cuando vacilara al borde del abismo.
Llevar su alma en pos de un alto anhelo.
Seguirle con los ojos hasta verle lejos.
Espiarle ansiosa espiando su regreso.
Apartar de su lado la acechanza.
Reír, llorar, vivir con él en todo.
Gozar la vida en su más puro gozo.
¡No conocer jamás esta desesperanza!
Tener un hijo
El poema se compone de 12 versos heterométricos, desde las 21 sílabas del verso 3 a las 5 del verso que cierra el poema y que repite el título: “ Tener un hijo”. Y en cuanto a la rima, solo hay dos versos blancos: el 2 -del que hablaremos seguidamente- y el 3; el resto distribuye las asonancias de la siguiente manera:
versos 1, 4 y 12 (el 1 y el 12 reproducen la misma palabra: /í-o/ (“hijo/abismo/hijo”) versos 5, 6 y 7: /é-o/ (“anhelo, lejos/regreso”); versos 8 y 11: /á-a/ ”acechanza/desesperanza”); versos 9 y 10: /ó-o/ (“todo/gozo”).
El verso 2 produce un cierto desconcierto inicial: finaliza con el determinante posesivo átono de tercera persona, “su”; y no se trata de un error de impresión (así está escrito en el texto original), por lo que habría que preguntarse el porqué. Y hay dos posibles explicaciones: o bien una interrupción voluntaria de la autora para crear un “vacío” (eliminando nombres como sonrisa, voz, etc.), que hace más patente la ausencia del hijo que nunca llegó a concebir; o bien se abre un espacio para el silencio: el proyecto truncado de la maternidad se hace así más patente en el lector, ante la brusca interrupción del verso, de manera que la frustración se comparte con él. El poema se abre con una exclamación retórica fuertemente emotiva: “¡Qué cosa hermosa hubiera sido tener un hijo!”. Adviértase el tiempo y modo del verbo empleado: pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo (“hubiera sido”), que sirve para expresar un deseo que ya no se puede cumplir, lo que crea una atmósfera de frustración. Y a partir del verso 2 se inicia una larga enumeración que llega hasta el final del poema y en la que se expresa, por medio de un infinitivo que introduce cada verso, todo aquello que para Zenobia es consustancial con la maternidad, con lo que el sentimiento de frustración va in crescendo: despertar (verso 2), tenderse (verso 3), tenderle (verso 4) llevar (verso 5), seguirle (verso 6), espiarle (verso 7), apartar (verso 8), reír, llorar, vivir (vero 9), gozar (verso 10). Y así, actos cotidianos como los enumerado que constituyen la puesta en práctica del sentimiento de la maternidad se van sucediendo y evocando paulatinamente en la imaginación. Y es en el verso 8 (“reír, llorar, vivir”) donde la acumulación de verbos y su significado elevan el clímax emocional: esos tres verbos pretenden recoger la experiencia humana de una madre puesta al servicio de su hijo para compartir con él todo tipo de vivencias, desde las más alegres a las más tristes. Otro de los versos -el 6- contiene un singular políptoton, “espiar… espiando”, que manifiesta la obsesiva atención que una madre pone en el cuidado de su hijo para asegurarle su bienestar. Y en cuanto al verso 4 (“Tenderle un puente cuando vacilara al borde del abismo”, se ha empleado metafóricamente la locución verbal “tender un puente” para manifestar el nivel de conexión madre-hijo y la férrea decisión de esta de apoyarle y protegerle frente a los peligros e inseguridades que vayan surgiendo en la vida, y que simbólicamente representa el “abismo”. Y un verso emblemático -el 10- que encierra unas ansias de plenitud vital nunca alcanzadas, y que otro políptoton expresa con toda eficacia: “Gozar la vida en su más puro gozo”. Pero llegado al penúltimo verso, la autora deja la evocación de lo que podría haber tenido para volver a la realidad, en una nueva exclamación retórica llena ahora de amargura: “¡No conocer jamás esta desesperanza!”·; la desesperanza en la que se hallará sumida de por vida.
Leyendo este poema queda claro que Zenobia tiene su propia personalidad poética y que, pese al sentido del humor que siempre le acompañaba, a su habitual optimismo y a la fuerza incansable que manifestaba en sus actividades públicas, quien terminaría siendo la esposa de Juan Ramón Jiménez durante 40 años tenía una profunda vida interior con heridas en el alma que encuentran en el mundo de la literatura su cauce de expresión más adecuado.. y en un estilo sencillo, de intensa humanidad, que renuncia a las estridencias retóricas para lograr un sorprendente efecto comunicativo.
Bibliografía.
Zenobia escritora. https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/zenobia-escritora/
Palabras de Juan Ramón Jiménez. El poeta, devastado por la pérdida de su esposa, no acudió a recoger el Premio Nobel de Literatura. En su lugar lo hará su colega Jaime Benítez quien, en nombre del premiado, pronunció las siguientes palabras: “Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración hicieron, durante cuarenta años, mi trabajo posible. Hoy, sin ella, estoy desolado e indefenso”. Puedes comprar su obra en:
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