Existen libros que no se limitan a ser leídos, sino que exigen ser habitados. Libros que no se ofrecen al lector como una sucesión de poemas, sino como una atmósfera moral y simbólica donde el ser humano reconoce, bajo la apariencia de otras palabras, sus propias incertidumbres, sus pérdidas, sus nostalgias y sus preguntas esenciales. "Formas del agua", de Presina Pereiro, pertenece precisamente a esa rara estirpe de obras que convierten la experiencia íntima en territorio compartido y la emoción individual en una forma superior de conocimiento. Desde el propio título, el libro anuncia ya su naturaleza simbólica. El agua representa aquí no solo lo mutable, sino también aquello que permanece precisamente porque cambia: la memoria, la identidad, el deseo, el tiempo o la conciencia. Todo en esta obra fluye, se desplaza, se transforma. Nada permanece inmóvil. La poeta parece comprender que existir consiste justamente en aceptar esa condición transitoria de cuanto somos. Por ello escribe: “Tú eres la forma nueva, forma de agua”. La escritura de Presina Pereiro se sitúa lejos de la estridencia contemporánea y de ciertos excesos confesionales que han convertido buena parte de la poesía actual en simple exhibición emocional o anecdótica. Su voz procede de otro lugar: de la reflexión, de la contemplación y de una conciencia profundamente literaria. Estamos ante una autora culta, poseedora de una sólida arquitectura verbal, capaz de convertir el pensamiento en música interior y la experiencia en símbolo. No es casual que el libro dialogue constantemente con Borges, Pessoa, Lorca, Kavafis, Virginia Woolf, Camus, Mahler, Murakami o Alejandra Pizarnik. Pero lo verdaderamente admirable es que todas esas presencias aparecen integradas orgánicamente en el tejido del poema, nunca como mera ornamentación culturalista. Hay en Formas del agua una poética de la introspección que convierte la memoria en eje vertebrador del libro. No se trata, sin embargo, de autobiografía en sentido estricto, sino de una reelaboración simbólica de lo vivido. La autora utiliza el recuerdo como un procedimiento de exploración existencial. El pasado no comparece como simple evocación sentimental, sino como interrogación ontológica: ¿qué permanece de nosotros cuando el tiempo ha erosionado las certezas?, ¿cómo sostener la identidad frente a la fragilidad de la memoria?, ¿qué significa realmente ser uno mismo? En uno de los poemas nucleares del libro, Presina Pereiro escribe: “¿Cómo ser yo si se alterara mi pasado, / si mi esencia no anclase en el ayer?”. La pregunta no es menor. Toda la obra parece construida alrededor de esa conciencia de precariedad. De ahí la constante presencia de relojes, espejos, fotografías, sombras, ventanas, lluvias, habitaciones o voces que emergen desde un tiempo ya perdido. Son símbolos recurrentes que configuran una geografía emocional donde el poema actúa como tentativa de salvación frente al olvido. Especial intensidad alcanza el libro cuando la autora aborda la infancia y la figura paterna. En “Carta para recordar al padre muerto”, probablemente uno de los textos más conmovedores del poemario, la emoción nunca degenera en sentimentalismo porque está sostenida por una admirable contención expresiva: “No hay luz entre sus manos de asteroide en eclipse / ni brillo en su pupila inmortalmente hueca”. La imagen posee una extraordinaria potencia simbólica y revela la capacidad de la autora para transformar la pérdida en visión poética. Pero quizá uno de los mayores logros de este libro resida en su manera de convertir lo particular en universal. Los personajes que atraviesan las “Cartas” —la joven ausente, el violinista callejero, la niña que juega a ser adulta, el hombre que teme la tormenta o el suicida frustrado— terminan siendo encarnaciones de nuestras propias fragilidades. La poeta escribe siempre desde una profunda conciencia humana, desde una ética de la compasión que recuerda, en ocasiones, la ternura moral de ciertos textos de Saramago o de la mejor tradición humanista mediterránea. Hay versos que resumen admirablemente esa dimensión ética y existencial de la obra. Pienso, por ejemplo, en aquellos donde afirma: “No soy sabia —te dije— / ni siquiera me entiendo”. O en esa extraordinaria declaración de incertidumbre: “¡si hasta dudo de mí!, / de lo que puedo ser”. Porque Presina Pereiro no escribe desde las certezas, sino desde las preguntas. Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de su poesía: la honestidad intelectual con la que asume la complejidad de la existencia. Formalmente, el libro destaca por su equilibrio rítmico y por una dicción elegante, precisa y musical. La autora domina con notable naturalidad el verso libre, pero detrás de esa aparente fluidez existe un cuidadoso trabajo arquitectónico. Nada sobra. Nada resulta arbitrario. La palabra aparece siempre sometida a una depuración expresiva que evita tanto el hermetismo innecesario como la facilidad retórica. La imaginería simbólica del poemario resulta particularmente rica: el agua, la lluvia, las mareas, las dunas, los espejos, el ajedrez, los relojes o los laberintos configuran un universo poético coherente y reconocible. Todo ello atravesado por una atmósfera crepuscular donde la noche funciona como espacio de revelación y conocimiento. “Sospecho que la noche es un tiempo impreciso / que invita a comprender, / a comprenderse”. No menos relevante es la dimensión femenina del libro. No en términos panfletarios o doctrinales, sino en la forma de mirar el mundo desde la sensibilidad, la escucha, la vulnerabilidad y el cuidado. La autora construye una poesía donde lo femenino aparece como conciencia crítica, como espacio de resistencia íntima frente a la dureza del tiempo y de las estructuras impuestas. En una época dominada por la velocidad, el ruido y la superficialidad, Formas del agua reivindica la lentitud de la contemplación y el valor del silencio. Presina Pereiro nos recuerda que la poesía sigue siendo uno de los últimos refugios donde el ser humano puede todavía reconocerse sin máscaras. Y quizá por eso, cuando cerramos el libro, comprendemos que estos poemas no intentan únicamente conmovernos, sino acompañarnos, tal y como afirma la propia autora en su hermosa “Advertencia que he querido última”: “Para ti, lector, lectora, es este libro, / para ser compañero del tránsito de los desiertos”. Puedes comprar el poemario en:
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