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"Despertar en la aurora", de Alicia Aza

Ed. Valparaíso. 2026
miércoles 15 de julio de 2026, 21:26h
Despertar en la aurora
Despertar en la aurora

En "Despertar en la aurora", de Alicia Aza, nos encontramos con una luminosa y sosegada poesía, concisa y rica al mismo tiempo, que actúa de manera eficaz a través de la simbología del mundo de los sentidos y de la naturaleza para expresar un camino de aprendizaje y de transformación personal necesaria. La herida, el abatimiento, el amor y desamor y la complejidad de la vida en general la empujan a la búsqueda de ese camino. El cuerpo concebido como expresión de la experiencia subjetiva del yo poético, el mundo sensorial, la feminidad, el lenguaje y la memoria se articulan en la insistencia de un espacio de autoafirmación y plenitud, de un despertar en un horizonte propio lejos de la herida, cerca de la esperanza.

Despertar en la aurora (Editorial Valparaíso, 2026) es el sexto libro de poesía de Alicia Aza, poeta madrileña, abogada en ejercicio y coach de profesión.

La concisión en los títulos de las composiciones (casi todos excepto tres están formados por un solo vocablo) y la comedida extensión de las mismas nos sitúan ante una obra en la que la autora prescinde de lo anecdótico y se centra en la médula del decir poético, recordándonos con ello el famoso poema de Juan Ramón Jiménez «Intelijencia» de su libro Eternidades, en el que dice: «¡Intelijencia, dame/el nombre exacto de las cosas!», perteneciente a su etapa de poesía pura y desnuda. Los poemas de Despertar en la aurora no son extensos y carecen de circunloquios y recargamientos; sin embargo, no por ello se encuentran desnudos de artificios, sino todo lo contrario, porque la afluencia precisa de imágenes y metáforas cede continuamente su espacio a un lirismo sugerente a menudo, colorido siempre.

Los poemas vienen precedidos por un texto introductorio de Remedios Sánchez, catedrática de la Universidad de Granada, ensayista y crítica literaria, en el que destaca de esta obra de Alicia Aza «una reflexividad simbólica que manifiesta una conciencia profunda y serena de su yo como mujer dentro de una sociedad que sigue marcada por las inercias patriarcales». Se trata de un simbolismo no recargado que permite una lectura amena de los poemas en los que la sensibilidad y la reflexión coexisten.

El libro se estructura en tres partes: «Despertar en la aurora», «La conquista de la memoria» y «El secreto de los signos», cada una con sus matices y énfasis.

De manera transversal, el sujeto poético-mujer siente la herida, el abatimiento y la derrota del amor, pero también el encuentro y la memoria de este. La complejidad de la vida la empuja hacia un camino de autoconocimiento donde se puede elegir entre sucumbir o avanzar; se trata de un camino de aprendizaje en el que los límites se abren y se difuminan («He aprendido/de los secretos y del agua/y que un río puede ser mar en la mirada», poema «Quebrada»). Ante esas plurales formas del trayecto vital siempre se puede optar, porque siempre queda la libertad individual y la esperanza dentro de la búsqueda hacia el encuentro consigo misma: «Hay puertas que ofrecen o quitan» y «En cada uno está avanzar hacia luz/y saber que esta no es previsible» (poema «Huellas»). Esperanza que en el libro se metaforiza en una ventana abierta («pero siempre hay un lugar/donde la música permanece/y alguien abre la ventana», poema «Viaje»), o se encuentra en el silencio como forma de lenguaje y en la espera, expresada esta en los bellísimos versos del poema «Cama» que dicen: «He aprendido a que la espera/sea una forma de besar».

La transformación que deviene del autoconocimiento es la alternativa ante la herida, el desamor o la soledad. Por ello realiza una búsqueda de sí misma, de una autoafirmación imprescindible en una realidad que en el presente cuestiona.

Asimismo, el lenguaje y la memoria se articulan como medio y como identidad en ese trayecto de transformación que culmina en autoafirmación y en plenitud de sí misma. Y el silencio como forma de lenguaje, y la nostalgia como expresión sinérgica de la memoria.

La nostalgia del tiempo pasado, de su infancia, de la imagen paterna en aquel contexto irrecuperable, de la casa que junto a ella estuvo habitada por otros seres queridos y que ahora constituye «oquedad» donde se encuentra con su tiempo («acierto a comprender/que el tiempo es lo único/que hago mío», poema «Casa»).

El sujeto poético reconoce el dolor y las palabras que hieren, «palabras precipicio» dice en el poema «Penumbra», y sabe de la distancia del gesto («¡Cuántas veces la caricia,/borrada por los límites del gesto!», del precioso poema «Luna») y del amor consumido y transformado en cenizas, metaforizado de forma sublime en la «rosa negra» del poema «Fuego», así como del consecuente abatimiento expresado con una elocuente imagen en los versos finales del poema «Susurro»: «como el amor/que se aleja sin mirar atrás/y la mañana espera abatida/con la boca abierta».

También el amor vivido o recordado recorre diversas composiciones del libro. Pero el amor tiene sus límites y sus oscuridades de los que procede la derrota, y, sin embargo, para la autora «Pérdida es valentía»; es decir, punto de inflexión, lugar desde el que se inicia la transformación hacia el sí, ese renacer o amanecer en un espacio temporal nuevo y luminoso donde el sujeto poético encuentra su sitio y su renovación.

Ya desde el título observamos un movimiento temporal que acompaña al emocional y que constituye el centro sobre el que gravitan los poemas. Movimiento que se produce por el paso de la noche al inicio del día o amanecer, del letargo nocturno a la claridad donde la vida se activa y cobra otra dimensión. A través de esta simbología se expresa una traslación emocional o «despertar» del sujeto poético que, a medida que avanza el poemario, va aproximándose a un estado de autoafirmación al que llega después de desprenderse de aquellas nebulosas que ha ido encontrado en su trayectoria. Por ello dice en el poema «Aurora»: «Náufraga avanzo en la barca/a la deriva por un mar desconocido,/remo para alcanzar suelo firme/para sentir la arena cálida/abrazando mi cuerpo,/beber el agua y despertar en la aurora». Verso último de donde parte el título del poemario.

Cabe destacar la importancia que el cuerpo adquiere en la construcción del discurso poético que aquí se desarrolla. A través de las distintas partes del cuerpo la emoción cobra sentido. El cuerpo no es solo un lugar físico, sino que es expresión de la vida y del mundo subjetivo del yo poético. En él siente la experiencia del amor («y supe en ese instante/que había besado tu boca», poema «Aurora»), del desaliento («Extender el brazo y abrir los labios/escaparse de mí/la estrella/como un susurro», poema «Susurro»), de la superación («y mantenerse/en el vuelo indómita/con la única guía de mis ojos», poema «Vuelo»), de la pasión («las uñas rojas en llamas», poema «Manos»), de la maternidad («la piel de la maternidad», poema «Manos»), de los miedos («los surcos [de las manos] de los fantasmas en los sueños», poema «Manos») o del erotismo («Coger tu mano/(…)/Es abrazar las olas del mar/entrelazar nuestros dedos/y sucumbir los cuerpos/a la sombra del deseo no pronunciable», poema «Coger tu mano»). Vemos en el poema «Manos», como sinécdoque poderosa tanto en el título como en los versos, una declaración lírica sobre el peso emocional que el cuerpo canaliza y representa y que aflora a lo largo de todo el poemario.

Este protagonismo de la corporalidad que define la relación entre la experiencia corporal y el mundo interior del sujeto poético-mujer como vía para la comprensión, la renovación (o «despertar») y la autoafirmación, presenta conexiones con una concepción del cuerpo como vehículo de liberación que aparece en filosofías orientales más allá de su dimensión estrictamente física. De hecho, encontramos en el libro términos como «mudra» y «mantra», vocablos pertenecientes al contexto de la meditación, del yoga y de los rituales de liturgias orientales.

Al mismo tiempo, la poética de este libro se enmarca en una línea de descubrimiento personal en la que lo sensorial y lo reflexivo conviven desde una perspectiva de la feminidad, entendida esta no como defensa del género, sino como identidad. El sujeto poético se pronuncia desde la conciencia de mujer. A través del cuerpo y la feminidad se llega a la identidad y al autodescubrimiento. Binomio (cuerpo/feminidad) que, desde una perspectiva y una poética diferentes, nos trae a la memoria parte de la obra de Chantal Maillard, poeta y filósofa cuya escritura ha bebido, entre otras fuentes, del hinduismo.

Como mujer ama, siente la herida y el desamor, soporta la nostalgia y la pesadumbre, evoluciona y se autoafirma, y como mujer insinúa o expresa el lenguaje físico del amor en determinados versos puntuales en los que la evocación del erotismo se produce de manera muy sutil a través de elementos simbólicos pertenecientes casi siempre al ámbito de la naturaleza («estambres reposados/en el deseo de sus pétalos/que hago míos en tu boca», poema «Magnolia»). No se trata de un aspecto definitorio y reiterado del poemario, no estamos ante un tema primordial del mismo como ocurre, por ejemplo, en la obra de poetas como Ana Rossetti en la que el erotismo constituye uno de sus pilares fundamentales, o de Gioconda Belli como materialización de la liberación femenina, sino que Alicia Aza lo expresa como un rasgo, entre otros, de una feminidad que forma parte de su ser y de su manera de sentir. Lo erótico aparece de manera evidente en algún poema como «Magnolia», se deja caer en determinados versos de otras composiciones («las manos que no te sueltan/porque solo tú supiste perderte en ellas», poema «Manos») y se intuye en la utilización de sustantivos cuya significación simbólica nos remite al deseo físico, como «llamas» y «cerezas» (fruta evocadora de la pasión) en los versos «y las llamas/abriendo paso/hacia la cadencia de los ángeles/que vendrán a rescatarnos/y alimentarnos con cerezas», del poema «Ángeles».

En estrecha relación con el cuerpo, lo sensorial se abre paso de forma exquisita a lo largo del libro a través de frutas y flores, de colores y percepciones por los sentidos. La exuberancia de un mundo sensorial constituye vehículo para manifestar las sensaciones y las emociones y da colorido y belleza lírica al conjunto: «un pez puede oler a mango», «los sonidos de aves me arrastran», «aquel cuerpo nacarado/cubierto de claveles/blancos y rojos», «la flor del granado», «Agua que todo lo embriaga/sonido pacificador», «un aroma a pino y jara»…A este mundo sensorial pertenece la simbología de la rosa, la significación que esta adquiere en la poesía de Alicia Aza, ya manifiesta en su poemario Al final del paisaje.

Por otra parte, el tono general que predomina en el libro no es desgarrado ni de una oscuridad incisiva, sino que la desazón y la pesadumbre se manifiestan como punto de partida de una superación, de un fluir indagatorio en mitad de las turbulencias con la mirada puesta siempre en las posibilidades no clausuradas que el destino pudiera ofrecer. Solo en algunos poemas puntuales el abatimiento no parece dejar paso a la esperanza como en el poema «Verso», cuando dice «Hoy se ha roto un verso entre mis manos/sus letras oxidadas/han arrastrado la pena por mi cuerpo». La insistencia en la esperanza y en la autoafirmación es manifiesta por parte de la autora sobre todo a través de anáforas con las que se intensifican los mensajes y fundamentalmente mediante la ausencia de afectación y de vehemencia en los versos finales de la mayoría de los poemas, con los que los cierra con lirismo y eficacia, casi siempre con un optimismo esperanzador.

Este lirismo llega a su punto álgido en la última y bella composición del libro titulada «Luna», en la que, de manera sorpresiva, la emoción alcanza cotas elevadas dejando atrás el tono sosegado anterior. Todo el poema se expresa mediante la ecfonesis como forma de manifestar la intensidad de aquello que el sujeto poético-mujer siente y piensa. En él exalta su feminidad mediante la luna como símbolo («¡Oh luna! ¡Feminidad mía!») y a continuación se lamenta de la negación que ha recibido de los gestos de amor («¡Cuántas veces se me ha negado el beso,/labios sostenidos en el vacío!», imagen esta última de elevada calidad poética). Al mismo tiempo, el amor, no suficiente, la conduce al espacio de la espera en el que se encuentra plenamente consigo misma con la posibilidad latente como esperanza: «¡Cuántas veces el amor no es suficiente/y vuelvo a la espera/donde está mi ser completo/y la posibilidad siempre brillando!».

El ser completo que la autora manifiesta es resultado de una evolución personal no incompatible con el estado de latencia que toda espera conlleva; o lo que es lo mismo, de esperanza. En la espera se siente plena: «Y el todo sé ahora/que fue un lugar de espera» (poema «Todo»). La evolución transformadora es camino y meta, por eso dice en el poema «Estrella»: «y llego a una constelación propia/donde hay una estrella/que lleva mi nombre».

Ese camino y esa meta constituyen la síntesis de Despertar en la aurora, un libro en el que la poesía, concisa y rica al mismo tiempo, actúa de manera eficaz como medio y como revelación para una transformación necesaria, para un despertar en un horizonte propio lejos de la herida, cerca de la esperanza. Síntesis que Alicia Aza concentra en un precioso verso de su poemario Al final del paisaje, con el que cierra este espléndido libro citándose a sí misma en un claro acto de autoafirmación: «Soy un cuerpo desnudo en el agua transparente que no recuerda y espera». O dicho de otro modo, como expresa la autora en unos profundos y bellos versos del libro que nos ocupa: «Despejarás el enigma del dolor/porque sé que siempre serás raíz y fuente,/sin nombre, sin tiempo/pero tú».

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