Una obra paradigmática sobre el Alto Medioevo en la corte de la dinastía omeya de la Córdoba andalusí, es la obra que nos ofrece la editorial Crítica, una de las mejores en el Medioevo. Los emires y los califas omeyas tenían su palacio en el alcázar cordobés, que se encontraba situado enfrente de su actualmente celebérrima mezquita-catedral. Los omeyas habían aprendido, desde su terrible pasado en Oriente, en Damasco, que el ser celosos defensores de su intimidad era esencial para poder vivir y gobernar. El más conspicuo de todos ellos es, ¡cómo no!, el último emir y primer califa independiente, Abd Al-Rahman III Al-Nasir. Especificaré una narración correcta sobre la vida en el serrallo del emir Al-Nasir: “Una de las historias más interesantes sucedidas en el interior del alcázar de los omeyas la contaba Talal, un eunuco de palacio encargado del harén, quien tenía fama de ser persona inteligente y muy fiable. Según este Talal, una tarde en la que se había pasado un rato muy agradable en los jardines del alcázar acompañado de sus esclavas, el emir Abd al-Rahman III decidió que esa noche la pasaría con su esposa, Fátima, la mujer de su harén de más alto rango, pues era prima suya y pertenecía, al igual que él, al linaje de los omeyas. Cuando una sirvienta comunicó a esta Fátima que debía prepararse para ir a las estancias del emir a pasar con él la noche, el resto de las mujeres del harén la felicitaron y le desearon todo tipo de parabienes Entre todas ellas, la que se mostró más efusiva fue una concubina del emir llamada Maryan, quien era una esclava de origen cristiano y mantenía una sorda rivalidad con Fátima. Sus enhorabuenas por haber obtenido el privilegio de pasar la noche con el emir llegaron a atosigar tanto a la esposa que está trató de quitar trascendencia a la ocasión, revelando que sus encuentros ya no tenían la pasión inicial y que la cosa no era, pues, para tanto. Maryan, sin embargo, insistió. Llegó a decir incluso que ella se desprendería de todo cuanto tenía, excepto del vestido que la cubría, a cambio del privilegio de pasar la noche con Abd al-Rahman. La altiva Fátima mordió el anzuelo: ¿realmente estaba dispuesta a pagar cualquier precio por tener la oportunidad de estar esa noche con el emir? Maryan no titubeó un instante y pidió a su rival que pusiera ella misma el precio. Fátima dijo la suma más alta que se le vino a la cabeza: diez mil dinares o, lo que era lo mismo, ochenta mil monedas de plata (dírhems). Ante la sorpresa de todas, Maryan aceptó el precio sin pestañear y rápidamente reunió las veinte bolsas que contenían la astronómica suma. Fátima pensó que podía hacer el negocio de su vida y que además el episodio les serviría a ella y a su marido para hacer unas buenas risas a cuenta de la incauta concubina, por lo que aceptó la oferta. Maryan pidió que, como prueba, se redactara un documento de compraventa firmado por ambas y por el resto de las mujeres del harén actuando como testigos, en el que se reconocía el pago de la suma acordada a cambio de pasar la noche con el emir”. Cuando llegó la noche, y el emir Al-Nasir conoció el interés de la concubina y el documento que acreditaba dicho hecho, cambió su modus operandi con Fátima, y por el contrario se aproximó a Maryan y esta se transformó en su favorita, eclipsando al resto de las mujeres del harén. Esta mujer sería, en el futuro, la madre del sucesor Al-Hakam II, y su madre ascendió al título de Gran Señora. Cuando el heredero tenía 14 años, su padre decidió, motu proprio, adoptar el título de califa, estamos en el año 929 d.C., como Comendador de los Creyentes/Amir al-mu’minin, título que le otorgaba el máximo poder temporal y religioso para los mahometanos. Además, como era de rigor, adoptó el sobrenombre ritual de al-Nasir li din Allah/El que trae la victoria a la religión de Dios. El califato tenía una capacidad económica superlativa, ya que la aportación por medio de la coacción extraeconómica enriquecía el erario público califal. El estado califal andalusí era un estado centralizado, por lo que la cuestión económica se solucionaba por medio del tributo, que eran las cargas fiscales que tenían que abonar, con regularidad, sus ciudadanos. “En época de al-Hakam II el califato de Córdoba era un gran centro de captación de recursos procedentes de los muchos y variados tributos que se recaudaban de forma regular por todo al-Andalus. Esta gigantesca centralización de recursos permitía, a su vez, al estado califal producir y redistribuir enormes cantidades de riquezas. Las cifras de producción monetaria que conocemos, los objetos suntuarios realizados en talleres estatales, las ostentosas construcciones emprendidas por el califa o, incluso, los versos que entonaban los poetas, y por los cuales recibían el correspondiente pago, demuestran que el estado omeya era capaz de transformar los recursos que captaba, y de redistribuirlos en el círculo de poder relacionado con el califa y su entorno. Es posible que existieran otros polos de captación de excedentes -élites territoriales que emergerán en los reinos de taifas tras la caída del califato omeya, clases urbanas enriquecidas merced a actividades artesanas y mercantiles o, incluso, instituciones religiosas captadoras de donaciones o legados píos- pero sobre ellos carecemos de una información comparable a la que ofrece el aparato estatal omeya en esta época. Se puede pensar, pues, que por la cantidad de recursos que centraliza y distribuye, así como por su evidente visibilidad, la maquinaria del califato omeya es el elemento dominante en al-Andalus a la altura del año 970”. La administración fiscal omeya era de una proverbial eficacia, llegaba a cada rincón de Al-Andalus, y siempre sin el más mínimo problema para que todos sus habitantes pagasen, aunque más los mozárabes obviamente, ya que eran considerados de segunda categoría. Será en la época califal cuando se potencie, con una eficiencia a prueba de cualquier problema, el sistema recaudatorio global. El Corán marcaba normas y preceptos muy prístinos, en lo que se refería al tratamiento fiscal de la comunidad. Todo ello se fundamentaba, claramente, en las reglas morales emanadas del título califal de ser el Comendador de los Creyentes y, por consiguiente, la ética para no violar las normas fiscales contenidas en el Libro Santo de los musulmanes no se podía mancillar. El khalifa recaudaba y redistribuía los grandes recursos allegados a su hacienda. Con ellos, verbigracia, Al-Hakam II se encargaba de hacer llegar esos dineros a sus familiares cercanos, a los grandes funcionarios políticos y militares, e incluso se podían beneficiar los principales cargos religiosos y judiciales, como eran los conspicuos ulemas y los alfaquíes, por todo lo que antecede estas personas o plutócratas llegaban a conformar la jassa o clase alta por su riqueza. “Tierras, casas, esclavos, monedas, cabalgaduras, provisiones y objetos suntuarios constituían, pues, las riquezas que podía acumular alguien de una posición elevada bajo el gobierno de al-Hakam II, replicando, por lo tanto, a una escala menor el propio patrimonio del califa. No se trataba, pues, de una clase asentada en el campo, ni mucho menos en castillos o fortificaciones, sino de una élite (jassa) que residía en Córdoba, tenía casas en sus arrabales -llenas de objetos suntuarios que abarcaban desde telas o tapices hasta magníficas vajillas- y mantenía propiedades agrarias tanto en zonas periurbanas, como en territorios rurales”. Para poder defender toda esa riqueza, el califato omeya poseía un ejército muy eficaz; ya que la amenaza de los Reinos cristianos del norte peninsular era constante. La milicia andalusí estaba muy bien pertrechada y tenía una muy buena organización. Los soldados del califa estaban presentes en la frontera y en las provincias, al mando de un caíd. Asimismo, tenían una función de coerción para algunos súbditos, que fuesen muy rebeldes. Todo ello exigía una fuerte profesionalización, con un importante nivel de destreza física y táctica. «Durante la segunda mitad del siglo X, el califato de Córdoba se convirtió en la mayor potencia política y cultural de Occidente. Lugar de visita de embajadas y comerciantes llegados desde todos los confines del Mediterráneo, al-Andalus conoció un gran esplendor reflejado en el florecimiento de las artes y de las letras. El cénit de esa supremacía se produjo en tiempos del califa al-Hakam II (961-967), famoso por poseer una de las mayores bibliotecas de la época, por sus obras de ampliación de la mezquita de Córdoba, y por la suntuosidad de la ciudad palatina en la que vivió, Madinat al-Zahra, situada a pocos kilómetros de la capital. Este libro se basa en un texto extraordinario que nunca había sido objeto de un estudio completo: los anales que un funcionario y cronista de la corte del califa escribió de forma casi diaria entre junio de 971 y julio de 975, lo que permite ofrecer un gran fresco del califato omeya de la mano de un testigo presencial». Por medio del presente análisis he pretendido realizar una aproximación resumida a una obra sobresaliente, y que es esencial para poder conocer todo aquello que existía desde el punto vista social y político en el califato omeya cordobés. Por consiguiente, deseo calificar, sin ambages, a esta obra como de sobresaliente esencial e imprescindible para conocer, de forma pormenorizada, el régimen nacido de la inteligencia y de la fortaleza moral de Abd Al-Rahman Al-Nasir. ¡Obra literaria apasionante y erudita! «Errare humanum est, sed perseverare diabolicum. ET. Medice, cura te ipsum». Puedes comprar el libro en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|