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"Mariela", de Yolanda Guerrero, la epopeya de una enfermera española en la Primera Guerra Mundial

lunes 08 de abril de 2019, 10:16h
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Mariela
Mariela
Yolanda Guerrero traza un gran fresco histórico que recuerda el papel de las enfermeras en los hospitales de campaña. La epopeya de una mujer valiente en un mundo que nunca volvería a ser el mismo.

Es la historia de Mariela, una enfermera española que llega a París en 1918, durante los meses finales de la Primera Guerra Mundial. La incomprensión de quienes no conciben que una mujer sea capaz de salvar vidas no le ha dejado otro camino que la huida.

Con su uniforme blanco como único escudo, Mariela recorrerá algunos de los escenarios clave de la historia del siglo XX, desde el horror de las trincheras hasta Berlín, Moscú y el frente ruso. Pero la crueldad de la guerra no será su único enemigo. También se enfrentará a la gran epidemia que asoló Europa durante unos años siniestros: la gripe española, la Bestia, que se cobró tantas víctimas como los ejércitos.

En los últimos meses de 2018, Beatriz, una mujer joven que acaba de ser despedida de su trabajo, recibe de su madre el encargo de encontrar el hilo que enlaza a cuatro mujeres de su familia, ellas dos y la abuela y la bisabuela de la propia Beatriz. El cabo del hilo es Trasmoz, el pueblo aragonés del que proceden, tradicionalmente asociado a la brujería (femenina) y «todavía hoy excomulgado y maldito». En Trasmoz y en el cercano monasterio de Veruela le aguardan a Beatriz una serie de documentos, como cajas chinas, y un cuadro misterioso que, en lugar de firma, lleva lo que parece un número romano: DIX. Los documentos y el cuadro guardan la peripecia tan sorprendente como apasionante de la bisabuela de Beatriz, la Mariela que da título a la novela, en los años de la Primera Guerra Mundial, «un momento en que el mundo se asomaba al precipicio, pero todavía había esperanza». Atrapada por el misterio y por la fuerza que intuye en esa historia familiar, Beatriz decide que “iba a encontrarnos”.

Lo que sigue es la inmersión del lector –a través de la que lleva a cabo la propia Beatriz- en el periplo fascinante de Mariela por el Madrid azotado por la llamada gripe española de 1916, por los terribles escenarios de la guerra europea, por el brillante París que –pese a la guerra– empezaba a ser la fiesta que contaría Hemingway, por la Alemania en que la frustrada revolución comunista da paso a la contrarrevolución que lleva en su seno el huevo de la serpiente nazi, y por la triunfante revolución rusa, llena de luces y sombras. Un periplo que a la fuerza y el atractivo de esos episodios históricos cruciales une la calidad de la escritura de Yolanda Guerrero.

En el Trasmoz en el que vive la joven Mariela en 1916 abundan las supersticiones, pero una cosa de la leyenda es cierta: las mujeres se reunían; y algo más, había una saga de herbolarias a la que pertenece la propia Mariela, mujeres que recolectan las variadas hierbas del Moncayo con fines curativos. Ya esas primeras páginas de la novela, que son como el prólogo de todo lo que le espera al lector, tienen un magnetismo especial: «En el Moncayo había cabida para todos los misterios», y la Cañada de Moncayo, el pueblo imaginario de la protagonista, «era un paraje de tinieblas y seres mágicos». El misterio y el encanto se completan con los peculiares nombres propios de la zona: Chustino, Ostaquio, Nonilo, Simuel; «anda que no sois raros poniendo nombres en la Cañada», dirá un personaje. El conjunto crea un ambiente envolvente y magnético que atrapa al lector desde el primer momento, metiéndole de lleno en el universo autosuficiente de la novela.

De ese entorno singular la protagonista pasa a un Madrid en el que la gripe hace estragos y en el que sus conocimientos herbolarios le van a ser enormemente útiles. Ese Madrid de la segunda década del siglo XX tiene los tintes del Baroja más duro: pobre, malnutrido, sin higiene, asediado por las enfermedades, donde las familias obreras se amontonan en cuchitriles de alquileres abusivos. Un Madrid también zarzuelero o sainetero que la autora refleja con un magnífico lenguaje y chispeantes diálogos. Ahí, la novela pasa del ambiente misterioso y mágico del Moncayo a otro totalmente realista, pero descarnado y feroz, más temible que el mundo de tinieblas.

Con todos sus horrores, la capital supone un momento de iniciación para la protagonista. Empezando por el descubrimiento de los libros –Amado Nervo, Antonio Machado, Unamuno…– y por la nueva conciencia que le van a despertar. Así, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, que le enseña que es mujer y que piensa, Gertrudis Gómez de Avellaneda o la Concepción Arenal que sostiene que «la sociedad no puede prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano». Mariela empieza a comprender muchas cosas; por ejemplo, que cuando hay elecciones, «no vota Madrid, sino solo una mitad». O que «pensar es sufrir, pero es mejor sufrir que dejar de pensar».

En la ciudad «había una nueva generación de mujeres que luchaba por dignificar una profesión imprescindible… la legión femenina de ángeles custodios del doctor Federico Rubio y Galí», a la que enseguida se incorpora Mariela. Son las enfermeras, los ángeles blancos que pasaban «abanicando Madrid con un revoloteo feliz de uniformes blancos y cruces de Malta… eran jóvenes, se abrazaban, estaban sanas, se besaban, tenían una profesión, hablaban a gritos de emoción al oído de la compañera, eran dichosas».

Hay una continuidad entre la vida en Trasmoz y en Madrid: la opresión y la violencia contra la mujer. Si en Trasmoz un padre viola a su hija pequeña (y, de paso, acusa de brujería a la mujer que ayuda a la pequeña), en Madrid –donde Mariela, convertida en enfermera, se mueve por esos bajos fondos barojianos, ayudando a los más desvalidos- conoce otro caso semejante. En este, Jano, el hijo de la mujer violada por su padrastro, acabará teniendo un protagonismo insospechado en las últimas páginas. Las andanzas madrileñas de la joven dan pie a unos pasajes llenos de emoción que ponen un nudo en la garganta del lector; la emoción es, de hecho, un elemento destacado en muchos momentos de la novela.

Mariela inicia un combate singular con la gripe a la que ella personaliza llamándola la Bestia, un combate que se prolongará en los años siguientes. El enfrentamiento entre la enfermera y la enfermedad alcanza niveles épicos; Mariela llega a dialogar con la Bestia, que se convierte en su enemigo íntimo, y a la que presenta en toda su repulsión, como un monstruo o un alien. La mal llamada gripe española, que en pocos años, mató entre 50 y 100 millones de personas, está considerada la pandemia más devastadora de la historia de la humanidad.

Los desastres de la guerra

El siguiente escenario que aguarda a Mariela es París y, enseguida, la Francia en guerra. En París es acogida por la escritora y enfermera de guerra Mary (May) Borden. Allí están también Gertrude Stein y Alice B. Toklas, cuya casa, por la que pasaban escritores como Apollinaire o Blaise Cendrars, «era los sábados por la noche el epicentro del seísmo de la modernidad». Gertrude Stein vivía como conducía, ignorando cómo mantenerse en un único carril y cómo manejar la marcha atrás. París es un oasis de amistad (la amistad es otro tema que recorre la novela), pero la sombra de la guerra es alargada y Mariela, que ya tiene una vocación clara, decide marchar al frente como enfermera. Lleva una maleta que huele a verde, a bosque, a hierbas, a medicinas, a yodo, a quinina, a bálsamo. «Vas a viajar al terror», le advierte May Borden cuando toma esa decisión.

En efecto, los horrores de la guerra están minuciosa y vívidamente descritos: soldados agonizantes, falta de medios en los hospitales de campaña, los lamentos de los hombres mutilados, el tufo insoportable de la gangrena por el gas mostaza, el barro que taponaba las vías nasales y la boca hasta tragarse a los que se hundían en él (miles de hombres desaparecieron así en las ciénagas de Flandes); la lluvia tóxica, originada por el gas, que provocaba el pánico en las tropas; el mal conocido como «pie de trincheras» que obligaba a amputar la extremidad… El desfile de los heridos era el verdadero desfile militar y las trincheras, enlazadas, formaban la gran cicatriz de Europa.

La novela contiene aquí un claro mensaje antibelicista. «La patria no te merece, niño. La patria que te hace esto no es patria», le dice la protagonista a un herido. Mariela llega a la conclusión de que no hay guerra buena; alguna puede ser justa si se trata de defenderse, pero buena no es ninguna. Y cambia su modo de pensar, experimenta incluso una mutación moral. Ahora, le parece más importante salvar la vida de un solo ser humano que decir la verdad, luchar por la paz que por valores que sirven a intereses bastardos, que no hay ideal tan alto ni tan sublime que justifique la sangre inocente derramada. Por eso ella había elegido una profesión que salvaba vidas.

En esas condiciones, las enfermeras son auténticos ángeles blancos. Merecían ser subidas a los altares de la guerra, pero estos estaban ocupados solo por los generales; igual que los hombres recibían condecoraciones de primera clase por matar, y ellas solo de segunda por curar. Frente a los señores de la guerra, se dice en la novela, están los de la vida: médicos, enfermeras, científicos. La reivindicación de las enfermeras es patente en la novela. Una de ellas dice: «Nosotras escribimos la historia en minúsculas, la de verdad».

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