25/08/2026@16:16:00
Hay un recuerdo que tengo grabado a fuego de aquellos meses grises de la pandemia, cuando el mundo se volvió pequeño y nos quedamos encerrados entre cuatro paredes. Recuerdo, sobre todo, los días de lluvia. Me asomaba a la ventana y el olor me subía desde la calle: ese aroma a tierra húmeda, a tierra mojada, a vida despertando. En ese momento, sentía una necesidad imperiosa, casi dolorosa, de salir, de tocarla, de pasear descalza. Echaba de menos la casa de mis padres, sentir la hierba fresca bajo mis pies al desayunar, el rocío de la mañana, ese frescor que te reconcilia con el mundo. Estar encerrada me hizo entender que ese olor y esa sensación no eran un lujo; eran una necesidad vital.