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La poesía como forma de resistencia

Reseña del poemario "Pájaros blancos", Francisco Morales Lomas. Editorial Anáfora (Málaga, 2025)
lunes 08 de junio de 2026, 14:31h
Pájaros blancos
Pájaros blancos

Hay libros que no se leen sino que se despliegan como una bandada. "Pájaros blancos" no es un libro, es una alegoría, la metáfora del instante en el que el poeta salta al vacío, bajo el alejamiento de referencias, hasta adentrase en la búsqueda del nombre de las cosas. Un vuelo que viene de lejos, de una tradición antigua en la que el pájaro no es solo pájaro, antes bien pensamiento, destello o revelación.

Ahí están aquellos pájaros breves y luminosos de Rabindranath Tagore, en sus Pájaros perdidos. Y ahí está, también, en el frontispicio del texto la huella del poema The White Birds de Yeats.

Francisco Morales Lomas ha construido toda su obra desde una convicción profunda: que la palabra más que un adorno, es un lugar de verdad. Su escritura se inscribe en lo que él mismo ha contribuido a fundar: la corriente Humanismo Solidario, una forma de conciencia, una manera de entender que el otro antes que un límite, es una extensión de nosotros mismos. Y desde ahí, hay que leer este libro, como una forma de rebeldía serena, pero profundamente firme.

Pájaros blancos se sostiene sobre tres grandes movimientos: tres formas del vuelo. La primera es el pájaro como luz, como fragilidad y como búsqueda. Ahí encontramos los capítulos Preludio y Un pájaro blanco cruza la noche. Una luz que no es decorativa, sino luz conquistada: “Os quiero dejar esta imagen blanca/ de la esperanza”. En un tiempo atravesado por la incertidumbre, los poemas se atreven a defender la esperanza como acto de resistencia. Junto a la luz, la fragilidad. Porque estos pájaros no son invulnerables, están expuestos: “Y como un pájaro blanco zozobrarás/ preso del viento…”. El ser humano frágil que, aun sabiendo que puede caer, decide volar: la búsqueda: “Todo es tan simple como este sueño …/… Te he buscado tantas veces/ en el clamor de las palabras”. Versos, aparentemente sencillos, que contienen una esencial poética: el sentido del vuelo. Porque el poemario no habla tanto de la altura como de la ausencia, lugar donde la palabra poética detiene el fluir de las horas, confundiendo pasado y presente y transformando la memoria en texto.

La segunda forma de vuelo es la poesía como conciencia, encarnada en el capítulo Gaza también existe, dejando de ser contemplación para convertirse en denuncia y memoria del dolor: “Ahora existe la costumbre de matar niños”, dirá el poeta. Y esto, es inherente en Morales Lomas, porque su Humanismo Solidario no es una abstracción. Se encarna y se posiciona. En los poemas, el sufrimiento deja de ser una cifra o una noticia. Se convierte en rostro, en herida y en interpelación. Y ahí, la poesía cumple una de sus funciones más altas: reconocer la presencia del otro, sin mirar hacia otro lado, porque, como ha sostenido siempre Francisco: el yo no se entiende sin el nosotros.

La tercera forma de vuelo es la amistad, que aflora en los capítulos dedicados a Rafael Ballesteros -El reloj y el ser- y, sobre todo, Homenaje, con sus hermosísimos poemas consagrados a Antonio Hernández. Una amistad entendida como espacio de reconocimiento y como lugar donde el ser humano se completa. En estos poemas la amistad no es solo afecto. Es una forma de permanencia. Y en el caso de Antonio Hernández, esa amistad se convierte también en elegía luminosa, en diálogo con la ausencia. Y ahí, de nuevo, la poesía cumple otra de sus cometidos más hondos: la de sostener lo que desaparece: “y ellos eran/ los poetas que celebraban las ventanas/ abiertas y el blanco de la vida”.

Vivimos un tiempo en el que el ruido lo invade todo, en el que la prisa y la inmediatez sustituyen al pensamiento, y en el que el dolor del otro corre el riesgo de convertirse en una simple noticia que se olvida. Y es en tiempos así cuando la poesía deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad. Porque la poesía, cuando es verdadera, no adorna el mundo: lo cuestiona. No lo consuela: lo enfrenta consigo mismo. Eso es lo que hace Francisco Morales Lomas con este poemario: izar una bandera para no olvidar, para no rendir la conciencia. Porque quizá, como intuían los grandes poetas, no podamos cambiar el mundo de inmediato, pero sí podemos impedir que el mundo nos hipoteque, y nos haga sucumbir.

Y ahí, en ese territorio íntimo donde se decide todo, la poesía, como la de estos Pájaros Blancos, sigue latiendo como una forma de resistencia.

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