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"Leovigildo", de José Soto Chica

Desperta Ferro. 2023
martes 05 de mayo de 2026, 22:21h
Leovigildo. Rey de los hispanos
Leovigildo. Rey de los hispanos

Estamos ante otra auténtica joya historiográfica editada por Desperta Ferro, y escrita por un especialista en la historia medieval de los godos del oeste o visigodos. Es más que paradójica la alternancia curial de los monarcas de Toledo, ya que se alternan hasta en su idiosincrasia, uno más intolerante y el siguiente más negociador, aunque ambos con la típica personalidad de un germano patognomónico, fuerte y concienciado.

En este libro completo y riguroso sobre el gran monarca visigodo Leovigildo está todo lo que se conoce sobre el soberano, probablemente el más conspicuo de toda la época medieval en la que estos soberanos gobernaron desde Toledo. El Rey de los godos es un ser humano esencial en su época, sería tal su personalidad que las crónicas lo definen como ‘rey de los hispanos’, sobre todo el historiador de los francos y clérigo Gregorio de Tours, y por el de los longobardos Pablo Diácono, lo que significaría que reconocen, los historiadores de la época y su curia regia, su especificidad para poder gobernar.

Entremos en la definición sucinta y rigurosa, realizada por el propio autor sobre la idiosincrasia y el carácter del gran rey de los godos de Toledo: “Fue un señor de la guerra invencible, un legislador sagaz, un estadista genial y un padre fracasado. Cuando subió al trono, Hispania era una tierra de guerra y caos, fraccionada en múltiples señoríos y reinos, en donde los godos, en verdad, solo eran dueños de la tierra que sombreaban sus lanzas y parecían destinados a perecer por mor de la victoriosa reconquista romana de Justiniano y por la belicosa presión que sobre ellos ejercían los francos norteños, y en la que solo parecían poder aspirar a sobrevivir penosamente y a no volver a desgarrarse en guerras civiles. Cuando murió, dejaba tras él un reino poderoso y ordenado en el que godos e hispanorromanos se regían por una misma ley y en el que su voluntad se había impuesto desde el finis terrae de los ahora sometidos suevos, hasta el río Ródano de los antiguos galos y desde el mar Cantábrico hasta la frontera con la nueva Spania romana. Eran las fronteras de un reino que ya no aspiraba a sobrevivir, sino a seguir expandiéndose y a rivalizar con los reinos francos y con el Imperio romano por la hegemonía en Occidente”.

Leovigildo es un monarca que puede ser analizado desde el presente, ya que tenía unas características tan especiales que ya eran destacadas y envidiadas por sus contemporáneos. Sí es verdad que tiene una convicción nítida de que su corona debe tender a incrementar su territorio, hasta completar como lo hace Bizancio el poder en todo el territorio de Hispania. Era un estadista genial, siempre un legislador pragmático, no dejaba de ser un político manipulador, y, sobre todo, un magnus basileus que no toleraba la más mínima oposición hasta a su propia familia y bien que lo pagaría su propio hijo Hermenegildo por su rebelión y su conversión al cristianismo-católico. Siempre deseó, como fuese que se produjese, la paz absoluta entre sus súbditos y sus territorios, y por ella combatiría hasta la extenuación.

Es muy curiosa la definición del obispo Gregorio de Tours (Georgius Turonensis. Rion, 538-Tours, 594) sobre Leovigildo: “Mató a todos los que acostumbraban a asesinar a los reyes sin dejar de ellos a ninguno que orinase contra la pared”, lo que deja bien claro que nunca aceptó la más mínima oposición a su quehacer regio. Es de rigor indicar el aserto que sobre este susodicho monarca realiza otro eximio prelado como sería San Isidoro de Sevilla (Isidorus Hispalensis. Ca. 560, ¿Sevilla?-Sevilla, 4 de abril de 636): “Por la violencia de su avaricia y envidia, a todos los que vio que eran poderosos, o les cortó la cabeza, o los proscribió privándoles de sus bienes. Pero Isidoro también señala su faceta de gobernante eficaz e innovador: Fue el primero que hizo aumentar el erario y el fisco y también fue el primero que se presentó a los suyos en solio, cubierto con la vestidura real. Y todo ello a la par que resalta su infatigable actividad guerrera: Estimando peligroso el ocio, decidió ampliar su Reino con la guerra. Así como la devoción que le profesaban sus soldados y el timbre que le daban sus innumerables victorias”.

Otros autores como el Anónimo de las Vidas de los Santos Padres de Mérida, no tiene el más mínimo rubor en calificarlo como de ‘monstruoso dragón’ o de ‘nuevo faraón’, e incluso encuadrándole dentro del grupo de servidores de Satanás, y como precursor del Anticristo. Ante todo, este cúmulo de calificativos sobre el monarca citado, está claro que no pasaba desapercibido ni para sus amigos ni para sus adversarios o enemigos. Él será quien dote de un valor de unidad a sus reinos; por lo que sus seguidores ya lo tendrían más fácil, y estimo que los soberanos que le siguen son tan positivos, por haber bebido en las fuentes del comportamiento de este monarca. Verbigracia: Recaredo I, Sisebuto, Suintila, Sisenando, Chintila, Chindasvinto y Recesvinto, entre otros de mayor o menor enjundia. Los reyes visigodos tenían la convicción de que gobernaban en: ‘en favor de la prosperidad del pueblo/Spania populi y de la patria’. En la Francia de los reyes merovingios el comportamiento regio era muy diferente, ya que sus diversos súbditos se regían por muy disimiles códigos legales, por ejemplo: francos salios y ripuarios, galorromanos, sajones, turingios, alamanes, borgoñones o burgundios, etc. Para Leovigildo, Hispania no era un terreno ignoto, sino todo lo contrario, ya que recorrió todo el territorio, tanto en sus belicosas cabalgadas como en sus viajes de contenido político. Se sabe que conoció ciudades como: Narbona, Toledo, Baza, Málaga, Córdoba, Medina Sidonia, Mérida, Sevilla, Braga y Vitoria, etc. El mundo y tiempo que conoció Leovigildo fue uno conformado por monarcas poderosos, y con fuerte personalidad, además de por reinas excepcionales y que no retrocedían ni un palmo frente a sus regios varones. Desde: Gosvinta a Baddo, pasando por la ferocísima Brunequilda, y Fredegunda, Ingunda, y tantas otras.

Quizá por ello, la historia de Leovigildo es, en última instancia, el relato de cómo se puede triunfar como rey, como general, como político, en suma, en el mundo; y de cómo, al tiempo, se puede fracasar, lamentablemente, como esposo y, sobre todo, como padre, en suma, como ser humano”. En la época de Leovigildo los problemas relacionados con el clima en Hispania están a la orden del día. Y los cuatro jinetes del Apocalípsis cabalgan de continuo: todos sumados son cualificados, como muerte, hambre, guerra y peste, esta última dejará perplejo y aterrorizado a un niño como Leovigildo en el año 541, ya que en ella fallecería casi 1/3 de la población hispánica. Los años se repitieron entre los años 541 y 543, 565 y 566, 570 y de 579 a 584. Este hecho patológico de la peste bubónica es transmitido como vector bacteriano/Yersinia pestis, que por medio de las pulgas infecta a roedores como las ratas, y de aquí a los hombres. Además, nunca faltaron las continuas guerras contra los enemigos exteriores del tipo de los francos, los suevos católicos y los bizantinos. Durante los años en que Leovigildo reinó en solitario, desde 569 a 586 solo existieron dos años en los que no hubo ningún tipo de conflagración bélica, y serían los del 569 y 578.

La guerra fue, pues, otra constante en la vida del rey de los hispanos. Una tan personal, tan física, por así decirlo, que Leovigildo se pasó la mayor parte de su reinado sobre un caballo de batalla y esgrimiendo la espada. Encabezó personalmente en trece ocasiones a sus guerreros y los condujo a la batalla en arriesgadas y agotadoras expediciones y empresas en las que experimentó todos los tipos de guerra: la incursión de saqueo, el asedio, el golpe de mano, la emboscada, la guerra de exterminio, la batalla campal Y se enfrentó a todo género de enemigos: desde los profesionalizados y adiestrados soldados romanos a levas de campesinos mal armados, pasando por motivadas y bien equipadas comitivas guerreras y salvajes bandas tribales”. La guerra era crudelísima, ya que implicaba la esclavización de los vencidos, el arrasar sus campos para matarlos de hambre, y violar sistemáticamente a sus mujeres, eliminando de forma inmisericorde a las élites dirigentes. Toda la parafernalia de las peores pasiones de los seres humanos.

«Esta es la historia del hombre que, en su propio tiempo, mereció que se le diera el título de rey de los hispanos. Un hombre que fue señor de la guerra invencible, legislador sagaz, estadista genial y padre fracasado. Cuando subió al disputado trono visigodo, Hispania era una tierra sumida en la violencia y el caos, fraccionada en múltiples señoríos y reinos, donde los godos, en verdad, no eran dueños sino de la tierra que sombreaban sus lanzas. Cuando murió, dejaba tras de sí un reino poderoso y bien gobernado, en el que godos e hispanorromanos se regían por una misma ley y en el que su voluntad se había impuesto desde el finis terrae hasta el Ródano, y desde el Cantábrico hasta las proximidades de las Columnas de Hércules. Si Leovigildo hubiera sido rey en las contemporáneas Britania o Escandinavia, su vida hubiera sido una leyenda. Pero fue rey en Hispania y sus hechos son historia. Y porque fueron historia, el gran rey se merece una biografía en la que se aborden no solo los hechos de su reinado, sino que también rescate su personalidad para tratar de comprenderlo no únicamente como guerrero y soberano, sino también como ser humano, con sus claroscuros, que en él fueron muchos. Y no solo a él, sino también a su poderosa e intrigante esposa, la reina Gosvinta, y a sus enfrentados hijos, Hermeneguildo y Recaredo, que, junto con su padre y los demás señores del Occidente posromano, tejieron una roja red de conspiraciones y traiciones, de batallas y asesinatos que desembocaron en una terrible tragedia familiar. Esta nueva biografía de Leovigildo, del gran especialista en el mundo visigodo José Soto Chica, nos permite asomarnos a lo más tenebroso del alma humana y al bélico estruendo de una Hispania peligrosa, a un agitado y hostil mundo en el que todos pugnaban por sobrevivir, pero en el que solo uno, Leovigildo, supo triunfar y persistir». ¡Obra literaria sobresaliente, de especialista conspicuo, y sin ambages una versión de referencia! «Homo sunt, humani nihil a me alienum puto. ET. Ubi concordia, ibi victoria».

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