“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. VII viernes 04 de septiembre de 2026, 18:17h
La exaltación de los sentidos. Leer cualquier página de “Platero y yo” implica sumergirse en un mundo de belleza en el que las experiencias sensoriales tienen un destacado papel poético. Abrimos el libro y nos topamos con un capítulo, elegidos al azar, en el que podemos comprobar cómo las sensaciones, procedentes de cualquier ámbito sensorial e incluso entremezcladas, gracias a las sinestesias, son fundamentales para poder disfrutar de la estética juanramoniana: “El pozo” (capítulo LII), un nombre que se va a cargar de insospechadas resonancias líricas.
El pozo
¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría. Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una pierda a su quietud, gruñe y se enfada. Y el cielo, al fin. (La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido una vida a lo lejos. Se escapa por el pozo el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!) —Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas. Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina. Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Buenos Aires,Espasa-Calpe, 1996.
Nada más terminado de leer el texto sigue persistiendo en la memoria esa combinación de lo visual con lo olfativo que le ha permitido a Juan Ramón crear sinestesias tan delicadas como las siguientes: “una flor azul de olor penetrante”, “parque umbrío y fragante”. Y un aspecto básico del texto es la alusión a la creación literaria, que va llegando a su máximo apogeo cuanto más profunda resulta: “Se escapa por el pozo el alma a lo hondo. [...] Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas”. Y de la boca ese pozo “parece que va a salir el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo…”. Del valor connotativo de la palabra poética es buen ejemplo el arranque del texto: más que el valor significativo de la palabra “pozo” (perforación que se hace en la tierra para buscar una vena de agua), lo que a Juan Ramón le interesa son las emociones que dicha palabra en él despiertan, es decir, su “valor connotativo”, lo que le permite hacer una definición poética: “qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría”. Es como si Juan Ramón tuviera un diccionario poético para su exclusivo uso, y en el qu los adjetivos han desarrollado un sugestivo torrente de matices afectivos en razón de los nombres a los que se aplican; por eso puede “describir” el significado de la palabra “pozo” pozo aplicándole adjetivos tales como “honda, verdinegra, fresca, sonora” (y al anteponerle el adverbio “tan” a cada uno de esos adjetivos intensifica su significado”. ¡Cuatro adjetivos que conforman una sinestesia múltiple en la que se ven implicados los sentidos de la vista (“honda [sombría en razón de la profundidad]/verdinegra” [por la vegetación en las paredes]), el tacto (“fresca” [como sensación térmica]) y el oído (“sonora” [por el ruido que produce en la garrucha la cuerda con la que se sujeta el cubo que desciende por agua])! Además, en la frase inicial, una exclamación retórica (“¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora!”) la aliteración de consonantes oclusivas y de vocales de abertura media evocan la sonoridad hueca del interior del pozo. El segundo párrafo del texto es una descripción pormenorizada e impresionista del pozo: la higuera junto al brocal, adornándolo y desbaratándolo (en referencia a sus tortuosas ramas); el verdín de los ladrillos producido por la humedad; una flor aromática; el nido de una golondrina; al fondo, el agua, quiera como si la de un lago se tratara, y solo alterada cuando se arroja una piedra (y entonces, totalmente humanizada, “gruñe y se enfada”); y, por fin, el cielo en el que se reflejan la luna y las estrellas de la noche. De esta manera, el pozo se va a convertir en el vehículo de conexión entre el mundo subterráneo (que podría representar el subconsciente) y el mundo celestial (la luz de la luna y de las estrellas): el agua del fondo se eleva a la categoría de “espejo espiritual”, ya que refleja “el cielo de la noche”, el universo en toda su amplitud. Se puede afirmar, pues, que “el pozo” es el lugar donde el poeta puede asomarse a su propio interior. Y a su lado, siempre Platero, que tras el éxtasis contemplativo, devuelve al poeta a la realidad terrena. Y la sintaxis, por las categorías gramaticales empleadas, avanza con extremada lentitud, como si el poeta, en una ola de misticismo laico, invitara a los lectores a asomarse al brocal de “su pozo” para llevar a cabo un hondo proceso de introspección. Y al llegar al tercer párrafo, el poeta incluye su contenido entre paréntesis, como si quisiera oponer la realidad a su interioridad. Se trata de un soliloquio puramente poético -ya que no se dirige a Platero-, a modo de ensoñación lírica, en el que creemos ver una alegoría del proceso de creación poética, en especial cuando el poeta afirma: “Se escapa por el pozo el alma a lo hondo. […] ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!”. Tras el paréntesis, el poeta vuelve a la realidad y se dirige nuevamente a Platero, al que hace una confesión que hay que entender en su sentido metafórico y no literal, aunque en la prótasis del periodo condicional haya recurrido al presente de indicativo y no al imperfecto de subjuntivo, como una posibilidad irreal-: “si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas”. Es la expresión poética de un anhelo de trascendencia. Cuando Juan Ramón observa en la oscuridad de la noche el fondo del pozo, el agua, como si de un espejo se tratara, refleja el cielo estrellado, que parece estar al alcance de la mano. No se trata, pues, de acabar con la vida por desesperación, sino de alcanzar la vía para la comunión espiritual con lo más sublime y eterno del universo: la belleza absoluta, a la que el espíritu solo accede a través del arte, que es lo que incansablemente persigue Juan Ramón. Y, de esta manera, el inciso entre paréntesis del párrafo tercero adquiere todo su valor simbólico. Y así surge la palabra de cabecera de Juan Ramón: “eternidad”. Porque la muerte física, como pretexto, se ha trastocado en un acto de elevación poética. En definitiva: “¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!”.
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