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Carolina Molina
Carolina Molina (Foto: Javier Velasco Oliaga)

Carolina Molina: “Falta entender nuestra historia, revisarla y reflexionar sobre ella con mente abierta”

Entrevista con la autora de “El último romántico”

lunes 07 de enero de 2019, 19:00h
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Tiene Carolina Molina dos grandes pasiones: la difusión de la novela histórica y Granada, no necesariamente por ese orden; más bien tanto monta, monta tanto, como aquellos reyes que conquistaron la ciudad nazarí. En “El último romántico”, la autora madrileña vuelve a demostrar su amor por Granada y que mejor que rescatar Max Cid para demostrarlo.

El arriesgado periodista Max Cid lleva ya una larga cruzada para salvaguardar el patrimonio cultural y arquitectónico de Granada. Podrá ser un romántico, pero es un personaje moderno que quiere salvar de la piqueta especulativa magníficos monumentos que deben ser protegidos. En la entrevista, Carolina Molina nos cuenta algunos de los secretos de su nueva novela, siempre de manera rigurosa a la vez que amena.

El último romántico” se presenta como la vuelta del Max Cid de “Guardianes de la Alhambra”. ¿Se puede leer la novela independientemente de su precursora?

Desde luego. Era obligado, no solo por los lectores (a quien siempre intento facilitarles las cosas) sino por conservar el hilo argumental. El narrador es Max Cid y en cada libro habla de un concepto diferente en relación a la protección del patrimonio de su ciudad. En Guardianes de la Alhambra nos cuenta la influencia de los viajeros románticos y de Washington Irving a la llegada de la Alhambra, en Noches en Bib-Rambla se centra en la demolición de monumentos con el fin de ampliar las calles de la ciudad y en El último romántico, reflexiona sobre cómo podemos salvar monumentos a través del periodismo y de la palabra escrita. Muchos periodistas lo hicieron en el s XIX, se involucraron en una lucha que fue peligrosa porque el periodismo era de alto riesgo, con duelos, atentados o censura en muchos casos.

¿En cuántas de sus novelas aparece tan insólito personaje?

Podría decir que en las tres que componen la saga, las que he nombrado antes, pero es cierto que Max está presente en otras novelas, como en El falsificador de la alcazaba, que es la novelita que Max Cid publica sobre la Granada romana y saldrá también, por lo menos de forma figurada, en mi próxima novela que se publicará en el otoño de 2019.

¿Cómo definiría a Max Cid?

Es un luchador nato. Un rebelde que no acepta la desidia social. Él lucha por su ciudad, por sus monumentos, por mantener el legado de nuestros antepasados sin olvidarse de la modernidad. De ahí que le llamen “el romántico” porque lo consideran un ser fuera de este mundo, luchar contra la corrupción, la inapetencia administrativa y el conformismo en un siglo en donde el romanticismo es algo desfasado dice mucho de este personaje. Y sin embargo no es una utopía, los comisionados de las Comisiones de Monumentos fueron unos “románticos” al defender los monumentos de sus ciudades. Las Leyes de Desamortización, provocaron un aluvión de monumentos sin dueño que en muchos casos terminaron por ser demolidos al no encontrarles uso. Las ciudades se adaptaban a la modernidad y sus monumentos estorbaban, así perecieron muchas murallas árabes o romanas, puertas grandiosas, palacios, iglesias, mezquitas…Fueron esos “románticos” los que lucharon por mantenerlos en pie.

La Alhambra granadina es el monumento más visitado de España. ¿Granada es algo más que la Alhambra?

Por supuesto que es mucho más. También es mucho más que Federico García Lorca. Es una ciudad con gran potencial cultural, de hecho es sumamente activa, con festivales internacionales de poesía, danza y música, que tiene una de las mejores universidades de España y que además cuenta aún con monumentos espectaculares de origen andalusí y cristiano. Algunos se están restaurando con gran esfuerzo pero queda mucho por hacer, precisamente porque tiene un amplio patrimonio artístico y cultural. Sin embargo adolece de una buena gestión cultural y administrativa. Y también del carácter emprendedor que han demostrado otras ciudades andaluzas.

¿Cuándo surge su amor por las tierras granadinas?

Cuando empecé a leer a Federico García Lorca siendo casi adolescente. Luego llegué a Granada y me di cuenta de que es una ciudad excepcional. Desde la publicación de mi primera novela La luna sobre la Sabika me acogieron con gran cariño. Los granadinos son afectuosos y amantes de su propia historia. Desean saber y tienen “hambre de cultura”, como me dijeron una vez. Así que cualquiera puede caer rendido ante ellos.

¿Hay que entender a las ciudades?

Sí, hay que entenderlas. De eso saben mucho los restauradores y los arquitectos. Las ciudades tienen alma, tienen recuerdos, tienen vida. Y es todo eso lo que los novelistas de género histórico tenemos que recrear. Las ciudades son personajes en muchas novelas, al menos en las mías sí.

¿Está bien gestionado nuestro patrimonio cultural?

Sinceramente creo que no. Falta entender nuestra historia, revisarla y reflexionar sobre ella con mente abierta. Todavía hay muchos prejuicios y son estos los que afectan directamente a nuestro patrimonio. El arte no es político. No podemos tirar un monumento porque su autor sea de ideas diferentes a las nuestras. De ser así las iglesias, mezquitas o sinagogas estarían en peligro de muerte. Hemos visto en algunas guerras que los monumentos se han convertido en símbolos y han perecido a golpe de machetazos. Eso es inadmisible. Cuando un monumento muere es imposible de recuperar porque es único.

¿Cuántos años ha tardado en escribir la novela?

Han sido muchos años, casi seis años. Aunque la gestación de la saga comenzó en 2006. No me dediqué a ella de forma permanente porque entre medias he seguido con mis actividades, coordinación de jornadas e incluso escribí dos novelas más.

¿Ha sido difícil la gestación de la misma?

Sí, por ese motivo que comento. Ha sido una gestación interrumpida por muchas cosas. Y cuando una novela se deja a medias luego cuesta recuperar el mismo tono y la misma intensidad. Pero finalmente aquí está. Y cuando la terminas te da pena no poder continuarla.

“Si hay algo que hemos aprendido es que da igual que conozcamos nuestra historia, siempre estamos dispuestos a repetirla”

En la novela se mete con todo el mundo en especial con las autoridades culturales. ¿Están a la altura de nuestro patrimonio?

Yo creo que la mala gestión cultural en nuestro país es algo que viene de largo. Es cierto que soy muy crítica en mi novela, pero en el fondo es una crítica a los gobernantes administrativos del s. XIX que tienen su reflejo actual y sin que los nombres aparezcan todos daremos con algún político o cacique que pueda existir en el presente. Si hay algo que hemos aprendido es que da igual que conozcamos nuestra historia, siempre estamos dispuestos a repetirla. Es una reflexión muy triste, la verdad.

En Granada, debido a los incendios, se han perdido algunos monumentos. ¿Nos podría señalar alguno emblemático?

Hubo muchísimos que han desaparecido: palacios, iglesias, murallas…Pero para mí el que ha tenido un final más triste fue la llamada Puerta de Bib-Rambla o Puerta de las Orejas, cuya demolición retrato en Noches en Bib-Rambla. Fue una puerta árabe, similar a la Puerta de la Justicia de la Alhambra, que por estar muy cerca de una de las plazas más populares de la ciudad, estorbó durante siglos e impedía abrir calles amplias según la mentalidad del s. XIX. Hubo una persecución ridícula contra la puerta, se le acusó hasta de propagar el cólera. Finalmente y aunque fue declarada Monumento Nacional, se demolió por la noche para que los comisionados de la Comisión de Monumentos no pudieran protestar. Muchos años después, otro “romántico y luchador”, el restaurador Leopoldo Torres Balbás, tomó sus piedras desmoronadas y la reconstruyó en pleno bosque de la Alhambra. Hoy podemos verla allí.

Sorprende el rigor histórico de su novela. ¿Para armar una buena novela histórica hay que tratar con minuciosidad la historia o es la ficción la que prima?

Ambas cosas. La novela histórica es eso, mitad realidad, mitad ficción, por lo tanto lo que prima es la verosimilitud. Que lo que cuentes puedas a recrearlo literariamente sin faltar a la verdad. Esto complica mucho la gestación de una novela histórica pero cada autor tiene su propia fórmula, lo que enriquece este género. En mi caso, tengo obsesión verdadera por matizar los personajes, dotarles de personalidad, hacer que la novela sea eso, una novela por encima de todo. Los datos históricos ya vienen dados, es la parte de ficción la que hay que trabajar más.

Por “El último romántico” circulan muchos escritores y personajes históricos de Granada y también personajes ficticios. ¿Es difícil conjuntar ambos tipos de personajes?

En la novela hay tres tipos de personajes. Los primeros, los ficticios protagonistas: la familia Cid y su entorno. Los segundos, los reales: periodistas y escritores famosos como Pérez Galdós, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Valera, Ganivet…Y luego están los ficticios reales. Estos son mis amigos, que aparecen en la novela. Pensé que era una forma de agradecerles que estuvieran ahí desde hace tantos años, por eso les di la oportunidad de salir y así aparecen dando forma a un limpiador de aljibes, un pintor, una estudiante…Ah, también sale mi hijo, que ha inspirado al hijo de Max Cid.

Tengo obsesión verdadera por matizar los personajes, dotarles de personalidad, hacer que la novela sea eso, una novela por encima de todo

Escrita en primera persona desde el punto de vista de Max Cid. ¿Es complicado para una mujer meterse en la piel de tan insigne periodista (ficticio)?

A veces sí, porque como mujer, no entiendo la actitud de Max. Por otro lado los valores de los hombres y mujeres del S XIX están más definidos y son más fáciles de plasmar. Pero soy observadora, me fijo en cómo nos comportamos y eso siempre es fuente de inspiración para cualquier personaje. Es un juego muy divertido.

¿Qué tiene Max Cid de usted y usted del señor Cid?

Mucho, de hecho es el personaje que más tiene de mí, aunque sea hombre. Ambos somos un poco “románticos”, queremos una sociedad mejor, luchamos por transmitir la cultura y hablar de nuestro pasado. También somos muy protestones en casi todo. Eso sí, reconozco que soy más cobarde que Max, jamás llegaría a las manos por una idea. O eso es lo que creo.

Aunque sea una novela histórica, ¿es su novela que tiene más elementos personales suyos?

Sí, en la parte literaria es fácil introducir vivencias. Sobre todo en lo que se refiere a la creación del hijo de Max, Lolo, inspirado en las vivencias con mi propio hijo. Algunas pueden resultar absurdas, pero es que la realidad a veces supera a la propia ficción.

Ha utilizado a amigos para conformar diversos protagonistas de la novela. ¿Es difícil utilizar lo que sabe de una persona real para describir un personaje de ficción?

En este caso hablé con ellos primeramente para darles la oportunidad de elegir su propio personaje. Algunos prefirieron cederle el puesto a un antepasado suyo que fuera contemporáneo a la historia, como fue el caso del familiar pintor del escritor cordobés Alfonso Cost. Él mismo me lo describió. En otros casos usé una anécdota o una vivencia que les hubiera caracterizado, como es el caso de una entrañable amiga mía, Ángeles Jiménez Vela, que luchó por abrir una biblioteca que acababa de ser cerrada. Fue un juego muy simpático y divertido.

¿Va a continuar su idilio con Granada en alguna próxima obra o va a cambiar de registro y época?

Mis últimas novelas han viajado entre dos ciudades, que son las mías: Madrid y Granada. Seguramente en el futuro cambie de siglo y viaje algo más en el tiempo. Pero lo que es seguro es que la próxima será más madrileña que granadina y seguirá desarrollándose en el s. XIX. Es un siglo que me gusta especialmente y está poco tratado en la literatura histórica.

Para finalizar, mójese, ¿qué mejoraría en la gestión de nuestro patrimonio?

Muchas cosas. Plantearía, primero, la posibilidad de conocer y valorar nuestro patrimonio. Si no lo conocemos y valoramos es impensable que podamos respetarlo. Hay que evitar los actos vandálicos, esas pintadas que dañan tanto nuestro patrimonio. También incluyo aquí a los propios políticos, que siguen tomando decisiones tremendamente absurdas en cuanto a la protección de nuestro legado demostrando una gran insensibilidad y desconocimiento. Hay que destinar más recursos a la restauración y dar opciones a los ciudadanos para que podemos mantener palacios, casas, castillos…sin que sean una carga moral y económica. Sé que es muy difícil porque el dinero lo desvirtúa todo, pero es obligación del gestor cultural salvaguardar y no dinamitar lo poco que nos queda. Si seguimos con esta insensibilidad y pobreza de miras terminaremos dando más valor a un móvil que a un arco romano.

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