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"El día D", de Jonathan Trigg

Ed. Pasado y Presente. 2024
martes 14 de abril de 2026, 22:21h
El día D
El día D

Los soldados alemanes sufrían una enormidad cuando eran enviados al matadero del frente oriental, donde la Wehrmacht, y sobre todo el Heers, podían padecer cuanto menos unas treinta mil bajas mensuales. La megalomanía del Führer había decidido crear dos frentes bélicos, en contra de su Estado Mayor, e incluso uno de sus mayores críticos había dimitido en el año 1939, cuando Adolf Hitler decidió comenzar esta nueva guerra mundial entre 1939 y 1945, y este fue el Coronel-General/Generaloberst Ludwig Beck (1880-1944).

La Wehrmacht llevaba en Francia desde 1940, y en la mañana del 6 de junio de 1944 se encontró con centenares de lanchas de desembarco aliadas precipitándose contra sus defensas no muy bien planificadas en las playas de Normandía. No obstante, ese verano el fracaso de la ‘Fortaleza Europa’ o Festung Europa de Adolf Hitler fue clamoroso, a pesar de que sus 59 divisiones se habían conformado para hacer frente a los aliados que estaban ya preparados para entrar en la Europa occidental. Ese día los alemanes perdieron entre cuatro a nueve mil bajas, aunque los aliados sí tuvieron más bajas, entre diez mil muertos y treinta mil heridos.

Así empezó el Día D, un día y una batalla de tal importancia, de tal inmensidad y escala, que su historia ha sido relatada innumerables veces en tinta y en celuloide. Por incontables páginas y bobinas de película se pasean las grandes figuras cuya genialidad, defectos y decisiones, tanto buenas como malas, han llegado a simbolizar el propio Día D así como la campaña de diez semanas en Francia que le siguió, hombres como Ike, Monty, Omar Bradley y, en el otro bando, Erwin Rommel, ‘el zorro del desierto’, Gerd von Rundstedt, el ‘viejo caballo de guerra’ prusiano, y el mismo Hitler, el despreciado ‘cabo bohemio’ en palabras de Von Rundstedt. Este libro no es su historia; este libro tampoco es un relato de la astucia de los preparativos aliados para el Día D ni su magistral ejecución. En absoluto”.

El régimen nacionalsocialista se equivocó total y absolutamente en este momento histórico de la terrorífica Segunda Guerra Mundial, pero el Führer Adolf Hitler ególatra por antonomasia, nunca estaría dispuesto a ceder lo más mínimo en sus intenciones de avasallar a toda Europa. Solamente muerto Hitler, el autócrata alemán, el Tercer Reich pactaría un armisticio con los enemigos, pero solo como una rendición incondicional. Las playas del desembarco fueron cinco, y ese drama fue el despertar de una pesadilla cuando los diez mil soldados de la Wehrmacht, vieron como miles de barcos les amenazaban desde el mar que habían creído dominar.

Este libro no hunde sus raíces en la arena de las cinco playas, sino en las dunas, trincheras y búnkeres que las dominan, donde menos de diez mil soldados de la Wehrmacht se despertaron esa fatídica mañana para quedarse sin aliento a la vista de la mayor fuerza naval jamás reunida. Esta flota, y las aproximadamente ocho divisiones aliadas (incluidas las tres aerotransportadas) especificadas como unidades de asalto del Día D se enfrentarían al principio a apenas la mitad de esa cantidad de formaciones de la Wehrmacht: las 352., 709. y 716. Infanterie-Divisionen y la 21. Panzer-Division. Desde el punto de vista alemán, eran los hombres de estas formaciones, así como los suboficiales y oficiales de graduación media que las comandaban, quienes determinarían la victoria o la derrota en el Día D. Después, los soldados que sobrevivieron al Día D serían reforzados por varias docenas de otras divisiones, entre las cuales estaba la flor y la nata del ejército alemán en Europa occidental. Y no eran solo soldados de tierra; al Feldgrau (‘gris de campaña) de la infantería y el negro de la Panzerwaffe (el arma acorazada’, es decir, las unidades blindadas) se unió el azul de la Luftwaffe, pues la afamada arma de cazas alemana (la Jagdwaffe) envió a Francia una parte nada desdeñable de sus cuadros de experimentados pilotos para intentar romper el dominio casi absoluto de los cielos de que gozaban los aliados. Incluso la armada alemana, la Kriegsmarine, tantas veces la tercera parte de la Wehrmacht de Hitler, intentó concentrar algo parecido a una fuerza para golpear a los libertadores”.

A pesar de que hasta los propios aliados temían a los alemanes, por lo que estimaban que estos eran superiores en táctica colectiva y en comportamiento valeroso individual del ejército germano; pero todo era una falsa apreciación, ya que el Westheer sería aplastado y masacrado, de forma inmisericorde, en las playas de Normandía y, además, en su continuación en los terrenos próximos al hinterland de la preciosa ciudad medieval de Falaise. No obstante, sea como sea, aunque los alemanes no podían en ninguna circunstancia derrotar claramente a aquellos aliados tan superiores en hombres y armamento, sí hubiesen podido perturbar y desbaratar la psiqué o la idiosincrasia de los enemigos, y así retrasar la operación del desembarco de Normandía. Pero, solamente una mente calenturienta como la de Adolf Hitler estaba capacitada para colegir que Alemania y Austria juntas podrían derrotar a la gigantesca maquinaria de los enemigos, y sobre todo cuando comenzaron a funcionar y crear las poderosas fábricas de armamento de los EE. UU.

Sobre el papel, los alemanes disponían de las enormes reservas del Westheer y la ventaja de líneas de suministro y de comunicaciones interiores y terrestres, con lo que podían desplazar sus fuerzas y concentrarlas contra los aliados. Si pudiesen concentrar la potencia necesaria, los alemanes tendrían una oportunidad, pequeña, sin duda, pero no nula, de desgastar a los aliados en una suerte de punto muerto en el norte de Francia; en tal caso, ¿quién sabe? ¿Un acuerdo negociado, quizá? Hay que admitir que era poco probable, pero la historia está repleta de giros insospechados. Dejando a un lado el mundo de las hipótesis, la prioridad de la Alemania nazi era clara como el agua: conservar Francia. En este cometido, los alemanes fracasaron; las ventajas de que gozaban quedaron anuladas por una superior máquina militar aliada y luego ellos mismos las desperdiciaron, hasta que su derrota ya quedó fuera de toda duda y solo se limitó a saber cuándo se produciría”.

En este momento histórico, el ejército alemán que trata de defender las playas de Normandía está conformado por soldados de diferentes naciones europeas, que son aliadas motu proprio o a la fuerza por el régimen nacionalsocialista. Una parte reseñable de los diez mil soldados que defendían las playas ese día eran rusos antisoviéticos, polacos, georgianos enemigos de su compatriota Josip Stalin, turcos y checos, entre otras nacionalidades de mayor o menor enjundia. Con este conglomerado de soldados armados con su armamento individual y sin reservas, hundidos con sus miedos acompañantes en unas trincheras medio vacías de posibilidades defensivas, era impensable poder plantar cara a sus enemigos. En suma, era total y absolutamente imposible que estuviesen capacitados y preparados como para poder hacer frente a aquella fuerza de desembarco perfectamente equipada y entrenada, quizás la mejor y más perfecto de la historia. La situación era totalmente antagónica con lo que había ocurrido el 10 de mayo de 1940, cuando esa Wehrmacht, recién venida de la conquista de Polonia, y defensora a ultranza de la guerra-relámpago o Blitzkrieg del Coronel-General Heinz Guderian y sus eficacísimos panzers, lograría atravesar la compleja región boscosa de las Ardenas, y luego, tras conseguir rebasar el río Mosa en Sedán conseguir llegar hasta Abbeville, y por su magisterio indubitable para la guerra, derrotar sin paliativos a los ejércitos combinados de Francia, del Reino Unido de la Gran Bretaña, Bélgica y los Países Bajos.

«La cantidad de páginas escritas sobre lo que acabó siendo la campaña de Normandía bastaría para cubrir las cinco playas de desembarco enteras, pero lo cierto es que, entre todos estos valiosos trabajos, se han escrito muy pocas cosas relevantes desde la perspectiva alemana y todavía menos desde la de los hombres que participaron en los combates; no por los grandes nombres, los Rommel o los Von Rundstedt, sino el modesto soldado alemán, el landser, y los oficiales y suboficiales que los dirigieron y compartieron sus raciones, sus peligros y sus miedos. Esta es una historia de un fracaso alemán visto a través de los ojos de los alemanes y, sobre todo, relatado por los propios alemanes que estuvieron allí durante ese desdichado verano de 1944». En este libro preclaro se escucha la voz de los soldados alemanes, sus anhelos y sus dramas. Por lo tanto: ¡libro esclarecedor y sobresaliente, por ser único en su magisterio! «Homo sunt, humani nihil a me alienum puto. ET. Ubi concordia, ibi victoria».

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