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Nuestro poema de cada día
Retrato de Zenobia Camprubí, por Joaquín Sorolla. Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez. Universidad de Río Piedras (Puerto Rico).
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Retrato de Zenobia Camprubí, por Joaquín Sorolla. Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez. Universidad de Río Piedras (Puerto Rico).

El descubrimiento de una poetisa largo tiempo desconocida: Zenobia Camprubí. II

miércoles 26 de agosto de 2026, 21:44h
La biografía de Zenobia Camprubí está extensamente recogida en la web casamuseozenobiajuanramonjimenez.com, en el apartado que hay a su nombre, en el siguiente enlace:

Zenobia Camprubí: Diario de juventud. Escritos. Traducciones. Barcelona, Fundación José Manuel Lara, 2015. Emilia Cortés, editora literaria.
Zenobia Camprubí: Diario de juventud. Escritos. Traducciones. Barcelona, Fundación José Manuel Lara, 2015. Emilia Cortés, editora literaria.

Entresacamos algunos detalles relevantes qu sirven para hacerse una idea del carácter de una extraordinaria mujer. En 1926 Zenobia es nombrada secretaria del Lyceum Club Femenino Español, desde donde reivindicó una mayor presencia de la mujer en la sociedad. Junto a María de Maeztu y Rafaela Ortega y Gasset fundó, en 1919, la asociación “Enfermera a domicilio”, encargada de prestar asistencia a familias sin recursos, suministrándoles medicamentos y acompañamiento a consultas médicas. En los primeros días de la Guerra Civil, Juan Ramón y Zenobia colaboraron con la Protección de Menores en el cuidado y alojamiento de niños huérfanos de guerra, y acogieron a doce cuya edad oscilaba entre los 4 y los 8 años. A la vista del empeoramiento de las circunstancias políticas, el matrimonio abandona España y comienza un exilio que será definitivo. Recorrerán Cuba, Estados Unidos, Buenos Aires y Puerto Rico. Zenobia asume el sostenimiento de la economía familiar con trabajos de traducción, artículos, publicaciones y conferencias. Ya en Puerto Rico, y a partir de 1951, será contratada como profesora en la Universidad de Río Piedras. Ese mismo año fue operada de cáncer en en Boston. Fueron tiempos difíciles, en los que Zenobia siguió atendiendo su trabajo y colaborando sin descanso con Juan Ramón en la supervisión de su obra. Pocos años después reaparece la enfermedad, y muere en Puerto Rico el 28 de octubre de 1956, tres días después de que Juan Ramón recibiera el Premio Nobel.

Los poemas inéditos de Zenobia Camprubí.

La publicación, en 2015, del libro Diario de juventud. Escritos. Traducciones, a cargo de Emilia Costés Ibañez, supuso el descubrimiento de 27 poemas de Zenobia Camprubí hasta entonces inéditos. De estos poemas hemos seleccionado dos, que comentamos a continuación.

El centinela muerto
Con tu cuerpo, centinela,
estás la puerta guardando.
Cuerpo tendido y sonrisa,
parece que esté soñando.
Cara de niño y sonrisa,
pareces un ánjel blanco.

Por los caminos del sol,

ya no volverás cantando.

Hay que comenzar por señalar que este poema, más allá de una simple coincidencia temática, no tiene la menor conexión con la muerte del sobrino y ahijado de Juan Ramón Jimenez, “Juanito Ramón” Jiménez Bayo, que falleció combatiendo en el bando de las tropas franquistas, en el frente de Teruel, en los primeros meses de 1938 –tenía 22 años–, y que es un ejemplo de la fractura ideológica de las dos Españas: el hermano de Juan Ramón, Eutaquio, era de tendencia fuertemente conservadora; en cambio, Juan Ramón y Zenobia eran firmes defensores de la legalidad republicana, y abandonaron España para marchar al exilio el 22 de agosto de 1936. El poema de Zenobia Camprubí es anterior. Pero de lo que no hay duda es de que esta muerte causó un impacto emocional devastador en el matrimonio. Según escribe la propia Zenobia en su Diario, el poeta quedó estéril para la creación literaria durante casi año y medio. Y sí hay una relación directa entre la pérdida de su sobrino y la obra Guerra de España, redactada entre 1936 y 1952, y publicada a título póstumo, ya que su dolor personal se proyecta en la visión desoladora qu recorre los textos sobre la Guerra Civil. No olvidemos que Juan Ramón estaba traumatizado por el estallido de la Guerra Civil, por lo que más allá del vínculo familiar, su sobrino-ahijado se convierte en el símbolo de una juventud destrozada por el conflicto bélico, y acrecentó en Juan Ramón su obsesión por la muerte. Como consecuencia de ello, su poesía se tornará más metafísica, pues la palabra poética se va a convertir en el vehículo hacia la búsqueda de la eternidad.

Y otra cuestión previa: la futura estética compartida por el matrimonio lleva a escribir la palabra “ángel”, en el verso 6, con j (“pareces un ánjel blanco”). Los editores han mantenido el criterio de adoptar la convención ortográfica de Juan Ramón Jiménez, que reproduce el fonema /x/ con la grafía j delante de las vocales e/i.

EL poema es un breve romance escrito en versos octosílabos y con rima asonante /á-o/ en los versos pares, Sin embargo, al repetirse la palabra “sonrisa” al final de los versos 3 y 5, ambos versos presentan la rima consonante /-ísa/; un detalle que puede pasar desapercibido si el romance se escribe agrupando los versos en dos cuartetas asonantadas, pero, en cualquier caso, ayudan a aportar musicalidad al texto. Además, esa anadiplosis sirve también para recalcar la idea de que el centinela no manifiesta horror ante la muerte, sino que la afronta con paz serena.

El poema tiene una innegable tonalidad elegíaca: con brevedad y gran ternura, la poetisa evoca la muerte prematura de un joven soldado que desempeña las funciones militares de “centinela”. El poema se concibe como un apóstrofe lírico por medio del cual la poetisa se dirige al cuerpo yacente del centinela que, como si estuviera soñando, continúa en su puesto de guardia vigilando la puerta. Y esta es la paradoja sobre la que se construye el poema: un centinela que vigila estando muerto. La equiparación poética de la muerte con el acto de dormir atenúa las aristas más trágicas de esta realidad intentando dulcificarla. Por otra parte, el símil con el que se asocia la inocencia del joven soldado con “un ángel blanco” espiritualiza, más allá de lo puramente corpóreo, una figura que no ha perdido la sonrisa y que, -insistimos en ello-, parece que está dormido y no muerto. En los dos últimos versos (“Por los caminos del sol, / ya no volverás cantando”), la poetisa abandona el mundo onírico para volver a la cruda realidad, enfrentándose con la muerte: la vida se ha extinguido para siempre y el centinela no puede desandar el camino definitivo: su pérdida es irreparable.

Con los pies desnudos
Con los pies desnudos
y el cabello suelto,
oía la música
en mi pensamiento.
Sentía la música
latiéndome dentro
y también latía
mi corazón muerto.

El poma es un breve romancillo de versos hexasílabos -ocho en total- con asonancia /é-o/ en los pares. No obstante, al repetirse la palabra “música” al final de los versos 3 y 5, ambos versos presentan la rima consonante /-ú-a/, lo que aumenta la musicalidad de un poema que ya cuenta con una palabra esdrújula (verso 6) y dos agudas (verso 7: “también”, verso 8: “corazón”), además de con una continua presencia de palabras con consonantes nasales, una aliteración que dota al poema de una resonancia interna acorde con la profundidad de su contenido.

El tema del texto se percibe con total nitidez: la música como refugio espiritual frente a la desolación anímica; pero no presentado como algo genérico y abstracto, sino como una realidad vinculada a la propia intimidad de la propia poetisa, presente en el texto a través de tres indicadores gramaticales: los verbos en primera persona de singular del imperfecto de indicativo (verso 3: “oía”; verso 5: “Sentía”), el determinante posesivo de primera persona átono “mi” (verso 4: “mi pensamiento”; verso 8: “mi corazón”), y el pronombre personal de primera persona en su forma átona “me” (verso 6: “latiéndome”). Obviamente el verso “mi corazón muerto” que cierra el poema no hace referencia a la muerte física, sino que metafóricamente alude al profundo dolor espiritual al vacío existencial que aqueja a la autora.

No obstante, el poema arranca con dos versos (“Con los pies desnudos / y el cabello suelto”) que contienen una imagen de enorme plasticidad con la que la autora se presenta como dominadora del mundo exterior, afirmando su libertad personal sin ningún tipo de ataduras físicas; y la imagen se completa con los dos versos siguientes: “oía la música en mi pensamiento”; es decir, que atendía los impulsos de su interior, dotando al pensamiento -en una feliz sinestesia- de una capacidad de transformación emocional comparable a los efectos de la música; más aún: “sentía la música / latiéndome dentro” (versos 5-6); pero lo que parecía una situación de felicidad idílica cambia radicalmente en los dos últimos versos, por vía de contraste: “y también latía / mi corazón muerto”. Y no deja de ser significativo el políptoton “latiéndome/latía” que, por la posición de las formas verbales constituye una anadiplosis, aun cuando las palabras no sean exactamente las mismas-, porque refuerza la idea de que esa “música interior” no es más qu la expresión “rítmica” y físicamente constatable de un hondo sufrimiento anímico y, de esta forma, el final del poema coincide con la mayor intensidad del clímax poético que pone una nota de amargura que excede los límites del texto: la música ha dejado de ser un estímulo auditivo placentero para convertirse en un sentimiento que trasluce los estragos de un espíritu emocionalmente destruido.

Pese a todo, la autora se ha manifestado a lo largo del poema de una forma equilibrada, que no presagiaba el final; y para ello ha recurrido a los paralelismos:

versos 1 y 2:

“Preposición (A)+determinante artículo (B)+nombre (C)+adjetivo (D)”:

“Con (A1)+los (B1)+pies (C1)+ desnudos (D1)”,

“[Con] (A2)+el (B2)+cabello (C2)+suelto (D2)”;

veros 3 y 5:

“Verbo en imperfecto de indicativo (A)+determinante artículo (B)+nombre (C):

“oía (A1)+la (B1)+música (C1)”,

“sentía (A2)+la (B2+música (C2)”;

[Obsérvese que se ha pasado de la sensación a la emoción].

De lo que no cabe duda es de la autenticidad emocional que la autora ha exteriorizado en un poema que ofrece un dramático contraste entre sus inicios esperanzadores y su final patético.

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